
El 24 de octubre, Jesús Vila y Facundo Sirimarco llevarán esa experiencia a Palermo
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“Siempre estuvo relacionado con el me animé.” Después de veinte años escuchando a sus alumnos, Jesús Vila reconoce un patrón en muchas de las historias que le cuentan: duermen mejor, se animaron a cambiar de trabajo, a separarse, a tener hijos. Director de Six Blades en la Argentina, una escuela internacional de jiu jitsu brasileño, Vila está convencido de que nadie llega al tatami por casualidad. “Todos vienen en búsqueda de ayuda, todos”. Pocos lo expresan de esa manera, pero algo de eso aparece en la forma en que, con el tiempo, empiezan a encarar la vida.
Porque para Vila y su alumno Facundo Sirimarco, el jiu jitsu es mucho más que un deporte de combate. Lo que se entrena en el tatami -respirar, tolerar la frustración, aceptar una derrota, tomar decisiones bajo presión, conocer el propio cuerpo- termina funcionando como una caja de herramientas para la vida cotidiana. La lucha es apenas el medio.

Esa búsqueda tendrá su versión en Bienestar Fest el sábado 24 de octubre en el Hipódromo de Palermo. El evento que este año cumple su segunda edición es organizado por LA NACION junto a OSDE. Se trata del evento de bienestar más importante del país organizado por LA NACION y OSDE, se realizará el 24 y 25 de octubre en Hipódromo Palermo. Para acceder a más información sobre la agenda y dónde sacar las entradas hacé clic acá.
Vila y Sirimarco darán una clase abierta para quienes nunca pisaron un tatami, un acercamiento suave y de poco contacto para aprender a caerse, sacarse a alguien de encima y conocer algunas herramientas básicas de defensa. No hace falta experiencia ni estar en forma. A quien duda, Vila le responde que se olvide de pensar que el jiu jitsu “es algo que se sabe o no se sabe”.
Una lucha que enseña a vivir
En los últimos años, el jiu jitsu brasileño se popularizó de la mano de practicantes famosos como Mark Zuckerberg, Elon Musk o Tom Hardy. Se abrieron academias por toda Buenos Aires y crecieron las clases para chicos, mientras que también empezó a ganar lugar como una práctica para adultos que buscan algo más que entrenamiento físico. Sirimarco, que practica hace más de 15 años, cree que todavía no terminó de explotar.
En japonés, jiu jitsu quiere decir “arte suave”. Nacido en Japón y consolidado en Brasil, es un arte marcial de cuerpo a cuerpo en el que la técnica tiene prioridad sobre la fuerza. No hay patadas ni golpes: hay agarres, posiciones y una lucha que termina cuando uno de los dos se rinde.
Esa lógica lo vuelve accesible. Es el único deporte de combate con categoría libre, sin división por peso, y en una misma clase pueden coincidir un adolescente de 16 años y una mujer de 45, o un chico de 18 y un hombre de 65. “Se presentan vínculos que no te encontrarías en otro ámbito”, dice Sirimarco. “Acá vamos todos en la misma bolsa”. Para Vila, la inclusión es real: “No importa el cuerpo que tengas, siempre vas a poder hacer jiu jitsu”.

Pero hay algo más: en el tatami, las diferencias que existen afuera pierden importancia. No importa el trabajo, el dinero, la edad ni el lugar que cada uno ocupa en la vida cotidiana. Cuando empieza la lucha, todos tienen que resolver el mismo problema: qué hacer con el cuerpo del otro y con el propio. Ahí aparece una de las grandes enseñanzas de la disciplina.
Aprender a perder
Una de las cosas que más destacan Vila y Sirimarco tiene que ver con el manejo del ego. En el jiu jitsu todos tienen que aprender a perder. Cuando alguien queda atrapado en una posición de la que no puede salir, lo avisa con un toque de la mano sobre el rival, un gesto que en la jerga se llama “tapear”.
“No te queda otra que asumir tu pérdida, aceptar que perdiste y empezar de vuelta”, explica Sirimarco.
Los primeros meses pueden ser frustrantes: hay que tapear una y otra vez, aceptar que alguien con menos experiencia puede ganarte y entender que el tamaño o la fuerza no alcanzan. Los que llegan desde otros deportes también tienen que empezar de cero. “Es un cable a tierra para el ego”, resume Sirimarco.

Vila llama “el trabajo con el ego” a ese personaje que siempre busca agrandarse o achicarse. En el tatami no importa el trasfondo de nadie: cuando el otro tiene la posición, no queda otra que rendirse. “Venís a mostrar tu animal interno, a ver qué sale”, dice.
La idea es que eso que aparece durante la lucha también dice algo de cada persona. Se dice que uno lucha como vive: el ansioso lo hace ansioso; el que llega enojado, con bronca. Para Sirimarco, el tatami “te saca la careta”. Y una vez que eso aparece, se puede observar, trabajar y llevar a otros ámbitos.
Perder, además, cambia de significado cuando el que gana es parte de la comunidad. “Lo divertido no es crecer uno solo, sino que entre todos vayamos aprendiendo”, dice Sirimarco. Con el tiempo, cuenta, los practicantes se vuelven más amables, más respetuosos y se estresan menos.
La comunidad es, para él, una parte central de la experiencia. Viaja con el kimono en la valija a todos lados y en cada destino encuentra una escuela que lo recibe. Así entrenó en México, distintos puntos de Brasil, España y Perú. “Es un lenguaje corporal universal”, dice.
El entrenamiento de estar presente
“Jiu jitsu es lidiar con decisiones bajo presión”, dice Vila.
En el tatami no hay demasiado tiempo para pensar. Hay alguien enfrente, una posición incómoda y una pregunta que aparece una y otra vez: ¿qué hago ahora? La respuesta no siempre llega a la primera. Hay que probar, equivocarse, respirar y volver a intentar.
Sirimarco lo entiende como un entrenamiento del presente. “Es imposible luchar y estar pensando en la reunión de mañana o en la factura de luz”. Con un rival enfrente, no hay lugar para otra cosa. “Hay que frenar, respirar, entender en qué posición se está y hacia dónde ir, y el estrés solo empeora todo”, explica.

Por eso la respiración ocupa un lugar importante en su manera de enseñar. También la meditación. Antes de empezar a luchar, en Six Blades hay unos minutos de silencio y respiración, una práctica de la tradición marcial llamada mokuso. Después vienen los movimientos, la técnica y las rondas de lucha.
Animarse
Cuando Vila habla de lo que sus alumnos se llevan del jiu jitsu, no empieza por la fuerza ni por la técnica. “Siempre estuvo relacionado con el me animé”, dice.
Lo que cada uno encuentra depende de lo que le falte. Al que no duerme, dormir mejor. A otros, seguridad. Muchas mujeres le cuentan que ahora caminan por la calle de otra manera. Sirimarco escucha historias parecidas: personas que descubren que tienen herramientas para defenderse que no dependen de su tamaño ni de su fuerza.

También está la confianza que aparece después de haber atravesado situaciones de combate una y otra vez. Si durante una clase alguien consigue salir de una posición en la que sentía que no podía hacer nada, empieza a encarar la vida con otros ojos, con otra confianza.
La historia de Vila lo explica. Hasta 2012 trabajaba como business developer y daba clases de jiu jitsu en paralelo. Un día su jefe le dijo: “Te voy a hacer un favor, te voy a echar”. Un año después, Vila lo llamó para agradecerle. “No me iba a animar”, reconoce.
Aquel despido lo obligó a hacer algo que solo no se hubiera animado a hacer. Hoy acompaña a otros en ese mismo proceso: a animarse a eso que el miedo suele frenar.
Un estilo de vida
La filosofía se extiende incluso a la forma en que funciona la escuela. Six Blades es una organización internacional con sedes en distintos países de América y Europa y una programación técnica que se comparte entre todas: la técnica de la semana es la misma en Buenos Aires que en cualquier otra academia del mundo.
Su director mundial, Xande Ribeiro, vive en Austin y es el maestro de Vila, que lo ve dos veces al año. En la Argentina, Vila dirige la escuela desde 2010 y, aunque ocupa el lugar de head coach, sigue sintiéndose alumno. “Nunca dejás de ser alumno”, dice.
El nombre de la escuela también tiene su propia filosofía. Las seis aspas del logo son las de un molino, ese mecanismo que gira y trae agua y energía. Cada una representa un valor: familia, respeto, disciplina, actitud, lealtad y honor. Para ser parte de Six Blades, dice Vila, esos valores tienen que empezar por uno mismo.
Para Vila y Sirimarco, eso es lo que convierte al jiu jitsu en algo que excede al deporte. El tatami se vuelve un lugar donde practicar la paciencia, la frustración, la humildad, la concentración y la confianza. Un espacio para aprender a perder sin sentirse derrotado, a pedir ayuda cuando hace falta y a resolver cuando la presión aparece. Después, esas herramientas salen del gimnasio.

Se llevan al trabajo, a una conversación difícil, a una decisión pendiente, a una separación, a una calle desconocida o a cualquier situación en la que haya que respirar antes de reaccionar. El jiu jitsu empieza en el cuerpo, pero para Vila y Sirimarco termina siendo una forma de relacionarse con la vida.
El sábado 24 de octubre, ambos van a abrir esa puerta en Bienestar Fest para quienes nunca se animaron a cruzarla. No hace falta saber nada, tener experiencia, ni estar en forma: alcanza con las ganas. En el fondo el jiu jitsu enseña algo muy simple: que se puede caer, tocar el piso, y volver a levantarse.

