
El catalán,referente de las constelaciones familiares en habla hispana, asegura que es necesario aceptar la propia historia, no buscar culpables y evitar las lealtades desdichadas para romper con viejos patrones
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Referente internacional de la terapia Gestalt y principal divulgador de Bert Hellinger en habla hispana, padre de las constelaciones familiares, el catalán Joan Garriga sostiene que nadie puede cambiar la historia que le tocó vivir, pero sí la manera de habitarla. En esta conversación profunda, este culto y afable terapeuta reflexiona sobre las heridas de la infancia, la importancia de mirar la realidad e integrarla, tomar lo que nos nutre del legado familiar y dejar en nuestros ancestros lo que no elegimos repetir. A fin de ocupar el lugar que nos corresponde dentro de nuestro sistema y caminar hacia una vida consciente, libre y plena.
Joan visitará nuestro país en noviembre para ofrecer un taller y anuncia su nuevo libro que se editará en septiembre: Cambiar, las siete etapas de la transformación en el viaje de la vida.
—En tu primer libro, ¿Dónde están las monedas?, señalás la importancia de tomar todas las monedas, todas las experiencias vividas en nuestro hogar, tanto las agradables como las desagradables. ¿Por qué es importante no excluir nada?
—Las monedas representan todo lo que hemos vivido. Hay personas que recibieron mucho amor, cuidado y protección. Otras, abandono, violencia o indiferencia. Cada uno recibe monedas distintas. El problema aparece cuando rechazamos completamente aquello que nos fue dado y quedamos atrapados en el rencor y la lucha, diciendo: “Yo no quiero parecerme a mi padre” o “nunca voy a ser como mi madre”. Y sin darnos cuenta, seguimos organizando la vida alrededor de ese rechazo, remitidos a él. Tomar las monedas no significa justificar el daño. Implica reconocer con sinceridad: esta fue mi historia. Y a partir de ahí, abrirnos al presente y transformarla.
—¿Qué ocurre cuando no podemos aceptar las monedas que nos han causado demasiado dolor?
—Nos instalamos en lugares de padecimiento como el victimismo, el enojo crónico, el perfeccionismo, el miedo, la retracción o el orgullo. Posiciones que configuran la galería de personajes del sufrimiento humano. Para evitar legítimamente el dolor que experimentamos en su momento, nos defendemos, y de adultos es esta defensa la que nos daña. Evitar el dolor nos mantiene en el sufrimiento. No podemos cambiar lo que ocurrió. Pero sí la manera en que vivimos aquello que ocurrió. Antonio Machado, poeta español, tiene un poema precioso referido a las abejas que representa la labor del proceso terapéutico. Dice así: “Una noche soñé con bendita ilusión que una colmena vivía en mi corazón y las doradas abejas fabricaban con las amarguras viejas, blanca cera y dulce miel”. No se trata de negar las heridas. Se trata de transformar lo recibido y no reproducir el sufrimiento. Nunca es tarde para tener una infancia feliz.

—¿Aceptar las monedas es una forma de honrar a nuestros padres? ¿Qué involucra esto?
—Honrar no significa decir que nuestros padres fueron perfectos. Tampoco justificar aquello que hicieron mal. Honrar es el resultado de un proceso emocional donde hemos atravesado y sanado el dolor, la rabia, la decepción y las expectativas incumplidas. Solo así es posible mirarlos como seres humanos completos, con sus límites y con sus posibilidades. Con frecuencia les exigimos que nos den aquello que ellos nunca recibieron. Lo cual es imposible. Cuando logramos verlos y aceptarlos tal como son, aparece la reconciliación. No cambia el pasado, cambia nuestra mirada. La señal que indica que estamos honrando a nuestros padres es sencilla. Basta con preguntarles qué desean para sus hijos. La respuesta sería siempre la misma: que tengan una buena vida. Esa es la mejor manera de honrarlos.
—Venís a Buenos Aires a dar un taller: “Lo que heredamos, lo que transformamos”. Es crucial para vos sanar el vínculo con nuestros progenitores.
—Sí, la familia es el primer lugar donde aprendemos a amar, a vincularnos, a protegernos y defendernos. El apego y la relación con los padres definen o perfilan una vida. Y las constelaciones amplían esa mirada: nos muestran que nuestros padres también fueron hijos y forman parte de una trama más amplia. Ellos, al igual que nosotros, pertenecen a un sistema que los precede. No heredamos solamente sus genes. También recibimos maneras de mirar la vida, formas de relacionarnos, miedos, recursos y, en ocasiones, heridas que siguen actuando mientras no las hacemos conscientes. Determinadas experiencias, traumas o bendiciones que ocurrieron en nuestros bisabuelos, por ejemplo, mantienen su resonancia y llegan hasta nosotros. Eso no significa que nuestro destino esté escrito, porque tenemos el poder de generar movimientos liberadores.
—Esto está vinculado a las lealtades familiares, tema central en tu trabajo. ¿De qué se tratan?
—Todos los seres humanos necesitamos pertenecer a un sistema. Es una necesidad básica y primordial. El niño hace cualquier cosa para sentirse parte de su familia, hasta llega a renunciar a sí mismo. Bert Hellinger decía que el amor infantil es un amor ciego. El pequeño no ama desde la conciencia; ama desde la necesidad de formar parte. Por eso, muchas veces, repite patrones: si hubo un abuelo que luchó en una guerra, su nieto puede terminar manifestando actitudes violentas. Asume cargas que no le corresponden. Es un movimiento lleno de amor, pero también de ceguera. Lo que llamo lealtades desdichadas. Hay gente que llega a consulta preguntándose por qué repite una y otra vez el mismo tipo de relación tóxica o el mismo fracaso. Cuando empezamos a mirar la historia familiar, descubrimos que aquello que parecía exclusivamente personal forma parte de una dinámica mucho más antigua. Hay determinadas experiencias que dejan huellas profundas, que se transmiten a los descendientes. Si bien no todo puede explicarse por el árbol familiar, es cierto que todos recibimos una historia.
—¿Existe un cierto determinismo?
—No todo puede explicarse por el árbol genealógico. Sería una simplificación. Pero tampoco creo que lleguemos al mundo como una hoja en blanco. Tomamos códigos, ataduras, asuntos pendientes. Nuestro cuerpo recuerda y registra, y en él está presente la memoria de todo lo vivido. Conocer esa historia amplía nuestra libertad. Porque solo podemos cambiar aquello que vemos.
—Elegir ese cambio conscientemente, ¿es lo que vos llamás deslealtades dichosas?
—Claro, uno pudo haber crecido con una madre depresiva y de adulto decirle a su mamá: “Te quiero, pero decido mantenerme alegre y vital. No seré leal a vos en este aspecto”. Cada vida está embarazada también de potencialidad.

—¿Esto está relacionado con la importancia de saber ocupar nuestro lugar en la cadena de la vida?
—El orden genera una vida buena. Muchas veces los hijos quieren salvar a sus padres, cuidar emocionalmente de una madre que vive deprimida, u ocupar el lugar del padre (que está mirando hacia atrás a sus propios padres con asuntos pendientes en lugar de estar mirando a su esposa en una relación de paridad), o reemplazar a un hermano fallecido. Todo eso nace del amor, pero son amores desordenados. Cuando el hijo intenta convertirse en el padre de sus padres, en la pareja de su madre, inevitablemente paga un precio. Pierde energía para vivir su propia vida.
—¿Cómo no caer en confusiones?
—No inmiscuyéndose en los asuntos de los mayores y reconociendo que nuestros padres son los grandes, los que dan, y nosotros los pequeños, que tomamos. Ellos nos dieron la vida; nosotros la recibimos. Parece una idea sencilla, pero cuando alguien puede decir interiormente: “Ustedes son mis papás y yo soy el hijo”, muchas cosas empiezan a ordenarse. No desaparecen los problemas. Pero deja de existir ese esfuerzo permanente por sostener aquello que nunca nos correspondió. Es importante que cada cual tome de sus anteriores la fuerza y la antorcha vital en vez de encontrarla en sus descendientes o en espejismos como el poder o el afán de notoriedad.
—¿Cómo podemos darnos cuenta de que estamos ocupando lugares equivocados?
—El cuerpo nos lo hace saber con conglomerados de sensaciones que resultan tensas o desagradables, y a veces en forma de enfermedad y colapso energético, que nos mantiene en una energía de muerte.
—Dentro de los desórdenes en el árbol de la vida, mencionás a los familiares que no pudieron ocupar su lugar, porque fueron excluidos o invisibilizados.
—En la mayoría de las familias existen personas de las que no se habla. Un abuelo que fue rechazado, un tatarabuelo que fue considerado una vergüenza, un hijo que murió muy pequeño u otro que fue abortado. El sistema familiar tiende a olvidar. Pero la vida no olvida. Aquello que se aparta nos persigue. Y por eso, muchas veces un descendiente, inconscientemente, empieza a representar a esa persona excluida. Si hubo un bisabuelo que se suicidó, tal vez luego, su bisnieto muestre tendencias suicidas sin comprender por qué. Los sistemas humanos tienden naturalmente a buscar equilibrio. Cuando alguien vuelve a ser integrado y reconocido, el sistema entero encuentra armonía. Por eso digo que las constelaciones no buscan culpables, buscan incluir. Y cuando lo logramos, aparece un movimiento profundamente sanador.
—Hay un concepto muy potente en tu libro: “Decir sí a la vida”, que es el de asentir y volvernos discípulos de la realidad como camino de plenitud. ¿Cómo lograrlo?
—Creo que vivir bien es reconciliarse con la vida que uno recibió. No significa que todo haya sido fácil. Significa dejar de luchar contra aquello que ocurrió y hacer las paces con el pasado. Asentimiento es liberación; oposición es sufrimiento.

—Después de acompañar durante décadas a miles de personas, ¿qué es lo que más disfrutás de tu trabajo cotidiano?
—Me sigue apasionando ayudar a las personas a entender que, detrás de cada conducta, hay una historia. Recuerdo a un hombre que vivía atormentado y con pánico a perder a su pareja. Ese temor lo condicionaba completamente. Cuando conocimos su historia, apareció un dato decisivo: a sus 8 años había perdido a sus siete hermanos en un accidente. Ahí uno comprende que ese miedo tenía sentido. Como terapeuta, historias así me enseñan con humildad lo que significa el misterio de vivir. Me recuerdan también que, antes de juzgar, conviene comprender. Al fin y al cabo, todos estamos haciendo lo mejor que podemos con los recursos que tenemos.
—¿En tu recorrido profesional atravesaste crisis importantes de sentido?
—Sí, muchas. Al inicio de mi carrera estudié Derecho, luego trabajé en un banco y durante un tiempo pensé que ese era mi camino. Sin embargo, había algo que no terminaba de encajar y que me angustiaba. Con el tiempo aparecieron el teatro, la Gestalt y, más adelante, las constelaciones familiares. Mirando hacia atrás, comprendo que aquellas crisis fueron necesarias. A veces buscamos evitarlas, pero son las que nos obligan a revisar la vida que estamos viviendo. Pueden ser muy dolorosas, pero también abren puertas.
Abrir, mirar, aceptar, curar, buscar y encontrar. Son los verbos que mejor conjuga Joan. En una época en la que se buscan soluciones rápidas para todo, su propuesta va en sentido contrario. Para él, no existen los atajos, pues los procesos llevan tiempo. No podemos saltarnos el duelo ni sanar por decreto. Cada experiencia necesita ser atravesada, asumida y redimida. Las constelaciones familiares son, para este lúcido terapeuta, una herramienta valiosa para sanar dejando de luchar contra la propia historia, y asumiendo la responsabilidad de duelar y abrazar y reelaborar el pasado. Solo así, afirma Joan, será posible dejar de repetir viejos patrones para abrirnos a la existencia con libertad y a conciencia. ¿Dónde?, aquí; ¿Cuándo?, ahora.
Qué ocurre durante una constelación
- Una constelación familiar es una práctica terapéutica creada por Bert Hellinger, que parte de la idea de que algunos problemas emocionales, vinculares, de pareja, familiares o incluso de salud pueden estar relacionados con dinámicas o conflictos no resueltos en generaciones anteriores de una familia.
- Las constelaciones familiares se pueden hacer en formato individual o en formato grupal. Cuando se hacen de manera individual, a veces se utilizan muñecos, papeles u otros objetos que representan a las personas del sistema familiar involucradas o a elementos importantes de la situación a constelar, como por ejemplo, una enfermedad o emociones como la rabia. Es probable que se generen movimientos emocionales o se cierren asuntos pendientes y la persona sigua su proceso para poder alcanzar una mayor conexión con la vida, u ocupar su lugar en la realidad actual, con mayor claridad.
- En un taller de constelaciones, el formato es grupal, y son las personas participantes quienes representan a los miembros de la familia o del sistema de quien constela. Allí se trata de que las personas estén atentas y resonantes con sus vivencias, para enfocarse en aquel asunto que viven como malestar en su vida, que generalmente tiene
nque ver con espacios relacionales: con la madre, el hermano,ala pareja,ala ex pareja, etc. - Luego, el terapeuta constelador pregunta en el salón, quien desea trabajar (como si fuera una sesión de terapia grupal). La persona a constelar le plantea cuál es el problema específicamente (se busca que sean hechos reales y no rollos mentales). Y a partir de esta problemática, a veces se le interroga acerca de lo que quiere lograr y cuál es su expectativa. O como sería una solución si el problema ya estuviera resuelto. A partir de estos datos se le hace preguntas sobre los hechos principales de su biografía: grandes potencias y bendiciones y también dolores, heridas, pérdidas, traumas, donde se ha encogido la persona y el sistema familiar. Luego, el terapeuta hace una presuposición acerca de las personas que pueden estar implicadas en el problema y las que pueden favorecer su resolución.
- Enseguida se invita a participantes de la sala para que representen por ejemplo al padre, la madre, la pareja, el amigo, el socio o el abuelo o el niño abortado de quien está trabajando.
- La constelación propiamente dicha comienza. No es ni más ni menos que una representación escénica en el espacio, que nos permite clarificar nítidamente las dinámicas de los vínculos que nos mantienen atados a un cierto problema. Este trabajo nos brinda herramientas para realizar cambios alternativos: tomar un lugar diferente
respecto a la madre, un movimiento en el vínculo con los dos padres o un avance en el camino de sanación emocional al soltarse de una relación. Es decir que, de una forma concentrada, se materializan algunas transformaciones que luego forman parte del proceso que la persona irá transitando, para alcanzar una solución a sus dificultades. Así, el taller permite que, cada cual, haga una revisión del lugar interior que ocupa respecto de sus relaciones significativas. - Una vez que la constelación terminó y que hayan surgido cambios y comprensiones significativas nuevas, o movimientos emocionales profundos, es esperable que la persona que trabajó, obtenga mayor claridad respecto a los lugares nuevos que le toca ocupar en su presente. Con lo cual, se aconseja que quien hizo el trabajo, esté unos días o unas semanas, en estado de receptividad, con el acompañamiento de un buen terapeuta.
- También cada integrante del grupo que asistió como observador/ receptivo, elabora y madura sus propios asuntos a la luz de estos universales vinculares que han ido surgiendo. Durante el taller, se crea un estado comunal muy empático con quien consteló (con sus aspectos maravillosos, y los más trágicos, difíciles o vergonzantes). Es un factor estudiado en los grupos que lo ocurrido es curativo para todos.

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