El estadounidense invita a desconfiar de la tiranía del pensamiento; ofrece un camino que combina evidencia científica, sabiduría interior y ejercicios prácticos de autodescubrimiento
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“La mente es un excelente sirviente, pero un pésimo amo”, decía el filósofo británico David Foster Wallace, como recordándonos que, muchas veces, nuestra mayor fuente de sufrimiento no proviene de los hechos que nos rodean, sino de la forma en que los interpretamos. Hoy, la neurociencia parece darle la razón. Un estudio publicado en Nature Neuroscience demostró que más del 80% de nuestros pensamientos diarios son repetitivos y, de ellos, el 70% son negativos. El cerebro, programado para la supervivencia más que para la felicidad, reproduce patrones que no necesariamente son ciertos, pero que insiste en presentarnos como verdades absolutas.
En ese paisaje mental, el norteamericano Joseph Nguyen irrumpe con una invitación provocadora: No te creas todo lo que piensas, título de su best seller, con más de 700.000 copias vendidas y traducido a más de 30 idiomas. Allí postula que la mente tiene una tendencia natural a generar narrativas falsas, y que la libertad comienza cuando somos capaces de observar esos pensamientos sin identificarnos con ellos. Nguyen, que combina estudios de psicología, prácticas de atención plena y un estilo claro y directo, invita a quienes lo leen a descubrir la diferencia entre lo que pensamos y lo que somos.
“Pensás que sos vos porque suena como vos, pero no sos la voz que escuchás, sos el que puede decidir si la sigue”, dice Nguyen, en una frase que resume el corazón de su propuesta. En esta conversación con LA NACION ahonda en su visión del pensamiento, el ego y el silencioso poder de detenerse a mirar hacia adentro.
–Proponés que el pensamiento no siempre es confiable. ¿Cómo llegaste a esa conclusión?
–Durante años, creí que mi mente me protegía. Pensaba que si analizaba todo una y otra vez, iba a poder evitar el error, el rechazo o la tristeza. Pero cuanto más pensaba, más ansioso y perdido me sentía. Empecé a investigar, a meditar, a cuestionar esa voz interna que me decía “no sos suficiente” o “esto va a salir mal”. Descubrí que muchas veces esa voz no tenía fundamentos. Era solo una repetición automática de temores, creencias y condicionamientos. En ese momento, algo cambió: me di cuenta de que podía escuchar sin obedecer, observar sin actuar. Y en ese espacio de pausa, apareció la verdadera paz.

–¿Todos tenemos ese espacio de pausa o hay que aprender a construirlo?
–Todos lo tenemos. Es parte de nuestra conciencia. Pero en la mayoría está cubierto por capas y capas de pensamientos, juicios, hábitos mentales. Es como un cielo tapado de nubes: el sol siempre está, aunque no lo veas. Lo que hay que hacer es empezar a reconocer que no somos esas nubes. Que podemos dejar que pasen, sin agarrarnos de ellas. Ese es el entrenamiento. No es dejar de pensar. Es dejar de identificarse con cada pensamiento que aparece.
–¿Y cómo podemos saber si un pensamiento es verdadero o no?
–No se trata tanto de verdad en términos absolutos, sino de utilidad. Preguntate: “¿Este pensamiento me ayuda a crecer, me da paz, me conecta con la realidad?” Si no lo hace, es probable que sea una distorsión. Muchos pensamientos son proyecciones del pasado o miedos del futuro. La mente está acostumbrada a operar desde ahí. Pero cuando traés la atención al presente, al cuerpo, a la respiración, podés empezar a distinguir entre lo que es y lo que tu mente te cuenta que es.
–Hablás mucho de “el observador interno”. ¿Qué significa eso?
–Es la parte de vos que puede darse cuenta de que está pensando. Es como si una parte más profunda mirara con compasión la actividad mental. Ese observador no juzga, no se enoja, no se identifica. Solo está presente. Y esa presencia, que es pura conciencia, es quien realmente sos. Cuando estás en contacto con eso, la mente pierde poder sobre vos. El pensamiento puede seguir, pero ya no te arrastra.
–¿Qué es para vos el ego?
–El ego es una idea que la mente tiene sobre quién sos. Es tu historia personal, tus etiquetas, tus logros, tus heridas. El problema es que vivimos como si esa historia fuera todo lo que somos. Pero no lo es. Es solo una parte. El ego tiene miedo de desaparecer, por eso se defiende, se compara, se ofende. Cuando empezás a observarlo, no desde el juicio, sino desde la curiosidad, empieza a disolverse. No lo eliminás, pero dejás de vivir bajo su dominio.
–¿Cuál es el papel que juega la emoción en todo esto? ¿Es más confiable sentir que pensar?
–Ambos son necesarios. Pero hay que distinguir entre emoción auténtica y emoción reciclada. A veces sentimos miedo, tristeza o rabia porque estamos conectando con algo real, algo que necesita ser escuchado. Pero muchas veces sentimos eso porque estamos creyendo en un pensamiento distorsionado. Si pensás “no valgo nada”, vas a sentir tristeza o ansiedad. Pero no porque haya un peligro real, sino porque le diste poder a una idea falsa. Entonces, no se trata de elegir entre pensar o sentir, sino de volver a la raíz.
–En tus libros insistís en que hay que aprender a estar en silencio. ¿Por qué?
–Porque el silencio es lo que queda cuando la mente se calma. Y ahí es donde aparece la sabiduría. No hablo de un silencio forzado, sino de un espacio interno. Ese lugar es profundamente creativo, sanador. Pero nos da miedo porque estamos acostumbrados al ruido. El silencio confronta, porque en él se revela lo que realmente hay. Pero también es el portal a una claridad que el pensamiento nunca puede dar.
–¿Cómo se empieza a cultivar esa claridad?
–Con práctica. No se trata de hacer grandes cambios. Empezá por observar tus pensamientos como si no fueran tuyos. Como si fueran nubes en el cielo. No luches contra ellos, no los quieras eliminar. Solo miralos pasar. Podés sentarte cinco minutos al día a respirar y observar. Eso solo, hecho con constancia, transforma todo. Porque lo importante no es lo que pensás, sino si creés que eso sos vos.

–¿Qué lugar ocupa la espiritualidad en tu enfoque?
–No es una espiritualidad ligada a religiones, sino a conexión. Con vos, con la vida, con el momento presente. Es entender que hay algo más profundo que nuestra historia personal. Que hay una inteligencia detrás de todo esto, y que cuando nos alineamos con ella, dejamos de luchar tanto. Yo la llamo “la sabiduría interior”. Está en todos.
–¿Qué le dirías a alguien que está atrapado en pensamientos de autocrítica constante?
–Que no está solo. Todos hemos estado ahí. Y que no tiene que cambiar sus pensamientos para estar en paz. Solo necesita dejar de creer que esos pensamientos son verdad. Cuando aparece una voz que dice “no sos suficiente”, podés decirle: “Gracias por intentar protegerme, pero no necesito creerte ahora”. No se trata de pelearte con tu mente. Se trata de aprender a elegir desde un lugar más profundo.
–¿Y cómo sabés que estás eligiendo desde ese lugar?
–Porque sentís alivio. Dejás de tener la necesidad de tener razón, de defenderte, de controlar. Porque hay paz, incluso si las cosas no salen como querías. Esa paz no viene de que todo esté perfecto, sino de que ya no necesitás que lo esté para sentirte bien. Ahí sabés que estás volviendo a vos.
–¿Qué papel juega la meditación?
–La meditación no es tanto dejar de pensar como dejar de aferrarse al pensamiento. Muchos la malentienden: creen que es una forma de calmar la mente. Pero la mente no siempre se calma. La práctica es observar sin participar. Cuando medito, no busco lograr nada. Solo me siento a ver. Y eso, con el tiempo, transforma la relación con el contenido mental. Ya no me convence tan fácil.
–¿De qué modo podemos acompañar a alguien que está atrapado en pensamientos negativos?
–Lo más poderoso que podés ofrecerle a alguien en ese estado es tu presencia. No tus soluciones, no tus explicaciones. Solo tu disponibilidad y tu calma. A veces queremos ayudar tanto que terminamos empujando. Pero una persona atrapada en su mente no necesita ser corregida; necesita ser contenida. Podés decirle algo simple como: “Sé que te sentís así, y estoy acá”. Esa frase, dicha desde la conexión y no desde el juicio, puede ser una puerta para que la otra persona se vea con más compasión.

–¿Cómo se distingue una intuición de una creencia limitante?
–Gran pregunta. No todo pensamiento es problemático. Algunos son reflejos de una sabiduría interna. La diferencia está en cómo se sienten. La intuición es suave, no grita. No viene con ansiedad ni urgencia. Es como una certeza tranquila. En cambio, la creencia limitante suele ser ruidosa, insistente y está teñida de miedo. Una manera de diferenciarlas es preguntarse: “¿Este pensamiento me expande o me contrae?”. La intuición te expande, incluso si te lleva a un lugar incómodo.
–¿Hay algún pensamiento que hayas soltado recientemente y que cambió tu vida?
–Sí. Durante años cargué con la idea de que necesitaba estar en constante producción para valer. Que debía escribir más, hacer más, mostrar más. Era una creencia disfrazada de compromiso, pero en el fondo venía del miedo a no ser suficiente. Cuando empecé a soltar esa exigencia interna, apareció algo inesperado: más claridad, más inspiración, más calma. Me di cuenta de que no era menos útil por hacer menos.
–¿Cuál es el mensaje más importante que te gustaría que un lector se lleve de tus palabras?
–Que la paz que busca no está afuera ni en un futuro. Está justo ahora, detrás del próximo pensamiento. No hay que convertirse en nadie distinto. No hay que entenderlo todo. Basta con empezar a mirar con honestidad. Y recordar que cada vez que dejamos de creer ciegamente en la mente, nos acercamos un poco más a nosotros mismos. No se trata de arreglarnos, sino de reencontrarnos.
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