Circuito de aguas, baño de arcilla y tradición ancestral; un santuario donde el lujo es conectar con el espíritu
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Llegar al spa es, en sí mismo, una ceremonia. La selva mexicana con costa al Pacífico lo envuelve todo. El aire huele a humedad, a madera y a hojas recién cortadas. Son 3000 metros cuadrados dentro de las 35 hectáreas que ocupa el hotel One & Only –que está dentro del complejo inmobiliario Mandarina– destinadas a crear un microclima en medio del verde. La construcción, las plantas, los aromas. Aquí todo parece diseñado para bajar el ritmo. Para respirar. Para volver al cuerpo. La verdadera fortaleza del spa es su capacidad de crear un santuario en medio de la selva. Un espacio en el estado de Nayarit donde el bienestar no se vende como un servicio, sino como una experiencia transformadora.
Su privilegiada ubicación lo convierte en uno de los destinos de lujo más prestigiosos de México, en un entorno donde el océano y la vegetación conviven en armonía. La primera invitación es a sumergirse en una limpieza energética: una vasija y un humo blanco suben lento y perfuman el aire. Me invitan a que rodee mi cuerpo. Me explican que es copal, una resina de árbol que se usa para purificar. La terapeuta lo mueve suavemente alrededor de mi cuerpo. Dice que sirve para abrir la energía y prepararse para recibir los beneficios de la naturaleza. Cierro los ojos. El aroma es cálido, ancestral, envolvente. Me ofrece un vaso con clorofila, una infusión natural de un verde intenso. “Una mezcla de hierbas para desintoxicar el organismo y activar la circulación”, dice la terapeuta.

Sigo el recorrido y llego a la sala en la que se invita a un circuito de hidroterapia: comienza en el vapor húmedo, en el sauna. El calor es suave, 42 grados. Los poros se abren lentamente y el cuerpo empieza a sudar. Me ofrecen una bebida de electrolitos con jengibre, limón, té azul y un toque de sal para evitar la deshidratación. El sabor es fresco y reconfortante. Sirve para mantener el equilibrio del cuerpo mientras se liberan toxinas con la apertura de los poros y el sudor. Luego llega el hielo. Una vasija repleta de escarcha fina que invita a tomarla y pasarla por la piel del cuerpo y de la cara para exfoliarla suavemente. El contraste es inmediato. El cuerpo despierta. La circulación se activa. El proceso continúa con el sauna seco, a 70 grados, donde la luz natural entra desde un skylight, una luz infrarroja que permite ver la selva mientras el calor envuelve todo. Subo al nivel más alto. Me colocan una toalla fría sobre la frente con una leve esencia de mandarina. Pepinos en los ojos. Un mist de lavanda en el aire. El cuerpo se relaja de inmediato. La mente se aquieta.

El circuito continúa con la tina fría. La experiencia más desafiante. Dudo en hacer el famoso cold plunge. Tiene nueve grados, pero me animo. Entro de golpe, como me recomiendan. El cuerpo se contrae, la respiración se acelera, pero después llega una sensación de energía pura. El consejo es permanecer 30 segundos; la respiración consciente ayuda a atravesarlo. La vivencia me sorprende y la repito hasta cinco veces, ampliando el tiempo a tres minutos.
Después llega el momento más profundo de la experiencia. La cuenca de lodo. Es en un espacio exterior en medio de la selva. La arcilla roja se prepara en el momento, solo para mí. Me piden que piense en una intención antes de aplicarla. Decreto salud, calma, bienestar. Empiezo por los pies. Agradezco los caminos recorridos. Cada parte del cuerpo tiene un significado. El estómago, las emociones. La espalda, las cargas. Los brazos, lo que hemos sostenido. El pecho, lo que hemos guardado. El ritual se vuelve íntimo. Se quema copal y eucalipto. El aroma abre la respiración y genera una sensación de limpieza profunda. Me piden que agradezca. Que respire. Que libere. Cuando todo el cuerpo está cubierto de arcilla, comienza la meditación.
Un cuenco de cuarzo vibra en el aire. El sonido es suave, constante, casi hipnótico. Siento la vibración en el pecho. En la piel. En la respiración. Es un momento de conexión absoluta con el entorno y conmigo misma.
Pero la experiencia no termina ahí. Más tarde llega el temazcal. La cúpula aparece entre los árboles como una construcción ancestral. El ritual es guiado por mujeres nativas de la región. La estructura representa el vientre de la madre. Entrar es como volver a nacer. Antes de comenzar, nos piden una intención. Sanar algo. Soltar algo. Agradecer algo. Entramos en silencio. El espacio es oscuro, cálido, íntimo. Las piedras calientes están en el centro del temazcal al rojo vivo. Sobre ellas se colocan hierbas y agua. El vapor se eleva lentamente.

Comienza el primer round. Cantos suaves guían la respiración. El calor aumenta. El cuerpo empieza a sudar. El aire se llena de aromas naturales que desinflaman y desintoxican. El segundo es más profundo. El calor se vuelve intenso. La respiración se hace consciente. Me concentro en la intención con la que entré. El tiempo se vuelve relativo. El tercero es emocional. Los cantos resuenan dentro de la cúpula. El vapor envuelve todo. Siento que el cuerpo se vacía lentamente de tensiones. El cuarto es el renacimiento. La puerta se abre y entra el aire fresco. La sensación es extraña, pero poderosa. Como si algo se hubiera liberado. Las nativas me explican que el temazcal representa volver al vientre materno y salir renovado.
Ya pasaron tres horas. Me voy caminando lentamente hacia la salida. El sonido de los pájaros vuelve a aparecer. El aire húmedo de la selva acompaña los últimos pasos. Me voy con la sensación de haber atravesado algo más que un spa. Y entiendo entonces que el verdadero lujo no está en las instalaciones ni en los tratamientos. Está en el tiempo que uno se regala para volver a sí mismo. Fue un viaje interior.
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