En 30 años le enseñó a surfear a más de 15.000 personas, entre ellas a las que no tenían posibilidades económicas
9 minutos de lectura'


Hablar de surf en Brasil es hablar de Praia do Rosa. Y hablar de este deporte allí es hablar de un referente obligado: el Capitán David.
¿Quién es este hombre de ojos turquesas cautivantes que hace 30 años se levanta cada mañana a las seis, haga frio o calor, llueva o salga el sol, con la curiosidad intacta por conocer a los alumnos que lo esperan en su escuela ubicada a metros de la arena cerca de Canto Sur?
Sergio David tiene 60 años y está casado con Nena desde 1998. Ella no es instructora, pero es quien le organiza la agenda y, sin duda, su musa inspiradora. Esta dupla potente comenzó con la enseñanza del surf para niños carenciados allá por el año 94, cuando no había nada en desarrollo. Arrancó en Praia da Vila en Imbituba (a 20 kilómetros), como un proyecto de inclusión social. El Capitán impartía clases a chicos que se comprometían con el aprendizaje escolar. Pasaron muchos. Pero, viendo que varios quedaban en el camino por no alcanzar un rendimiento académico satisfactorio, Nena decidió convertirse en maestra particular de quienes no podían con el estudio y morían por surfear. De a poco, también comenzaron a incorporar alumnos que estaban en condiciones de afrontar el gasto.
Un tiempo más tarde, Neco Agrifoglio y Regina Haleva, en ese entonces socios de la Posada Fazenda Verde do Rosa, conocieron al Capitán a través de su hijo de 11 años, un alumno entusiasta de la escuela. No titubearon en invitar al matrimonio a pasar el verano en su Posada para que el Capitán diera clases a sus huéspedes. Nena y Sergio aceptaron con la condición de que los niños más humildes de Imbituba pudiesen seguir yendo hasta Rosa. Así fue. Y hoy, este proyecto continúa. La escuela sigue invitando gratuitamente a niños del pueblo que se mezclan con los turistas. “Nadie sabe quién está pagando y quién no. Hay muchos que no nos dan reales pero nos pagan con inmensas sonrisas cuando bajan las olas. Eso es suficiente”, se alegra Nena.

Ya pasaron 30 años. Y ese amor que trasmite por lo que hace, convirtió a Sergio David en una leyenda del surf en la costa sur de su país. Por su escuela han pasado más 15.000 brasileños y extranjeros del mundo entero, entre principiantes y avanzados.
¿Qué encuentra la gente, en este profesor que no ve en otros? Sin duda un hombre, ya más grande que sigue demostrando una pasión irrefrenable por entusiasmar a quien se acerca a él con una mezcla de ansiedad e ilusión.
“Las personas vienen a cumplir un sueño y yo soy el responsable de que lo logren. Nada me hace más feliz. Como dice Miguel de Cervantes: sueño que se sueña solo es sólo un sueño; sueño que se sueña junto a otro, es una realidad”, explica.
En tiempos de inmediatez y de inteligencia artificial, a él le atrae lo opuesto: lo artesanal y humano; el aprendizaje lento, paso a paso que cala hondo y llega a la raíz. “Me da placer enseñar no sólo para el momento presente si no pensando también en el futuro de ese individuo”, señala.
Se sabe conocedor de una información valiosa que muchos necesitan y quiere ser canal para transmitir esas herramientas. Ama ser testigo de tantas evoluciones. “Me encanta reencontrar a mis alumnos años después y preguntarles cómo les está yendo con el surf. Como dice el Principito: uno es responsable por lo que cultiva. Eso son ellos para mí”, señala.
Vocación pura
El Capitán no maneja dinero. “De eso se ocupa Nena”, se ríe. Ni mide los gastos. Le pide a su mujer a cada rato invertir en nuevos trajes, tablas o quillas. Su foco está puesto en ofrecer un servicio de calidad. “Cada uno es único y tiene una necesidad especifica. Mi tarea consiste en ofrecerle la mayor comodidad posible. Un año usa una tabla y al año siguiente quizás, precisa una más pequeña”, dice. Esa es sin duda una de las claves de su éxito: el servicio personalizado que brinda (sus alumnos no son un número más), y el estar 100% conectado con lo que hace.

¿No te aburrís de enseñar siempre lo mismo sobre todo a principiantes?, se le pregunta. Y la respuesta inmediata es: “No. Cada día es distinto. Hoy vino un hombre a quien le he dado clases durante años. Pero nunca nada es igual. Miro el mar y me pregunto: ¿las condiciones eran estas cuando vino la última vez? No; ¿él estaba del mismo ánimo que hoy? No. Por eso siempre se puede ver este día como el primero. Esa persona como una nueva. Esta oportunidad como única. Y así, el trabajo no cansa; la energía se renueva.
Sus alumnos lo perciben. “Me impresiona lo conectado que está. Estuve dos horas en el mar, pude pararme sólo en una ola pero él no dejó de empujarme”, salió comentando uno.
Cuando se pone el traje de agua, Sergio se transforma en el Capitán David. Se sabe a cargo de mucha gente. Y se siente responsable de la seguridad de todos. “Tengo que estar muy atento porque se dan imprevistos, una pita se puede cortar; una tabla puede golpear a algún bañista”, comenta. Y así como él está plenamente enfocado en lo que hace, eso mismo pide a sus alumnos. Antes de entrar al agua, los mira de frente a los ojos y les dice; “te quiero aquí conmigo”. Es cierto. El surf no admite distracciones. Y el mar menos. A cada minuto pide algo desafiante: filtrar en el instante justo, nadar con determinación mar adentro; concentrarse para encontrar la ola indicada, y remar con fuerza para finalmente subirse a ella.
Otro aspecto al cual presta mucha atención es la postura: espalda, pies (el primero para adelante) y manos (abiertas). Suele explicarles a los niños que el surf es un deporte de reyes. El rey camina con la cabeza erguida porque si la baja, su corona cae. “Cuando bajamos los ojos nos topamos con una barrera: el mundo y sentimos que tenemos una mochila en la espalda que nos pesa. En cambio, si nos paramos erguidos y miramos de frente, vemos el horizonte con perspectiva. Nuestro mundo entonces se amplía. Nos volvemos capitanes al mando de nuestra experiencia”, afirma.
El cambio está en la mirada
Eso es algo característico en él. El cambio de mirada. De manera literal cuando se está surfeando y también simbólica, en la vida. El Capitán es un hombre que intenta no identificarse con las contrariedades. Para él es clave darse cuenta de cómo estamos mirando cada situación: si como una traba o como una oportunidad de aprendizaje. Y desafiarnos a atravesar ese problema con humor. “Hay que alimentar todo lo bueno para sortear ese mal momento”, subraya.
En el agua, por ejemplo, a quienes se dan revolcones una y otra vez los “joroba” y les dice que están teniendo una sesión de hidromasaje; y a quienes llegan a la escuela con demasiada ansiedad, los hace respirar profundo y los invita a transformar ese nerviosismo en “ganas de aprender”. Todo cambia. Al rato se ríen; se distienden y logran el objetivo. “Es cuestión de cambiar las palabras y la manera de ver”, aclara.
En el mar, su propuesta es relajar y dejar fluir. Lo suyo no es ayudar a profesionales a mejorar la técnica o lograr maniobras más audaces. No se trata de un surf externo sino interno. Busca inspirar amor y pasión. No resultados.

La competencia, dice, es con el mar, cuando aprendemos a domesticarlo y usarlo a nuestro favor, disfrutamos. Con ese modo de ser contemplativo, enumera los tres elementos que se juegan en el surf: la ola, el surfista y la música. “La clave está en percibir e interpretar la música que trae esa ola y bailar con ella. Ser flexibles e intuitivos. No forzarla con piruetas desconectadas de la melodía”, comenta.
Escuchar lo que el mar trae con actitud agradecida y despertar una sensibilidad nueva. Ese es su estilo. Encontrar los beneficios emocionales y espirituales de subirse a las olas. “Estar tantas horas en contacto con la naturaleza nos sosiega, nos sana”, afirma. Y darse cuenta de que, cuando se tiene el sueño, no hay límites de edad o de habilidad que puedan frenarnos. “Este deporte te muestra que podés lograrlo con un guía loco como yo que está tan entusiasmado como vos. Con paciencia se puede”, dice.
Está convencido también de que este deporte nos enseña a vivir: a abrir los ojos internos para despertar nuestra luz, nuestro potencial, que es más grande de lo que creemos.
¿Por qué? “Dentro nuestro está la llave de la felicidad. Uno tiene que caminar hasta la orilla una distancia quizá larga, con una tabla pesada. Entrar al agua que puede estar helada, filtrar, remar mucho, perder muchas olas, quedarse dos horas para agarrar quizá solo dos. Alguno dirá que el proceso es una pesadilla, pero para quien toma contacto con su sueño, y agradece la oportunidad de estar en el océano, no lo es. Esa persona seguramente saldrá del mar con una sonrisa imborrable y con la sensación de haber surfeado la mejor ola de su vida, aunque no haya sido perfecta o enorme. Con ganas de volver otro día a agarrar otras olas, (las que llevan su nombre tatuado), que serán también las mejores de su vida.”
Cuando conectamos con esa magia, con esa sensación de nada, de asombro y belleza, la fiesta comenzó. El Capitán sabe que el surf quedó grabado como un sello en el cuerpo y en el alma de ese aprendiz. Entonces está dispuesto a despedirse del mar y volver a casa feliz a descansar. La misión está cumplida.

1Llegó a Stranger Things como un reemplazo y se convirtió en la protagonista de la quinta temporada
- 2
Tras la euforia por la caída de Maduro, la diáspora venezolana ahora se plantea cuándo habrá condiciones para volver
- 3
“Me autoexilié”: tiene 35 años y es el único habitante de un mítico observatorio abandonado en medio de la estepa patagónica
- 4
Cruzeiro cerró el pase más caro de la historia de Sudamérica: así quedó el top 10 del ranking





