
Cada vez más personas viajan por el mundo sin pagar alojamiento a cambio de cuidar mascotas ajenas; qué hay detrás del auge de este fenómeno
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Eugenia Camuña tiene 61 años, es psicóloga, argentina, y lleva cuatro años viviendo en casas que no son suyas, en países que no son el suyo, rodeada de animales que tampoco son suyos. Paseó perros por los suburbios de Australia -Max, un labrador que tiraba fuerte fue su mayor desafío-, alimentó a pájaros salvajes y lloró cuando se murió un pez. “A mí me encanta”, dice, y se nota que es verdad.
Camuña es pet sitter. Su historia representa algo que está pasando cada vez más en el mundo: personas que viajan sin pagar alojamiento a cambio de cuidar las mascotas de desconocidos. Perros, gatos, peces, plantas y, en el caso de Camuña, hasta una cacatúa blanca con instrucciones de alimentación específicas.
La primera evidencia documentada del término “pet sitting” data de 1978, cuando apareció en el Washington Post, pero quien convirtió eso en una profesión fue una mujer llamada Patti Moran, de Carolina del Norte, que en 1987 escribió Pet Sitting for Profit, el primer libro sobre el tema, considerado por muchos como “la biblia” del sector. Además, en 1989 unificó a los pet sitters en una asociación sin fines de lucro, en 1994 fundó Pet Sitters International (PSI), que en 1997 logró que “pet sitting” fuera incorporado al Random House Dictionary, con la definición oficial de “el acto de cuidar a una mascota en su propio hogar mientras el dueño está ausente”.
El negocio vivió una vuelta de tuerca significativa en 2010, cuando Andy Peck, un hombre de Brighton, en el Reino Unido, se encariñó con Dave, un perro que le tocó cuidar en una casa en Galicia, España, y le nació hacer algo al respecto.
“La casa en la que me estaba quedando era de una pareja con negocios en distintas partes del mundo, que me comentaba que el cuidado de las mascotas era un problema muy frecuente”, contó Peck en una entrevista. “Casualmente, yo venía de haber estado buscando una idea de negocio escalable que resolviera un problema común. Pero quería que fuera algo gratificante. Algo que de verdad ayudara a la gente. Y encontré el escenario perfecto”.
Producto de su estadía en la costa española, Peck fundó, junto a tres socios, TrustedHousesitters, una plataforma cuya premisa es un intercambio sin plata de por medio: el dueño de casa ofrece alojamiento gratuito, el “sitter” acepta a cambio del cuidado de mascotas y el mantenimiento del hogar.
Actualmente la plataforma cuenta con más de 240.000 miembros alrededor de 180 países y registra haber facilitado más de 16 millones de noches de pet sitting.
Una forma de viajar que no entra del todo en ninguna categoría
El pet sitter viajero no es el mochilero de hostel. Tampoco el turista de resort. Ni el nómade digital que trabaja desde un coworking en Bali. Es otra cosa: una forma de viaje más difícil de etiquetar y, para muchos, bastante más satisfactoria.
No paga hotel pero vive en casas que muchas veces son hermosas y, a veces, espectaculares: villas con jardín en la Toscana, departamentos en el centro de Copenhague, casas con pileta en Queensland. En algunos casos, el acuerdo incluye incluso el uso del auto del dueño.
Camuña lo vivió de cerca cuando llegó a Australia. “Me ha pasado que me han dejado hasta el auto o comida disponible durante toda mi estadía”, cuenta. “En Australia y en Dinamarca la confianza es absoluta. No hay ningún ropero o alacena cerrado con llave”.
Esa comodidad viene con responsabilidades concretas: animales que comen dos veces por día, en horarios exactos y con alimentos específicos guardados en recipientes meticulosamente etiquetados. Perros que deben ser paseados por circuitos diseñados por sus dueños para evitar el cruce con otros perros. Peces de agua fría y de agua caliente en peceras separadas. Pájaros salvajes con rutinas propias y señales sonoras para ser convocados.
“Yo me lo tomo con mucho compromiso. En general suelo estar en la casa bastante tiempo. No es que te podés ir de la casa a la mañana y volver a las 12 de la noche. Eso no es viable para una propuesta de pet sitting”.
Se trata de una forma de turismo más “lenta”; con una lógica más cercana a pasar un mes en un mismo barrio, conociendo los lugares desde adentro, que a tachar 10 países en 10 días.
Un fenómeno en ascenso
El pet sitting como forma de viaje se inscribe dentro de una transformación más amplia del turismo. En los últimos años, con el auge del trabajo remoto y el crecimiento de los nómades digitales, también crecieron las formas alternativas de alojamiento. Y ahí el house sitting —y, dentro de él, el cuidado de mascotas— encontró un terreno fértil.
Muchos de quienes adoptan este sistema lo combinan con trabajo remoto. Son, en cierto sentido, lo opuesto al hostel: no buscan ni su precio ni su incomodidad, pero tampoco quieren pagar un hotel. Buscan otra cosa, algo que el dinero por sí solo no garantiza: una casa de verdad, en un barrio de verdad, con un animal que los espera cuando vuelven.
Cómo entrar en el sistema
Aunque la plataforma más grande del sector es TrustedHousesitters, no es la única. También existen HouseCarers, Nomador o MindMyHouse. El funcionamiento es similar en todas: los dueños publican sus casas y las fechas en las que van a estar ausentes; los sitters, si les interesa, se postulan.
En el caso de TrustedHousesitters, la política es estricta: no puede haber intercambio de dinero entre las partes. Los sitters no cobran por sus servicios. Ambos lados pagan una membresía anual a la plataforma.
Para empezar, el primer paso es construir un perfil sólido. Camuña tiene un consejo concreto: “Es importante que seas muy honesto con lo que mencionás en tu perfil, porque la gente chequea tus referencias, chequea tu experiencia. Es una especie de LinkedIn, pero de tu experiencia con los animales”.
Entre los requisitos formales suele haber verificación de identidad con documentos y, según el país, controles adicionales. También se recomienda sumar referencias externas y hacer una videollamada con el dueño antes de cerrar cualquier acuerdo.
Para quienes recién empiezan, el principal obstáculo suele ser la falta de historial. Sin reseñas, competir es más difícil. Por eso, la estrategia más habitual es empezar con estadías cortas o de última hora, donde hay menos competencia, y construir reputación antes de aspirar a las casas más codiciadas.
Lo que cambia en uno
Camuña dice que la experiencia la transformó. No solo por el ahorro ni por los lugares que conoció, sino por algo más difícil de medir. “Cambió rotundamente mi forma de vincularme con la gente. Generás una relación muy particular con casi todas las personas a las que les cuidás una mascota. Muchas veces vuelven de sus viajes y te traen regalos. Sigo en contacto con la mayoría de ellos”.
Para Camuña, sin embargo, hay una pregunta que cualquiera que esté pensando en iniciarse en el sistema debería preguntarse: ¿realmente me gustan los animales? “Jamás lo haría por conveniencia. Porque las mascotas lo sienten”, enfatiza. “Si realmente amás a los animales, y disfrutás cuidar una casa y sentirte partícipe de la vida de esas personas, hacelo con total entrega. En ese caso, lo que te queda es una inmensa alegría”. Max probablemente estaría de acuerdo.





