Las vacaciones son una oportunidad para tomar conciencia de cuánto presionamos a nuestros hijos
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Es verano, estoy de vacaciones en la playa y tengo la oportunidad de observar las idas y venidas de las familias y las diferencias entre unas y otras y también entre los chicos, aún dentro de la misma familia. No siempre es fácil para los padres y madres entender los tiempos individuales y las diferencias. Juanito (4) llega a la orilla y se mete al agua sin miedo a las olas, en cambio su prima Tere de la misma edad se asusta por el ruido del mar y el tamaño de las mismas olas y no se despega de las piernas de su mamá, Pedro (8) se va a los médanos y se entretiene inventando aventuras con sus compañeros de sombrilla, juega al tejo, hace castillos de arena, y en cambio Andrés se queda a la sombra leyendo y muestra poco interés por los vecinos o por las aventuras entre las acacias…. ¿O será que no se anima? Y lo mismo ocurre con los adolescentes, algunos disfrutan el lugar, el encuentro con chicos de su edad y las alternativas que se les ofrecen y a otros les cuesta salir de su capullo de seguridad, de lo conocido, para lanzarse a probar nuevas opciones, conocer gente nueva.
Indudablemente en esto confluyen los estilos de crianza, las diferencias individuales, cuestiones ambientales y también el modo en el que los padres “presentan” las opciones a sus hijos, que a su vez se ve influido -y no siempre conscientemente- por la forma en que vivieron sus propias infancias y adolescencias. A veces apurando, presionando, y no pudiendo respetar los tiempos de sus hijos, otras dejando que pase el tiempo y confiando en que se va a resolver solo el tema o que sus hijos saben lo que quieren y les hace bien, y otras pudiendo encontrar la justa medida de acompañamiento y respeto.
En las vacaciones el tiempo pasa y cuando nos queremos acordar se terminaron y no todos pudieron aprovechar las oportunidades que les ofrecían esos días de ocio, y a veces la mayor conciencia adulta de ese hecho nos lleva a tratar de empujarlos.
Otra dificultad surge cuando, ya sea porque estamos en familia o con amigos, tenemos la posibilidad de ver y comparar a nuestros hijos con otros: nos desespera que el nuestro sea el diferente, el que no puede. Hoy la sociedad nos lleva a desear hijos socialmente exitosos, deportistas, líderes, vistosos, y nos cuesta que nuestros hijos no respondan a ese modelo.
Lo complicado es reconocer cuáles conductas son parte de la identidad de nuestros hijos (le encantan los desafíos físicos… o los aborrece), cuáles responden a cuestiones que podemos cambiar (le molesta el viento y lo invitamos a ir a la playa con el buzo con capucha) y cuáles son miedos e inhibiciones con los que los podemos intentar ayudarlos (sentándonos en la orilla a jugar con nuestra hijita con paciencia infinita, ya sea para que le pierda el miedo al agua o para que se anime a jugar con otros chiquitos de su edad; anotarlos en el torneo de futbol de la playa y acompañarlos a jugar; concurrir en familia al bingo que se organiza en el balneario; salir a caminar con la adolescente por el barrio hasta encontrar alguna amiga y dejarlas conversando, etc.).
Revisemos qué esperamos de nuestros chicos, porque no siempre van a responder a nuestras expectativas y podemos arruinarles la autoestima cuando no podemos aceptar individualidades, respetar sus tiempos, acompañar sus procesos.
Suelen ser los miedos los que demoran ese aprovechamiento y disfrute de lo nuevo. ¿Cómo pueden ayudar los adultos en estos pasos?
En primer lugar entendiendo que los miedos implican falta de confianza en los recursos propios para resolver una situación. Necesitan nuestro voto de confianza, y a veces nuestra mano, para ganar la propia.
En los miedos el lema es “vamos despacio que estamos apurados”, entendamos que quizás hoy “pierdan” oportunidades, pero no son las únicas ni las últimas de sus vidas. En caso contrario pueden sentir que nos desilusionan, lo que agrava su falta de confianza en lugar de resolverla.

Busquemos el camino para acompañarlos, a veces van a ser ratos largos en la orilla hasta que ganen confianza y seguridad, otras conversar (nosotros) con otros chicos que arman el castillo de arena hasta poder incorporar a nuestro hijito al grupo, o armar un partido de volley e invitar a los vecinos de sombrilla, organizar un torneo de truco a la tardecita en el balneario…
El tiempo solo no cura ni resuelve los miedos, hace falta dar pequeños pasos para acercarse a la situación temida, y el mejor modo es hacerlo de la mano de padres que están cerca, y confían, respetan, esperan, prestan recursos, que no presionan desde la reposera pero tampoco dejan pasar el tiempo para que la situación se resuelva sola, sino que se ocupan y acompañan los tiempos de cada hijo sin desilusionarse ni presionarlos por demás.
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