
Pity Álvarez pidió perdón, ofreció hacer shows para “ayudar” a la familia de la víctima, de la que dijo: “No crean que era un corderito”
Declaró durante cuatro horas y dio una detallada versión del hecho en el que mató de un tiro a Cristian Díaz en su barrio de Villa Lugano
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El silencio era atronador en la sala de audiencias cada vez que Cristian “Pity” Álvarez tomaba aire para ordenar sus ideas y contar con lujo de detalles su versión de los hechos que terminaron con la muerte de Cristian Díaz, homicidio por el que es juzgado ante el Tribunal Oral en lo Criminal y Correccional (TOCC) Nº 29 porteño.
Frente a los jueces, el músico rompió el silencio entre disculpas y un evidente estado de nerviosismo: “Pido perdón a los que están en la sala. Hoy me cayeron muchas fichas, me puse muy nervioso y pensé que no iba a declarar”.
Pasó por todos los estados. Antes de declarar, se descompensó. Parecía que se repetirían los eventos de casi todas las audiencias anteriores, en las que Pity se dormía y roncaba, o pedía permiso para irse, o se sentía mal y llamaban a la ambulancia. Pero no: de pronto encontró el foco y se lanzó a hablar. Y lo hizo durante maratónicas cuatro horas.
No solo pidió perdón. Aseguró que está profundamente arrepentido de lo que hizo -“¡¿Cómo no voy a estar arrepentido?! No me reconozco haciendo eso porque sé la clase de persona que soy", le respondió a su abogado- y sostuvo que “más allá de la decisión que tome el tribunal”, a él le “gustaría ayudar económicamente a la familia” de la víctima, aunque aclaró: “La manera que tengo de ayudarlos es haciendo mi arte y haciendo shows y tocando mi música”.
La oferta es, como mínimo, compleja: esa retribución solo sería posible si el tribunal no lo condena por homicidio simple, cuya pena va de 8 a 25 años de prisión. Si va a la cárcel, no habrá recitales; sin recitales no habrá asistencia.
Lo de su relación con la música fue un tópico que apareció en su declaración. Dejó varias frases al respecto: “La música para mí es un hobby antes que mi trabajo; cuando me di cuenta de que alguien pagaba por escucharme lo bauticé ‘trabajovi’, que es una palabra que yo inventé”. Le preguntaron si sería pobre si no hiciera música y respondió: “De hambre no me voy a morir; pobre es el que no tiene al Creador en su corazón”. Y cuando le preguntaron si se “moriría” si le sacaban la música, aseguró: “No, pero dejo de funcionar”.
En ese escenario cargado de tensión, y durante más de tres horas, Pity describió paso a paso su versión cruda y pormenorizada del trágico suceso ocurrido en julio de 2018 en el barrio Samoré, de Villa Lugano.
“Para entender lo que pasó, hay que entender cómo es el barrio”, comenzó, en una larga declaración en la que su mente pareció, de golpe, aclararse o, al menos, encontrar un rumbo que no pareciera una simple deriva.
Hablar del barrio era una forma de hablar del peligro que lo rodeaba, un peligro que, quizás, era el que lo llevaba a andar con un arma, listo para usarla. Para justificar el nivel de paranoia y alerta con el que caminaba aquella noche, Pity retrocedió en el tiempo para retratar la violencia cotidiana de los monoblocks.
En ese entorno, explicó, la privacidad se pierde —“los vecinos saben qué cocinás o con qué te drogás”—, pero esa intromisión se convierte en un sistema de información colectiva.
Recordó episodios extremos que marcaron su templanza: cómo su vecina Mary, disconforme porque él no le convidó drogas, le arrojó alcohol de quemar e incendió la puerta de su departamento, para luego clavarle dos puntazos con una cuchilla en el hombro y el estómago. En aquella oportunidad, Pity se desangró en la bañera, sufrió un desmayo y terminó internado tras ser trasladado por el Padre César a una clínica de San Isidro.
Relató también que solo dos semanas antes del crimen, en el Barrio Inta, sufrió un asalto en el que le dieron un culatazo en la cabeza con una pistola calibre 45 y le dispararon en el hombro para robarle la mochila.
El barrio, según su relato, era un territorio a oscuras. Los dimmers automáticos del pasillo principal llevaban tiempo desactivados, dejando un tramo de 80 metros en penumbra absoluta. Allí convivían vecinos trabajadores con la venta de sustancias y personajes habitualmente “enfierrados”.
Para sobrellevar ese estado de constante amenaza y su consumo intensivo de pasta base, Pity admitió que tomaba pastillas de contención: “En vez de estar a 10.000 pies, trataba de planear a 4000”.
El enojo por la mochila y la puja por las drogas
Respecto a Cristian Díaz, al que en el barrio llamaban “El Gringo”, Pity aclaró que lo conocía de vista y que solía comprarle sustancias cuando no podía conseguirlas por otra vía. Aclaró que él no vendía, sino que realizaba la “compra comunitaria” para los integrantes de su banda. El vínculo entre ambos se agrietó cuando Pity conoció en persona al proveedor mayorista de Díaz y comenzó a comprarle de forma directa cada tres o cuatro días, dejando de lado la intermediación del “Gringo”.
El resentimiento se profundizó semanas antes del homicidio. Pity contrató el remís de Díaz para ir a la Villa 1-11-14 llevando una mochila con mucho dinero, equipos de grabación y las llaves de su departamento. Álvarez bajó unos minutos a realizar una gestión y, al regresar, descubrió que Díaz lo había dejado “tirado”. Regresó a pie al barrio Samoré y los conocidos del barrio le devolvieron la mochila: faltaba la mitad del dinero y, lo más grave para él, las llaves de su casa. Aunque admitió haber dicho en el barrio que debían “arreglar cuentas”, negó enfáticamente haber amenazado con pegarle un tiro.
La noche del crimen
La noche del hecho, Pity se encontraba en Hurlingham junto a su amiga Agustina Inbernoz. Tenían previsto concurrir al boliche Pinar de Rocha para ver un show de Ulises Bueno. Sin embargo, Pity insistió en hacer una parada previa en su departamento del barrio Samoré porque una de sus perras había parido una camada de cachorros.
Al ingresar al espacio que había preparado en el patio, se encontró con una escena traumática: entre los seis o siete cachorritos nacidos, uno no se movía. En medio de su remolino mental, Pity elevó una oración, le realizó respiración boca a boca al cachorrito muerto y lo colocó junto a una hornalla encendida con la esperanza de devolverle el calor corporal.
Al volver a la calle, Álvarez contó que escuchó una voz que lo increpaba desde las sombras: “¡Eh, Pity, ¿qué te pasa conmigo?! ¡Cagón!”. Era Cristian Díaz, quien lucía un pullover azul holgado con un bolsillo tipo canguro. Según el cantante, “estaba completamente borracho y empastillado”.
Siempre según su relato, Álvarez intentó desactivar la discusión afirmando que no tenía ningún problema con él. Sin embargo, Díaz comenzó a acorralarlo físicamente, recriminándole sus dichos y burlándose de su música: “Me dijo que no le gustaba la canción Pila Pila, y le dije que a mí tampoco me gustaba esa canción”. Un amigo boxeador de Díaz intervino para intentar frenar la agresión, guiñándole el ojo a Pity en señal de disculpas. Pero la violencia física escaló: Díaz comenzó a propinarle trompadas y fuertes cabezazos a Álvarez, quien se encontraba físicamente disminuido por una reciente cirugía de cadera tras un accidente de moto.
En medio de la agresión, Díaz se levantó la prenda y Pity logró vislumbrar las cachas de un revólver calibre “32 o 38″ en su cintura. Inesperadamente, la secuencia tuvo un paréntesis surrealista: Díaz detuvo ese ataque, le dijo al oído “está todo bien con vos”, extrajo un celular y le propuso tomarse una fotografía.
Ambos se sacaron una selfie y Pity creyó que la situación había concluido. Pero tras guardarse el teléfono, la plata y las sustancias que le había dado temporalmente a su amigo, Díaz retomó la agresión verbal y física con mayor virulencia, contó el cantante.
“Sentí que era la codorniz”
Acorralado contra los postes de luz fuera de servicio y la pared del edificio, Pity describió el estado de pavor que lo embargó mediante una cruda metáfora animal. Explicó que solía alimentar a sus serpientes pitón con codornices vivas y que cuando la presa se sabe acorralada e indefensa frente al depredador, pierde toda capacidad de reacción razonada: “Sentí que era la codorniz. Sentí esa puerta... ya no había diplomacia. Había guerra. Olor a tumba. Yo estaba acorralado”.
Ante la inminencia de un nuevo ataque armado por parte de Díaz y sin poder zafarse de la agresión, detalló: “Tenía el arma en el bolsillo. Ni la saqué del bolsillo. La levanté así y tiré no sé a dónde. Creo que apunté a su cuerpo”.
El músico relató que tras accionar el gatillo desde el interior de su campera, experimentó un “blanco mental” y un episodio de disociación en el que se percibió a sí mismo parado al lado del cuerpo de la víctima. “Se me hizo una luz con el ruido del arma y el fogonazo. Cuando reaccioné, estaba al lado de él viendo a sus amigos, viendo si me iban a venir a comer. Y Agustina gritando ‘¡Lo mataste!’“.
“A mí me gusta encender luces, no apagarlas”
Tras los disparos, ambos abordaron el vehículo y emprendieron el camino hacia el local de Ramos Mejía. Un trayecto que habitualmente les demandaba 15 minutos se extendió por más de una hora debido al estado de conmoción y desorientación espacial de Pity: “No sabía ni por dónde ir. Yo no podía creer lo que había pasado. No era yo. Me transformé. Yo sabía que con mi auto de vuelta no me iba a ir, porque no sabía si iba a poder manejar. Cuando llego a Pinar de Rocha, le digo [al encargado] ‘Pochi, maté a una persona’. Él se reía y nunca me creyó; ‘amigo, necesito ayuda’, le dije, porque no sabía qué hacer, si entregarme, tomar pastillas para serenarme... Estaba muy eufórico”, señaló.
Frente al tribunal, al cerrar su detallada exposición, Álvarez dejó ver el impacto anímico del homicidio sobre su propia conciencia: “Lo que yo hice va contra mis principios. Jamás pensé que en este mundo iba a pasarme este grado de enseñanza de luz... A mí me gusta encender las luces y no apagarlas”.
Pero incluso en el tono de arrepentimiento con el que barnizó toda su declaración, Pity no pudo encontrar una dosis de piedad respecto de su víctima. Cuando uno de los jueces del tribunal le preguntó si quería pedir disculpas —curiosamente, ni la fiscalía ni la querella lo indagaron—, respondió: “Obvio que debe ser feo perder a un papá de esa forma. Y le pido mil disculpas a la querella, a su pareja, a su hija, a su familia. Pero se puso denso el muchacho. No se crean que era un corderito”.
Tras lamentar que un “gil de mierda” se le hubiera cruzado en el camino y citar la frase “La vida te da sorpresas”, el músico interrumpió acongojado su declaración quebrándose en un gemido final antes de solicitar volver a su asiento.
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