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A 10 años del matrimonio igualitario: cómo cambió la vida de Pablo y Ariel

Manuela Parajuá
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15 de julio de 2020  • 02:49

Era una noche de invierno en Buenos Aires y la Plaza del Congreso estaba repleta de banderas del colectivo LGBT, parejas y militantes que sentían que "era la oportunidad de oro para que salga la ley". Así lo resume Pablo Martinengo (45), quien recuerda que -después de tanto tiempo- estaba la discusión sobre la mesa y, por lo tanto, era la posibilidad de avanzar en la búsqueda por la igualdad de derechos que tanto deseaban.

Cuando el lugar comenzaba a vaciarse, por la hora y el frío, Pablo y su pareja, Ariel Etchechoury (49), volvieron al departamento donde vivían juntos en el barrio porteño de Palermo para terminar de ver el debate por televisión. "Eran las 2 o 3 de la mañana cuando se aprobó. Salimos disparados a la plaza de vuelta para festejar con otros militantes. Fue una emoción enorme", contó Pablo a LA NACION.

Ese 15 de julio de 2010, el Senado nacional sancionó -previa aprobación en Diputados- la Ley 26.618 de Matrimonio Civil, más conocida como Ley de Matrimonio Igualitario. Con esta legislación, la Argentina fue el primer país de América Latina y uno de los diez primeros a nivel mundial en conceder este derecho a la comunidad homosexual.

Dos años después de la aprobación de la ley, Pablo y Ariel decidieron casarse: hoy son una de las 20.244 parejas del mismo sexo que contrajeron matrimonio desde que se promulgó la ley, hace una década. Con el sueño de ser padres y consolidar su familia, decidieron sellar su unión ante una jueza del Registro Civil el viernes 5 de octubre de 2012. La luna de miel fue en Estados Unidos, el lugar elegido para realizar el proceso de subrogación de vientre (o "gestación solidaria") que, tiempo después, los convertiría en los padres de Victoria (5) y Paula (3).

A 8 años de su casamiento, Pablo habla con LA NACION desde su casa en Pilar -donde viven los cuatro-, y recuerda lo nervioso que estaba por el hecho de ser, durante toda la ceremonia, el foco de las miradas. Pero no iba a ceder por timidez ante semejante momento: casarse con la pareja elegida hacía casi 20 años.

La historia de amor entre Pablo y Ariel empezó en 1994, cuando eran unos veinteañeros que asistían a la Facultad de Diseño. No hacía mucho que Pablo le había contado a su familia que era gay, una vez que su mamá vino de visita desde su ciudad, San Francisco, en Córdoba. "Era difícil porque fue hace 20 años y el contexto era otro. Hoy lo veo como algo más naif, pero en ese momento era todo un tema. Siempre hay ciertas certezas en las familias pero, mientras no esté dicho, hay lugar a dudas. Al principio fue complicado para asumir; después, se fue naturalizando y todo fue alegría, paz y amor".

Para celebrar el casamiento, Pablo y Ariel hicieron una fiesta junto a sus seres queridos
Para celebrar el casamiento, Pablo y Ariel hicieron una fiesta junto a sus seres queridos Crédito: Gza. Pablo Martinengo

Cuando Pablo era chico, veía cómo los cómicos en la televisión ridiculizaban y se burlaban de la homosexualidad y de las mujeres. Se crió en una ciudad pequeña y con esos estigmas a cuestas. Entiende que venir a Buenos Aires lo ayudó a vivir su sexualidad con más libertad, porque acá percibió "otra visión, más tolerante y abierta".

"Ni nos atrevíamos a soñar que fuera posible"

Durante los primeros años en los que estuvieron de novios, a Pablo y Ariel les costaba ver al matrimonio como un anhelo. "Ni nos atrevíamos a soñar que fuera posible", reveló. De todos modos, una vez que se abrió esa oportunidad quisieron dar el paso "como parte de un proyecto de familia".

Si iban a ser padres, querían gozar de los mismos derechos y oportunidades que las parejas heterosexuales, por ellos y por sus hijos. "Permite el acceso a prestaciones que ellos tuvieron siempre y es un reconocimiento legal por si a alguno de los dos nos pasa algo y una forma de cuidar la custodia de los hijos", enumeró. "También es algo político, porque es algo por lo que se luchó", sostuvo Pablo, quien afirmó que su "compromiso" es con la ampliación de derechos, lo beneficien directamente o no.

Hoy, a 10 años de esa ley, si bien celebra el avance de la sociedad, también habla de las deudas pendientes y de la igualdad real, más allá de lo legal. En ese sentido, contó que se angustia al ver actos de homofobia o transfobia."Creo que hay un doble estándar. No es un código igual para todos. A nadie se le ocurre ofenderse porque una pareja heterosexual se esté besando o vaya de la mano".

De todos modos, marcó que la sanción del matrimonio igualitario vino a sanar un poco esto, al dar "legitimidad social" a los gays. "Creo que la ley es un precedente; si bien no obliga a nadie a estar de acuerdo, lo que tiene estatus legal es reconocido, tiene nombre y está avalado y legislado", señaló, y añadió que también sirve "para abrir puertas y dejar un terreno menos hostil para las próximas generaciones".

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