A buen entendedor, pocas palabras: una historia de amor con sabor a oficina y cables enredados
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"¿Me hablan en serio? Ni loca me engancho con alguien de la oficina", repetía Erica una y otra vez a sus insistentes compañeros que insinuaban que Gustavo era la pareja ideal para ella. Era "la nueva" en el área de tecnología del banco y todas las miradas estaban puestas sobre ella. Para colmo de males, las tareas que le habían asignado eran 100% en equipo, de modo que ella no tenía forma de evitar ese constante -y por el momento divertido- ir y venir de rumores que comenzaba a resonar en su cabeza.
Gustavo parecía tímido. Había entrado a la empresa como becario mientras cursaba la carrera de Ingeniería. Aprendió inglés y su función de especialista en redes como autodidacta conectando terminales y teléfonos en los escritorios. "Recuerdo el día que llegué: me senté en mi escritorio mientras notaba las miradas de los que eran desconocidos. El sector se caracterizaba por el trabajo en equipo. Yo había empezado a viajar por el interior del país desarrollando los proyectos de las sucursales. Y ahí empecé a interactuar con Gustavo que, como quien no quiere la cosa, comenzó a engancharse con las cargadas de nuestros compañeros, mientras yo me resistía y decia ni loca, a las intenciones cómplices de que empecemos a salir, porque -aseguraban- hacíamos una linda pareja", recuerda ella.
Pasaron dos años y los comentarios sobre la posibilidad de que estuvieran juntos no habían parado. Las cargadas se habían convertido ya en moneda corriente y tanto Erica como Gustavo se enganchaban y disfrutaban de las miradas tímidas que entre ellos cruzaban y que, quizás, insinuaban algo más. Hasta que una tarde de julio, un encuentro casual en un pasillo de la empresa los tomó por sorpresa y casi sin darse cuenta, llevada por el impulso, Erica le confesó a Gustavo que lo que sentía por él estaba empezando a escapar de su control.
"Se me estaba volviendo una obsesión y, de pronto, me vi como en una película romántica confesándole en un pasillo que había algo que se me estaba yendo de las manos. Si me decía que él no sentía algo por mí, se me iba a complicar. Ante esa posibilidad pensaba irme de vacaciones para tomar distancia". Pero no estaba equivocada con su corazonada. A buen entendedor, pocas palabras. Gustavo tomó con absoluta naturalidad lo que ella le estaba confesando y la invitó a salir.
La cita fue en Puerto Madero. Decidieron tomar unos tragos. Hablaron durante horas y cuando empezó a sonar la música de moda, en medio de un local lleno de gente, con una risa nerviosa Gustavo le dijo: "ahora supongo que llegó el momento de darte un beso". La tomó por la cintura y con mucha seguridad la acercó hacia él para acariciarle los labios con los suyos. "Fue el beso más largo y tierno de mi vida", dice ella.
Dos son multitud

Había llegado el momento de "blanquear" la situación en la oficina. Era imposible ocultar que una química especial se había puesto en marcha entre ellos. "Nos acosaban a cada rato preguntando si estábamos saliendo. Entonces convocamos a un almuerzo multitudinario. Eran como 30 compañeros los que ese día estaban sentados a la mesa al coro de piquiiiiitoooo, piquiiiitoooo. A partir de allí no nos separamos más".
Gustavo sigue en su función dentro del banco. Erica trabaja en el área de roaming internacional de una empresa de telefonía celular. "És el novio que no tuve en mi adolescencia: fresco, inocente, tierno; por quien no recuerdo haber llorado, es lo mejor que me ha pasado en la vida. Me sigue deslumbrando su detallismo para con las cosas que le gusta hacer. Es radioaficionado, arma equipos con pedazos de gabinetes y componentes que otros desechan y fabrica sus propias antenas. Hoy estamos conviviendo y el 8 de este mes cumplimos 15 años juntos"; y pensar que no daba crédito a lo que veían los demás.
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