
A pesar de su ceguera, fue ordenado sacerdote
Misa en Braille: el obispo de San Justo, monseñor Meinvielle, confirió el orden sagrado a Gustavo Fabián Alvarez, de 25 años, que es ciego de nacimiento.
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Privado de la vista, Gustavo Fabián Alvarez llegó al mundo sumergido en la oscuridad con la promesa de que el sol nunca sería para él más que una caricia sobre la piel. Y aunque la encrucijada de la vida le llegó demasiado temprano, optó por superar las dificultades.
Capitalizó la ceguera como una ventaja para ver en lo profundo y transformó en miel toda su amargura. El viernes último fue ordenado sacerdote, junto a cinco compañeros, por el obispo de San Justo, Jorge Meinvielle, en la parroquia María Auxiliadora de Ramos Mejía. El sábado ofició su primera misa, valiéndose de sus libros escritos en Braille. Tiene 25 años.
En la paz de la Casa de la Obra de Don Orione, en San Miguel, donde pasó las horas previas a su ordenación, Gustavo recordó con La Nación el sendero recorrido con el apoyo de Dios y de sus seres queridos.
"Hay momentos en que uno se tiene que largar y actuar como si no tuviera miedo, aunque lo tenga. En Bariloche descubrí que la vocación es como una montaña. De lejos uno la ve grande y cuando está en el medio es peor, no ve nada. Pero igual sigue", reflexionó.
Hasta hace unos años, la Iglesia prefería no incorporar a seminaristas con alguna discapacidad física.
El flamante presbítero lo admite y recuerda que, antes de los cambios que introdujo el Concilio Vaticano II, incluso se tenía en cuenta que los sacerdotes tuvieran todos los dedos de la mano. Pero aclara que esto, como todo lo que sucede en la Iglesia, "es en cierta forma un reflejo de lo que acontece en la sociedad".
"Una pequeña astillita"
Gustavo fue subiendo de a poco, a veces con las rodillas lastimadas. "El primer movimiento, con la ceguera, es la bronca. Pero, en el fondo, Dios me eligió así no para que sufra, sino para que integre en la vida esta pequeña astillita de la cruz."
Cuando nació, en la Capital Federal, su familia no sabía qué hacer. Era el único no vidente de la historia familiar, el menor de cuatro hermanos. Cuando cumplió nueve meses, María, su mamá, se enteró de que en Córdoba había un instituto para no videntes, el Hellen Keller, que podía hacer mucho por su hijito.
Por esa época, el padre, Roque, trabajaba para la Policía Federal. Y, aunque falleció hace quince años, sus palabras de entonces se grabaron nítidas en los corazones de la familia: "Cuando Gustavito cumpla los cuatro años, pido el traslado y nos vamos todos para allá". Y se fueron.
"En Córdoba aprendí gran parte de lo que hago, porque en el Hellen Keller siempre se buscó la integración. Nos íbamos de campamento, jugábamos al fútbol, hacíamos gimnasia. Y entendí algo: son más las cosas que se pueden hacer que las que no se pueden", recuerda Gustavo.
Cuando cumplió los doce, se volvieron, esta vez a Ramos Mejía. Cursaba en la escuela Nº 4 de Ramos Mejía mientras estudiaba Braille en la N¡ 511, de La Matanza.
El secundario, con orientación docente, lo siguió en la Escuela Normal de San Justo. Ya empezaba a notar los signos del llamado de Dios. "No eran signos extraordinarios. A los catorce años fui a misionar a Quequén, en la provincia de Buenos Aires. Entonces, entendí que la vida sólo tiene valor si somos capaces de darnos a los otros, de servir y de amar." El sacerdocio era una opción. También pensó en ser docente o en desarrollar otra de sus capacidades, el canto. "Pero lo más fuerte fue Jesús. Después del secundario, entré en el seminario de Nuestra Señora de la Esperanza, en San Justo", explicó. El camino se hacía más claro.
Las Hermanas Dominicas, de San Justo, le grababan textos para que pudiera estudiar. Lorenzo, un jubilado de La Tablada, lo visitó todos los miércoles durante los tres últimos años para leerle durante una hora. "La historia de Lorenzo me lleva a una reflexión: cuánta gente está sola, sin saber qué hacer con su tiempo. Pensar que podrían mirar a su alrededor y ver cuánto bien se puede hacer a alguien que está ahí nomás, a su lado."
Sintió dudas y temor, al igual que su familia. "Pero sabía que Dios no me había llamado a pesar de la ceguera, sino con la ceguera. Si todas las personas se preguntaran para qué en lugar de por qué nos pasan ciertas cosas, el dolor se transformaría en algo positivo".
El sentido de las diferencias
La pregunta cae, inevitable: ¿ para qué sirvió tu ceguera? El sólo pensar en la respuesta lo llena de alegría. Con una sonrisa y algo de picardía, dice: "Las capacidades diferentes, como me gusta decir a mí, a veces dan miedo a las otras personas, porque las obligan a cuestionarse sus actitudes ante la vida. Pero, al mismo tiempo, esas diferencias muestran que la persona vale por lo que es, no por lo que hace. No vale por el cuerpo lindo, sino por sí mismo y porque es amado por Dios".
Una de las cosas que más lo preocupan es la tristeza de los jóvenes. "Hacen todo lo que quieren, pero están tristes. Quizá sea porque casi siempre buscan la alegría fuera de ellos mismos y no pueden encontrar al otro como persona, sino como objeto." Así, caen en la droga, en el alcohol, en la obsesión por la moda... Esa es, para Gustavo, la verdadera discapacidad: "No poder ver que Dios no vino para quitarnos la libertad y la vida, sino para darnos una alegría y una paz que no se encuentran en ninguna otra parte".





