
Afiches, pasacalles y pintadas sin control invaden la ciudad
Es difícil controlar la publicidad ilegal
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La pegatina no respeta. Avanza y se apodera de la ciudad. Graffiti y pasacalles se suman a los afiches y colaboran con la mugre. Veredas, paredes, postes, paradas de colectivos, monumentos, fachadas y columnas: todos ellos, víctimas del engrudo y del pincel, de los aerosoles y de la poca conciencia de los que los manipulan. Publicidad que marea en lugar de invitar a la lectura, y que, en su mayoría, es ilegal.
La ciudad de Buenos Aires tiene 22.000 manzanas. Pocas esquivan los afiches, que pelean por encontrar un espacio, que se superponen unos a otros y parecen incontrolables. El gobierno porteño no da abasto con tamaña empresa: la Guardia de Auxilio cuenta con 230 personas que limpian 130 paredes y retiran cerca de 1500 afiches y pasacalles por día. Pero igual cantidad reaparece.
Las próximas elecciones de octubre amenazan con ensuciar aún más las calles y contribuir a la polución visual. Este dato preocupa al Gobierno de la Ciudad, que aún no resolvió cómo manejará la pegatina de entusiastas políticos, propios y ajenos.
"Sacás uno y en cuanto te diste vuelta te ponen otro", se lamentan los que tienen la ingrata tarea de limpiar las paredes de Buenos Aires.
Erradicar la pegatina es muy difícil si no se apela a la autorregulación y a la educación, de acuerdo con la subsecretaria de Servicios Generales del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Lía María, y con el subsecretario de la Unidad Espacio Público, arquitecto Juan Carlos Poli.
La publicidad en sitios no autorizados es ilegal y a quienes la instalen les corresponden multas que van de los 30 a los 300 pesos. Lo difícil, argumentan los funcionarios, es encontrar in fraganti a quienes ensucian las calles.
Las empresas de pasacalles, que hacían de su trabajo una propaganda en sí misma al inscribir su nombre y su teléfono, eran presas fáciles de encontrar. Pero luego de varias multas aprendieron que esa propaganda no era redituable y hoy raramente se identifican.
Los pasacalles hacen uso y abuso de los árboles, afean la ciudad y quitan luz solar a las calles.
A la vuelta de la esquina
La zona sur de la ciudad es la más castigada por las pintadas y los afiches, de acuerdo con Lía María. Los paredones linderos a los parques y las paredes de los cementerios son los más buscados, pues constituyen una atractiva pantalla para quienes abusan de aerosoles y pegamentos. Los costados de las vías del ferrocarril son también lugares preferidos por los amantes de las pancartas.
Si bien no existe un relevamiento de cuántos afiches son ilegales, basta con imaginar que en cada cuadra existen múltiples posibilidades que no requieren más que un poco de habilidad con el pincel y mucha falta de respeto por el espacio público.
No se trata sólo de empresas que hacen publicidad o de partidos políticos que piden un voto.
"Busco a mi perro", "clases de matemática", "Susanita, te quiero", "psicólogo a domicilio", "modista barata" o "Boca campeón" son muestras sobradas de que miles de ciudadanos también colaboran en mayor o menor medida con la degradación.
Los fachadas de casas y edificios son permanentes víctimas de los aerosoles, a menudo muy difíciles de remover. La limpieza es una tarea de la que raramente se encarga la Guardia de Auxilio, ya que, de acuerdo con Lía María, no le corresponde al gobierno porteño.
"De vez en cuando sacamos algún afiche o graffiti de las casas, pero en realidad eso no es trabajo de la guardia. Imagínese la cantidad de calles que deben limpiar, con empresas que ponen publicidad en cualquier lado, partidos políticos que pintan todo, carteleras de espectáculos, pancartas. Es una cantidad increíble", aseguró Lía María. La Avenida de Mayo es un virtual campo de batalla. Basta que los empleados comunales terminen con la barrida de afiches y carteles para que, no bien doblan la esquina, avancen los pinceles y vuelva la pegatina.
"Nosotros preferimos, en primer término, apelar a la autorregulación. En el caso de los carteles que comerciantes colocan en las columnas ubicadas frente a sus negocios logramos que más de 1000, de los 2660 que teníamos contabilizados, fueran retirados", aseguró el arquitecto Poli.
Si esa apelación no alcanza, el gobierno porteño aplica el poder de policía para retirar los carteles ilegales y hasta para multar a la empresa.
Pero, pese a los llamados de atención y a las acciones del gobierno, Buenos Aires sigue atestada de anárquicos mensajes que se disputan la atención de los porteños y no hacen más que degradar la ciudad.
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