"Ahora la Argentina es una sociedad antiautoritaria"
Para la ensayista, el país ha sido refundado culturalmente en los últimos años y una clave es que ahora se preserva la memoria
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Menuda en su contextura física y lúcida en su pensamiento, Beatriz Sarlo ha escrito sobre Borges, Arlt y Sarmiento, pero también sobre los video-juegos, el zapping televisivo y el surgimiento de los shopping-centers. Ella es, de hecho, autora de algunos de los ensayos de crítica literaria y cultural más leídos de las últimas décadas y una de las intelectuales más prestigiosas de la Argentina.
Militante de izquierda, en 1978 fundó -junto a un grupo de intelectuales- la revista Punto de Vista, un ámbito de análisis, crítica y denuncia bajo la última dictadura militar. Sarlo es, desde hace ya varias décadas, una interlocutora ineludible de la esfera cultural y literaria del país.
-¿Cuál ha sido la transformación cultural más importante en la Argentina de fin de siglo?
-Yo diría que hay un giro cultural que es fundamental: la producción de un escenario de memoria. Dos años después de caída la dictadura militar, se abre el escenario del juicio a las juntas. El proceso de producción de la prueba para ese juicio, es decir, la actividad de la Conadep, y luego la actividad de los fiscales cambian el mapa del imaginario de la Argentina. Durante 8 o 9 años sucedieron en la Argentina cosas que tenían carácter secreto. La develación de ese secreto es algo fundamental como transformación cultural y en un punto no importa lo que sucedió después.
-¿No importan las leyes de obediencia debida y punto final y el indulto?
-Eso importa para las consecuencias de la Justicia, pero no tocan lo fundamental, que es la constitución del escenario. Hay una foto, que para mí es la imagen de la Argentina de los últimos 25 años: la foto de los comandantes recibiendo la sentencia. Es la primera vez en el siglo que el poder civil hace que la cabeza del poder militar se incline ante la Justicia. Si yo tuviera que pensar en los últimos 30 años, ése es el acontecimiento fundamental.
-¿Y qué relación cree que tenemos con la memoria?
-La relación con la memoria es siempre problemática. La idea misma de memoria supone la idea de olvido. No se puede estar recordando permanentemente, y al mismo tiempo es imposible vivir en un estado de olvido y de supresión del pasado. Pero es equivocado pensar que la memoria es como un foco que está iluminando un acontecimiento con la misma intensidad, todo el tiempo y de manera indefinida. Así no funciona ni la memoria de las personas ni la de las sociedades. La memoria es una construcción discursiva y puede ser también una construcción material que se reforma permanentemente y se reactiva en algunos momentos.
-Usted dijo que, después de esos acontecimientos, la sociedad argentina se ha refundado culturalmente. ¿En qué lo nota?
-Una refundación cultural no implica cambios espectaculares, pero hay transformaciones que son visibles en la vida cotidiana. De una sociedad caracterizada por una cultura más bien despreciativa de los valores democráticos, la Argentina pasó a ser una sociedad claramente antiautoritaria. Creo que hay un elemento antiautoritario en la cultura juvenil. Es cierto que la cultura juvenil está despolitizada y se interesa poco por los problemas públicos pero hay una columna vertebral, muy delgada y a lo mejor frágil, que es por naturaleza antiautoritaria. Acontecimientos de ese orden son los que reforman el campo cultural.
-Pero esta juventud sólo conoció como presidente a Menem y sus lazos con el pasado son muy precarios y débiles. ¿Cómo harán entonces las nuevas generaciones para preservar la memoria?
-Me parece que las sociedades que tienen lugares textuales y materiales de memoria, como el caso francés, en general tienen instituciones educativas muy fuertes. Si hay espacios en los que se pueden establecer -a veces de manera conflictiva y a veces injusta- lazos con el pasado, son las instituciones educativas. La Argentina está en un momento de colapso educativo y entonces el optimismo con el que empezamos esta conversación debería matizarse con una perspectiva más pesimista: la educación -el instrumento democrático por excelencia- no parece estar en condiciones de cumplir no solamente la tarea básica de distribuir las habilidades, sino esa función de continuidad social, cultural e institucional que cumple en sociedades más o menos organizadas y modernas. Ahí se abre un interrogante. Todavía no se ha discutido seriamente en el ámbito educativo cómo tratar los últimos 40 años. Eso tampoco es fácil, porque aún no hay un juicio histórico unificado sobre esos años.
-Siempre las visiones del pasado están en pugna. Y cada una de ellas trata de apropiarse de la verdad histórica.
-Sí, y yo creo que van a seguir en conflicto durante mucho tiempo, por el carácter extremadamente radical de lo que sucedió, no ya en los últimos 50 años, sino en los últimos 30 años, desde el asesinato de Aramburu. Eso dividió de manera muy profunda a la sociedad y a las fuerzas que uno podría ubicar en la izquierda y la derecha de esa sociedad. Y la asignación de responsabilidades todavía está abierta. Yo soy una persona de izquierda, y desde mi persepectiva, en aquella familia político-ideológica a la que pertenezco todavía debemos hacernos cargo de las responsabilidades que nos corresponden.
-¿No hubo autocrítica en la izquierda argentina?
-La izquierda argentina está en deuda con dos acontecimientos: uno internacional y otro local. El internacional es la caída de los llamados socialismos reales. Cuando cae el Muro de Berlín, la Argentina entera estaba mirando para otra parte porque el Muro cae durante el proceso de hiperinflación: el país estaba virado hacia adentro. Pero ya pasaron 10 años y la caída del Muro afectó la perspectiva teórica con la cual trabajamos, y constató que con ese pensamiento ya no se puede analizar la realidad contemporánea.
-¿Y el local?
-El local es -una vez puesta a la luz pública la responsabilidad monstruosa de los militares de la dictadura- una revisión muy fuerte de cuáles son los elementos autoritarios que formaron parte de nuestra propia cultura de izquierda. Eso se ha intentado hacer fragmentariamente, pero todavía tenemos mucho trabajo ideológico y político por hacer. Nuestra cultura quería justicia, redistribución y equidad, pero también despreciaba la libertad y las formas institucionales. Sobre eso todavía tenemos que hablar.
-¿Qué escenario cultural imagina para la Argentina del 2000?
-Será un país muy dividido. Por un lado, habrá un sector de capas medias con un acceso bastante libre a los consumos culturales y a ofertas culturales variadas, sobre todo para el que vive en Buenos Aires. Y por otro, gente que está y estará limitada a ofertas culturales indigentes y pobrísimas. No hay una gestión cultural que pueda remediar esto. La solución debería venir del lado económico, porque ésta es una sociedad que expulsa de un modo brutal y para siempre.
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