
Alfredo Lalor
El fallecimiento
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Alfredo Lalor, presidente del Jockey Club Argentino, falleció ayer en esta ciudad a los 81 años como consecuencia de una grave enfermedad. Sus restos son velados en el salón Anasagasti de aquella entidad, Alvear 1345, y serán sepultados hoy, a las 11, en el cementerio de la Recoleta.
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Alfredo Lalor, nacido el 11 de junio de 1911, supo ocupar un lugar destacado en cada etapa de las distintas actividades en las que intervino. Desde la práctica o como dirigente, no sólo disfrutó de los deportes ecuestres, sino que se involucró hasta convertir su contribución en una parte vital de sus emprendimientos. Lo mismo sucedió en el aspecto comercial, como uno de los principales consignatarios de hacienda, donde alcanzó las máximas responsabilidades directivas.
Junto a su cargo de presidente de la firma Lalor SA, fue director del Mercado de Hacienda de Avellaneda durante 20 años. Aun en los últimos días, con la carga de su frágil salud a cuestas, Alfie, como lo conocían sus amigos, solía concurrir a su escritorio.
El polo permitió a Lalor el primer acercamiento al caballo, en el comienzo como jugador de La Alicia, el equipo que integraba junto con sus hermanos Enrique, Luis, Ernesto, Alejandro y Ricardo, en distintas formaciones. Con los sangre pura de carrera supo del doble placer de ser propietario, con su stud Sudáfrica, y criador, lo que le valió mantener latente la pasión por el caballo hasta sus últimos días.
Acaso impulsado por ese sentimiento, sumado a la vocación por colaborar y tomar partido en aquello que llenaba sus horas de esparcimiento, llegó al más alto de los cargos directivos. Lalor integró el primer seleccionado nacional de polo que hizo una gira por Sudáfrica, en 1951, y representó a nuestro país en competencias de Francia, Chile y Brasil. Con su equipo ganó las copas Jockey Club, Anchorena, Mitre, Provincia de Buenos Aires y Estímulo, entre otras conquistas.
Luego, sin el taco y de a pie, pero con igual dedicación, fue presidente de la Asociación Argentina de Polo entre 1969 y 1970, lapso en el que la entidad adquirió el predio de Pilar, en lo que significa uno de los aportes que más se recuerdan de su gestión.
En el Jockey Club, Lalor ocupó distintos cargos hasta llegar a la presidencia, en 1990, tras el fallecimiento de Roberto Vásquez Mansilla; su labor le permitió acceder a cinco reelecciones. Fueron tiempos duros, los de la crisis más grave que vivió la hípica, que Lalor enfrentó con valentía, con su estilo de ir directo al grano, para reclamar ante las autoridades nacionales y provinciales por las inequidades que sufría una actividad con mano de obra intensiva, justo cuando el trabajo es uno de los sectores más vulnerables.
Tampoco dudó Lalor en buscar lo mejor para el hipódromo de San Isidro, hasta el punto de cambiar el tradicional trazado de césped de su pista auxiliar para transformarlo en una pista de arena de gran nivel.
Por tratarse del máximo referente de un deporte líder en América del Sur, no extrañó que el dirigente alcanzara la presidencia de la Organización Sudamericana de Fomento Equino y de la Asociación Latinoamericana de Jockey Clubs, cargos que no dejó ni aun con su enfermedad de los últimos meses.
En el Jockey Club, Lalor delegó su cargo en Bruno Quintana luego de una de sus últimas actuaciones públicas, poco después de la fecha del Gran Premio Carlos Pellegrini, una fiesta que no quiso perderse. Quintana ocupó la presidencia en forma interina ante el pedido de licencia por enfermedad de Lalor y ahora completará el mandato hasta mayo próximo.
Esos encuentros, los del Pellegrini, por caso, fueron ineludibles para el directivo. Las muchas ocasiones en las que la carrera coincidió con la final del Abierto Argentino de Polo lo colocaban en el apremio de tener que saltar su atención del césped de San Isidro al televisor, que le traía las imágenes desde Palermo, sin descuidar la atención que merecían las autoridades de las que era anfitrión.
Como una coincidencia que nada tiene de circunstancial, quienes acompañaron a Lalor en sus tareas se preocuparon por resaltar su condición de caballero, equilibrado, atento y siempre con un gesto amable a mano, sin hacer diferencias. Incluso aquellos colaboradores que por distintas situaciones se alejaron de su lado conservaron la mejor opinión sobre sus virtudes personales.
Y se trata de reflexiones escuchadas en distintos tiempos, por cierto alejadas de las emotivas horas vividas ayer.

