
Arriesgada misión argentina en Angola
Un grupo de doce militares voluntarios de nuestro país brinda asesoramiento a brigadas que limpian campos minados.
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MALANGE, Angola.- A un costado del camino, la mujer, que se cubre con un paraguas de la dureza del sol, mira pasar la caravana de blancas camionetas japonesas. La imagen podría ser pintoresca, pero es dramática: a esa mujer le falta una pierna.
Se trata de una de las 70.000 víctimas del flagelo residual más terrible que ha dejado la guerra en Angola: las minas antipersonales. Una trampa letal que sigue provocando daño aun mucho tiempo después de que los fusiles se llamaron a silencio.
Un grupo de doce voluntarios argentinos, integrantes de una misión de cascos blancos, trabaja aquí para brindar asesoramiento en las tareas de desminado humanitario, una actividad que logró cierta atención gracias a la fallecida Lady Di.
En los vehículos de la caravana, que la mujer mira con cara de asombro, viajan el embajador Octavio Frigerio y un grupo de periodistas que lo acompañaron durante la visita a las bases donde están destinados los voluntarios argentinos.
Este país sudafricano fue escenario de una guerra, casi ininterrumpida, que se extendió durante treinta años. Primero, para alcanzar la independencia de Portugal, lograda el 11 de noviembre de 1975, y luego, por una prolongada contienda civil, alimentada por los dos bandos que entonces estaban en pugna, los Estados Unidos y la desaparecida Unión Soviética.
Una de las más estremecedoras herencias de esa guerra son las minas antipersonales. Se calcula que en su territorio hay diseminados entre ocho y doce millones de minas, con un probable promedio de 1,17 artefacto por habitante. Para decirlo crudamente, cada uno de los aproximadamente once millones de angolanos tendría la posibilidad de volar en pedazos.
Este es un país de paradojas: pese a sus ocultas riquezas, reina la pobreza. La esperanza de vida no supera los 46 años, el desempleo es tan alto que casi no se puede medir y enfermedades como el paludismo o la fiebre amarilla son tan comunes como una gripe en Buenos Aires.
Sin embargo, las entrañas angoleñas guardan tesoros millonarios: tiene enormes reservas de petróleo y diamantes.
La mortalidad infantil alcanza una inquietante proporción: por cada 1000 nacimientos mueren 138,9 chicos cada año. Esos datos adquieren su verdadera dimensión, por ejemplo, durante la visita a la casa de los cascos blancos en la ciudad de Luena, a la que llegamos luego de tres horas de vuelo desde la capital, Luanda.
Ese es el único medio de transporte posible: hacer los aproximadamente 700 kilómetros en auto habría demandado unos tres días de viaje, debido al pésimo estado de los caminos. Además, se corre el riesgo de caer en manos de las bandas armadas, resabios de la guerra.
Mientras uno de los voluntarios destinados en Luena, el capitán Carlos Olivelli, de 33 años, casado y con tres hijos, explicaba los pormenores de su trabajo, desde la calle llega un llanto desgarrador.
Un hombre lleva a un chiquito en brazos y atrás lo siguen tres mujeres, que lloran a gritos.
La familia viene del hospital local, donde el niño acaba de morir. El grupo vuelve a su casa a preparar el velatorio.
Ajenos a ese cuadro, ajenos a la muerte, otros chicos saltan y hacen morisquetas al grito de "chindele, chindele" (blanco, blanco) para lograr la atención del fotógrafo. "Morir, aquí, es cosa de todos los días", filosofa el capitán del Ejército Carlos Candotti, otro de los voluntarios.
Decir que aquí la malaria es tan común como un resfrío porteño no es exagerar. Los ataques de paludismo a nadie sorprenden: ni a los nativos ni a los extranjeros que cumplen misiones humanitarias.
Sólo los recién llegados se sorprenden, por caso,al ver caer, presa de convulsiones, a uno de los integrantes de las brigadas de desminado. Durante la visita al campamento de la empresa petrolera Sonangol, en esta ciudad, Lorenzo Joaquim, un zapador angoleño, comenzó a temblar y cayó sobre el asfalto.
Sus compañeros explicaron qué le pasaba, pero no se asustaron. El hombre hace más de tres meses que está enfermo, pero a veces se atiende en el hospital y otras, en su casa, con remedios caseros. Si el ataque se hubiera producido mientras desactivaba una mina, el resultado habría sido fatal.
Pasión por los autos
En la capital, Luanda, conviven casi tres millones de personas, en condiciones precarias.
Todos los días hay cortes de energía y hablar por teléfono es una ocupación para perseverantes.
En las esquinas crecen las montañas de basura, y en pleno centro puede verse a un grupo de cabras que se alimentan de los desperdicios, mientras una mujer intenta rescatar una resma de papeles sin usar.
Por sus destruidas calles se mezclan flamantes camionetas Mercedes- Benz y BMW conducidas por hombres de color que lucen pulseras de oro y hablan por teléfonos celulares, con taxis colectivos, pintados de celeste y blanco, que van de bote a bote. Las paradojas de Angola.
Por Rafael Saralegui (h.)
(Enviado especial)
La lógica siniestra de la guerra
LUANDA, Angola (De un enviado especial).- Las minas antipersonales fueron concebidas con una lógica siniestra: no buscan matar a la persona que la activa, tan sólo dejarla herida. Y se trata de una cuestión estratégica: si durante un conflicto un combatiente resulta herido, un compañero deberá quedarse para asistirlo.
De esa forma, son dos hombres los que quedan fueran de combate.
Según la Cruz Roja, en todo el mundo, unas 2000 personas resultan cada mes heridas o mueren como consecuencia de las minas antipersonales. En casi todos los casos, son civiles y, más grave aún, la mayoría de las víctimas son mujeres o niños.
Angola es uno de los países en todo el mundo que se encuentra en más grave situación en este tema. Entre ocho y doce millones de minas hay sembrados en su territorio, con el riesgo latente para todos sus habitantes, lo que obviamente acarrea perjuicios graves en la economía del país.
Como es obvio, donde hay campos minados no se puede sembrar ni realizar actividad agropecuaria alguna. La consecuencia es imaginable: el hambre.
Paso a paso
El trabajo de desminado requiere de paciencia, constancia y método.
El capitán de navío Carlos Nielsen, de 50 años, está de licencia en la Armada y trabaja para las Naciones Unidas. Su cargo en Angola es el de coordinador de todos los programas de desminado.
Explica que el trabajo consiste en tres etapas: identificación del campo de minas, delimitación y limpieza. Esta última es la que lleva más tiempo y puede demorar varios años.
Quitar todas las minas que hay sembradas en Angola puede demandar hasta 30 años, según los especialistas.
El teniente de navío Carlos Payero, uno de los cascos blancos argentinos destinado en Malange, cuenta que cuando ya se trabaja en la limpieza del campo los zapadores utilizan un detector de metales para ubicar las minas.
Si bien algunos artefactos son casi totalmente de plástico, generalmente tienen algún elemento metálico. El segundo paso es ubicar mediante una sonda el sitio exacto donde se encuentra la mina.
Luego, muy lentamente, se empieza a quitar la tierra para dejar el artefacto al descubierto.
El último paso será hacer estallar la mina con una explosión controlada.
Esa es la forma de trabajo cuando se trata de minas que van enterradas. Pero también están las de fragmentación, que llevan un alambre o una soga desde su extremo hasta un árbol o una estaca. Cuando alguien se lleva el hilo por delante, estalla.
La última generación de minas antipersonales es más complicada: se activan con las ondas de los detectores de metales o con un pequeño rayo de luz, de manera que nadie pueda desactivarlas.
Más de 30 años a los tiros
LUANDA (De un enviado especial).- El Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA) comenzó en 1961 la lucha armada para lograr la independencia de Angola de la dominación portuguesa.
Otros dos grupos se sumaron luego a la lucha: el Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA) y la Unión para la Independencia Total de Angola (Unita).
En 1975, Portugal se retiró de Angola y los tres grupos debían hacerse cargo de un gobierno transitorio. Pero la tregua duró poco y comenzó una sangrienta guerra civil.
En la contienda se involucraron otros países. El FNLA recibió el apoyo de Estados Unidos, Bélgica, Francia y la República Democrática del Congo (ex Zaire).
Detrás de la Unita se alinearon los Estados Unidos y Sudáfrica, mientras que el MPLA tuvo el respaldo de la Unión Soviética, Alemania oriental, Checoslovaquia, Tanzania, Mozambique y Cuba. Era tiempo aún, del conflicto Este-Oeste.
Después de la firma de diversos acuerdos y negociaciones, que incluyeron el retiro de los soldados cubanos, el gobierno del MPLA, presidido por José Eduardo dos Santos, y la Unita, cuyo líder es Jonas Savimbi, firmaron en Lisboa, el 31 de mayo de 1991, el acuerdo de paz por el cual se comprometían a llamar a elecciones entre septiembre y noviembre de 1992.
Los comicios fueron ganados por el MPLA, que obtuvo el 49 por ciento de los votos. Pero Unita los desconoció y adujo que hubo fraude. Comenzó una nueva guerra, más sangrienta todavía.
En noviembre de 1994, los dos grupos firmaron el Protocolo de Lusaka y la paz llegó de nuevo. Desde entonces hay una tregua.
Unita debe entregar las armas e integrarse plenamente al proceso político. Ya nadie quiere el retorno de la guerra.
Datos
- Población: 10,9 millones de habitantes.
- Lengua: el portugués es el idioma oficial, pero también se hablan dialectos africanos.
- Renta per cápita: 700 dólares anuales.
- Transporte: dispone de unos 3000 kilómetros de vías, que no se utilizan como consecuencia de las minas antipersonales.
- Expectativa de vida: 46 años.
- Superficie: 1.246.700 kilómetros cuadrados.
- Densidad: 8,2 habitantes por kilómetro cuadrado.



