
Ascensores no aptos para discapacitados
La eliminación de las puertas tijera reduce el ancho de los accesos a los elevadores e impide el ingreso con silla de ruedas.
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La remoción de las puertas tijera de muchos ascensores de la ciudad de Buenos Aires significó un cambio radical en la vida de Eduardo Joly.
Entre otras cosas, este hombre de 48 años ya no puede ir a las reuniones familiares en la casa de su tía, debió acostumbrarse a que su escribano lo atienda en el bar de la esquina de su estudio y tuvo que resignarse a abandonar el taller literario al que asistió durante dos años.
Para quienes, como él, deben trasladarse en sillas de ruedas, ciertos edificios equivalen a una condena a permanecer en la planta baja.
Es que, lisa y llanamente, no pueden entrar en el ascensor: el espacio es insuficiente.
"A veces es apenas por un centímetro de diferencia, pero basta para que no pueda ingresar o bien para que, después de mucho maniobrar, me dé cuenta de que no cierra la puerta", se lamentó Joly en una entrevista con La Nación .
Y sin darse respiro añadió: "Encontrar edificios con ascensores accesibles en esta ciudad resulta casi imposible, mis padres se mudaron por esa razón, pero si un día llegan a cambiar las puertas, directamente ya no los podría visitar".
Sociólogo de profesión, formado en los Estados Unidos y presidente de la Fundación Rumbos -que defiende los derechos de los discapacitados-, Joly quedó hemipléjico como consecuencia de un accidente ocurrido 21 años atrás.
El avión de Austral en el que viajaba rumbo a su luna de miel se estrelló en la cordillera de Los Andes. El fue uno de los pocos sobrevivientes del siniestro, pero su esposa perdió la vida.
Seguir adelante
Desde entonces, no sólo debe hacer frente a la angustia de semejante tragedia sino que también tiene que lidiar con las innumerables barreras arquitectónicas que dificultan la circulación de los discapacitados en la ciudad de Buenos Aires.
En su opinión, las reducidas dimensiones de los ascensores es una de las más importantes.
El ideal, asegura, es de 80 centímetros de luz de paso libre, pero algunos ascensores sólo tienen 60 centímetros de ancho.
"Hace poco perdí un trabajo como intérprete simultáneo a raíz de este tema", comentó, tras explicar que su caso ya está en la Justicia (ver nota aparte).
"Una empresa de investigación de mercado que siempre me contrataba me llamó porque venía un cliente de Estados Unidos", comenzó a explicar este hombre de gestos pausados y tono seguro.
"Pero cuando llegué al edificio -continuó- descubrí que habían cambiado las puertas de los ascensores y que, sencillamente, no iba a poder hacerlo porque el Gobierno de la Ciudad no tuvo en cuenta las necesidades especiales de gente como yo", relató, dejando entrever el desaliento y la impotencia que causa esta clase de experiencias.
"La discriminación llega al extremo de que ni respetan nuestro derecho de trabajar", denunció Joly, que también aseguró que muchas veces "son las situaciones las que generan las discapacidades".
Inconvenientes cotidianos
Lejos de ser un hecho anecdótico, este tipo de problema se repite a diario, confió Joly, que tras el accidente volvió a casarse y hoy practica varios deportes a pesar del impedimento que sufre. Incluso fue nombrado remero del año por el club Nahuel, de Tigre.
"En una oportunidad -recordó- había acordado una reunión con el director del Instituto Nacional contra la Discriminación (Inadi), Víctor Ramos, pero tuvo que recibirme en el hall del edificio, entre el bullicio y la gente que iba y venía."
La oficina queda en el tercer piso y con la silla de ruedas no se puede subir porque el espacio es mínimo. Es inconcebible que pase algo así", se quejó.
Pero los discapacitados no son los únicos perjudicados por el cambio de las puertas tijera.
"Aunque a nosotros directamente nos dejen afuera de los edificios, esta medida le complica la vida a muchas personas, como los ancianos con andador, los que usan muletas y las madres que llevan el cochecito de sus hijos", destacó.
"No estamos pidiendo nada imposible -enfatizó Joly-, la seguridad de los niños no tiene por qué estar reñida con la accesibilidad para los discapacitados. Se pueden garantizar ambas cosas."
Joly espera que con el reclamo presentado en Tribunales "el Gobierno entre en razón y realmente comience a gobernar para la gente. Para toda la gente".
Una norma que casi nadie cumple
Apenas un 18 por ciento de los edificios porteños se han adecuado a la ordenanza 46.275, que los obliga a cambiar las puertas tijera de los ascensores por las del tipo placa.
Hace cinco años que el entonces Concejo Deliberante dictó la norma, que casi no se cumple porque el Gobierno de la Ciudad no tiene la estructura suficiente y la cantidad de inspectores necesarios para controlar que los consorcios de los edificios cambien sus puertas para evitar accidentes.
A fines de diciembre último la Legislatura local, mediante la resolución 6/97, prorrogó por 90 días los alcances de la ordenanza.
Pero el plazo venció, la norma sigue vigente y muy pocos consorcios han cambiado las puertas.
El Gobierno de la Ciudad, por intermedio de la Dirección General de Fiscalización de Obras y Catastro, es el responsable de hacer cumplir la norma, pero sólo cuenta con tres inspectores que dependen directamente de Catastro y otros cinco que pertenecen al Departamento Elevadores.
Ahora existe en la Legislatura un proyecto del legislador Jorge Srur que propone una modificación en la norma original para que se cumpla con las normas IRAM de seguridad que garantizan el cierre inviolable de las puertas.
No se descarta la posibilidad de que se llame a licitación para que una empresa privada realice el control técnico que la propia comuna no puede hacer.
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