
Autos que guardan historias
Un museo exhibe vehículos que utilizaron, entre otros, Borges y Maradona.
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El único punto de unión que existió entre Jorge Luis Borges y Madonna se exhibe ahora en el Museo del Automóvil, inaugurado hace poco más de un mes en el barrio porteño de Villa Real.
Se trata de un Hudson verde y negro, modelo 1929, que el escritor solía usar para visitar la zona sur, tan entrañable para él. Es el mismo coche que, años después, paseó a la diva norteamericana, en su papel de Evita, por las calles de la ciudad de Buenos Aires.
En el galpón empedrado de Yrigoyen 2265, son más de 35 los vehículos que desbordan historia. Desde el Torino 380 que corrieron Luis Di Palma, Galbato y Oscar Fangio en las inolvidables 84 horas de Nürburgring, hasta el Dodge de 1937 que se embarcó en el mismo crucero que trajo a la Argentina al ex presidente norteamericano Franklin D. Roosevelt y que, hace 12 años, usó Diego Maradona en su casamiento.
Un Rolls Royce de 1929, un Buick tipo cola de bote de 1925 -carrozado por carpinteros navales en madera y aluminio-, el clásico Ford T de 1923 que conducían los médicos rurales y el no menos tradicional repartidor de leche, son algunas de la "joyitas" que engrosan la colección.
Todas se destacan en medio de fotografías de época, antiguos manubrios, faros y bocinas que cuelgan de las paredes, y el motor y el radiador del primer automóvil argentino, que data de 1906 y que perteneció a Aarón Anchorena.
En las vitrinas emplazadas entre ciclomotores Guzzi y motonetas Vespa, se divisan, además, viejas boleteras de colectivo junto a la trompa de la Ferrari Turbo que piloteó Giles Villeneuve en el autódromo de Buenos Aires.
Un sueño de 12 años
Cuando surgió la idea del museo, hace 12 años, Luis Spadafora comenzó a atesorar pieza por pieza para poder ambientar la futura muestra. Los autos que ese restaurador amateur, de 53 años, fue comprando y dejando a punto desde que tenía 18 años, descansaban, hasta la adquisición del terreno de la calle Yrigoyen, en un rincón de su fábrica de impresiones sobre envases plásticos.
"Cada vez aparecían más y más coches. Después del trabajo me dedicaba a restaurarlos, como una forma de terapia, pero llegó un punto en que en mi tallercito ya no entraba nada más. Entonces decidí compartir mi pasión con toda la gente", relata Spadafora.
Muchos amigos y vecinos le retribuyeron acercándole sus propios vehículos. Es que a veces, explica el coleccionista, la restauración supera el valor del auto en sí mismo.
"Un señor prefirió donarme un Plymouth de 1953 antes que venderlo por apenas 400 pesos, que era lo que le ofrecían. Era el auto que había utilizado en su casamiento y sus hijos también. Yo le propuse que, cuando lo necesitara nuevamente, se lo llevara tranquilo", ejemplificó.
El creador del museo también detalló que muchos de sus mayores logros fueron fruto del canje. Tal es el caso de un Rolls Roys, que fue obtenido de un fabricante de autos a cambio de un Ford A, un Ford T y un Chrysler. "Cuando lo recibí, era un montón de chatarra. Restaurarlo me llevó nueve años de trabajo", recuerda.
Más que un museo
Los visitantes que quieran ver cómo se restaura un auto pueden hacerlo en el segundo piso del museo, donde además encontrarán un coche abandonado en un viejo galpón de campo atestado de herramientas, una confitería francesa de principios de siglo, un viejo almacén de ramos generales y una barbería con cliente y peluquero incluidos.
Todos los detalles que recrean una época son originales: las barrocas registradoras en cobre y bronce, los ejemplares de El Gráfico desparramados al lado de la bacha, la viruta de acero apretada junto a los jabones, y las botellas de Inchauspe, los vitreaux, las planchas a brasas, los morteros y los acordeones.
El museo no es sólo para los fanáticos de las tuercas: "La idea es que aquí dentro el visitante se proyecte en el tiempo. Es un paseo para que la familia entera lo pase bien", comenta Spadafora. También es posible conocer la historia del automovilismo mediante los videos que se proyectan en un microcine. Este coleccionista filmó y fotografió todos los trabajos de restauración.
El museo abre al público los sábados, domingos y feriados, de 10 a 18; la entrada cuesta tres pesos. Los vehículos también se alquilan para casamientos o cortos publicitarios.
Los motores funcionan a la perfección. Con orgullo, Spadafora sentencia: "Esto no es un museo de momias. Los autos están todos vivos".
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