Barracas se nutre de historia y literatura, además de industrias
Numerosas familias patricias vivieron allí hasta que estalló la peste amarilla
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La superficie de Barracas -que celebra sus 150 años de autonomía distrital- no llega a los 8 kilómetros cuadrados. Sin embargo, por historia compite con barrios de la extensión de Palermo, Flores o Belgrano.
Muchos de sus ámbitos fueron escenario de escritores vernáculos: José Mármol, en "Amalia"; Esteban Echeverría, en "El matadero"; Leopoldo Marechal (Samuel Tesler, de "Adán Buenosayres", vive en un hospicio de la zona); Pedro Orgambide compuso los versos de "La pulpera de Santa Lucía", inspirado en estos establecimientos, comunes en el paisaje barraquense, o Ernesto Sabato, cuya Alejandra Olmos ("Sobre héroes y tumbas") ocupa una casa de la calle Río IV al 1400.
En un sucinto repaso de su nutrida trayectoria sobresale el auge y la desaparición de importantes empresas, que conformaron un formidable pulmón industrial, como la Compañía Fabril Financiera, en cuyo edificio de California al 2000 se llegaron a imprimir mensualmente 10 millones de ejemplares de revistas, además de la guía telefónica, o las plantas de General Motors, Phillips, Kraft, Peuser, Fontana, Yerbatera Cruz de Malta, Aguila Saint y Canale, entre muchas más.
Su cierre paulatino pero implacable, junto con la enorme pérdida de fuentes laborales, sumó un negativo cambio en el barrio, que pasó a ser una penosa postal de los restos fantasmales de tiempos más pujantes. Hay una tibia recuperación, con incipientes emprendimientos. Entre ellos, en el 3257 de la calle Zepita, el 4 de enero de 2000 LA NACION inauguró su nueva planta, la más moderna de América del Sur (el ejemplar que usted está leyendo se hizo allí).
Otro golpe a la fisonomía original provino de la traza de la autopista 9 de Julio, que borró del mapa 20 manzanas. Ambos hechos generaron un retroceso demográfico. De ocupar un segundo lugar en 1904, con 84.000 habitantes, el último censo (1991) arrojó poco más de 73.000.
Baldíos y conventillos
El distrito se divide en dos áreas muy diferenciadas: la menos favorecida, desde Vieytes al Oeste, con presencia de baldíos y conventillos y la proximidad de la villa 21-24 (casi 30.000 habitantes), y la otra, más cercana al centro urbano, que ostenta construcciones de buen aspecto y mayor actividad comercial, alrededor de la emblemática plaza Colombia.
Sólo con Mataderos comparte la particularidad de que su denominación está relacionada con un lugar de trabajo. Tomó su nombre, a fines del siglo XVIII, de las antiguas barracas ribereñas, factorías precarias en las que se trabajaba el cuero. Desde comienzos de 1800 proliferaron las quintas de tradicionales familias: Alzaga, Balcarce, Ramos Mejía, Cambaceres, Guerrero, Senillosa y Herrera Vegas, entre otras. La mayoría, sobre o cerca de la avenida Montes de Oca (Calle Larga, hasta 1912), que se prolonga desde Caseros hasta el Riachuelo, donde -afirman algunos- tuvo lugar la primera fundación de Buenos Aires.
En la avenida Martín García 584 (declarado lugar histórico en 1948) vivió el almirante Guillermo Brown, cuya hija Elisa, el 27 de diciembre de 1827, a los 17 años, se suicidó arrojándose al Riachuelo, al enterarse de que su prometido, el oficial Francisco Drummond, había muerto combatiendo contra los brasileños.
Brown fue una de las víctimas de la epidemia de fiebre amarilla que azotó Buenos Aires entre 1870 y 1873. El temor a padecer un brote de la magnitud del de San Telmo generó un éxodo hacia terrenos situados al Norte. La casa de Brown fue vendida por su viuda; hasta 1940 funcionó allí el aserradero La Cantábrica.
Barracas fue también asentamiento ferrocarrilero por excelencia. En Australia al 2700 queda un pequeño barrio de 300 chalets construidos para el personal del ferrocarril explotado por los ingleses.
Maquinistas y masones
A la importante presencia de empleados, sobre todo maquinistas, se atribuye la de la masonería, muy relacionada con La Fraternidad, fuerte nucleamiento de aquéllos. En 1890 se instaló en San Antonio 814 la Casa de los Masones, en cuyo frente se leía "Los hijos del trabajo".
Tres Esquinas era una de las estaciones del tren Buenos Aires-Ensenada, y ése fue el título que Enrique Cadícamo y Angel D´Agostino dieron finalmente a un tango que antes se había llamado "Pobre piba", himno barraquense.
Un cafetín de las inmediaciones se llamaba también Las Tres Esquinas. Se lo rebautizó Cabo Fels en homenaje al conscripto Teodoro Fels, que en 1912 unió Buenos Aires con Montevideo en aeroplano. En el mismo momento en que fue ascendido a cabo por la hazaña se lo envió a un calabozo: 3 días de arresto por "ausentarse sin pedir permiso".
Frente a plaza Colombia está la iglesia de Santa Felicitas, mezcla de barroco y bizantino, con fachada firmada por el arquitecto Ernesto Bunge, que le imprimió el estilo Bismarck. Lo construyó por iniciativa de los Guerrero en memoria de su hija Felicitas, que enviudó siendo muy joven y era considerada la mujer más hermosa del país. Murió en 1872, a consecuencia de un balazo disparado por un pretendiente despechado, Enrique Ocampo.
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