Cacique Epulef, el domador de distancias

Un cacique de los que ya no quedan aviva el fuego de la cocina a leña, pone el agua a calentar y se dispone a charlar; Epulef significa "dos que corren" en la lengua mapuche; una nueva historia de vida en la legendaria Ruta 40.
(0)
28 de mayo de 2006  • 01:00

Cobrizo, fuerte, sufrido, huraño, rebelde, áspero, despojado y silencioso. Describirlo es como hablar de la Patagonia misma.

Aguantando el frío en silencio con las manos juntas y la cabeza enterrada entre los hombros, Ramón Epulef soporta los días de otoño en el "El Mangrullo", puesto ubicado al sur de la provincia de Santa Cruz, a unos 100 kilómetros al norte de El Calafate, sobre la Ruta 40. A unos metros del rancho, un gigantesco observatorio plateado que fue abandonado tiempo atrás completa el astronómico cuadro nocturno.

La tapa de la pava ya tiembla, como si se estuviese en medio de un terremoto. Y el primer mate humea en sus manos.

Domador de oficio, aprendió esa labor de su padre, el cacique Manuel Epulef. A los 13 años ya amansaba y a sus actuales 64 no piensa aflojarle aunque con los corcovos ande rozando la muerte. "No sé hacer otra cosa que eso", explica con humildad. Gracias al método indio de doma ganó fama en el Departamento de Lago Argentino. Por eso, en cuestiones de caballos en la zona sur del Lago Viedma, su nombre es garantía de calidad.

Los caminos de la vida. Pero no solo de potros recibió golpes. La vida le sacudió otros tantos: una senda larga y borrosa que sale del rancho del cacique conduce a sus recuerdos. Sentado en una silla que apenas lo soporta, da una tremenda pitada a su cigarrillo encendiendo la brasa naranja de la conversación, y detalla: "Mi comunidad original se encuentra en el departamento de Languiñeo, en la provincia del Chubut" . Más adelante agrega: "Aunque la Constitución contempla la preexistencia de los pueblos originarios, los cacicazgos como el mío fueron desplazados de a poco. Me vine para Santa Cruz porque en mi provincia no había trabajo y las autoridades locales me desconocían, y aquí mal que mal me defiendo".

Gracias al método indio de doma ganó fama en el Departamento de Lago Argentino. Por eso, en cuestiones de caballos en la zona sur del Lago Viedma, su nombre es garantía de calidad.

En Chubut, la comunidad Epulef todavía funciona como tal. La misma fue fundada por el cacique Mariano Epulef en 1919, quien, tras las campañas del General Julio Argentino Roca, decidió llevar desde Neuquén a 28 familias para radicarlas en esa zona. Las 28 leguas de campo de esta aldea mapuche fueron reconocidas a sus líderes por Marcelo T. de Alvear durante el cacicazgo de Manuel Epulef. Tiempo después, el 4 de febrero del 1989, Ramón –hijo de Manuel- fue designado cacique por 80 personas de la comunidad paisana Mariano Epulef.

La muestra más evidente de su dolor son sus propias palabras. "Por esta zona hay muchos campos en completo estado de abandono", comenta, y agrega que basta recorrerlos para comprobarlo: "En algunos de ellos ni taperas quedan, aunque en los mapas figuren como ocupados desde hace muchísimo tiempo que no tienen nada, ni una oveja".

Mientras tanto el humo espeso flota en su casilla, dibujando serpientes blancuzcas en el aire. Luego, montado en un malón de su memoria vuelve hacia el Chubut: "Algunas personas quieren que los indios nos olvidemos del campo. Primero nos corren lejos y después nos insultan. A mi me duele en el alma cuando escucho que alguien dice: ‘mirá esos indios vagos’."

"Algunos quieren que los indios nos olvidemos del campo, nos corren lejos y después nos insultan. A mi me duele en el alma cuando escucho que alguien dice: ‘mirá esos indios vagos’."

El cacique hace una pausa, rasca su cabeza tirándose la boina hacia atrás y deja su frente clara al descubierto. Afuera, el paisaje lunar domina la escena, pero está determinado por el viento… o más bien condenado por él.

"Yo me considero bien argentino". Su sentencia sirve de introducción a una anécdota: "Una vez se acercó a mi rancho un hombre y me dijo que yo, ocupando estos terrenos tan desolados, estaba haciendo patria. En ese momento me quedé pensando y ahora creo que apenas estoy sobreviviendo".

Los demasiados libros. Después de esta conversación, el cacique o "lonko" -como dicen los mismos mapuches-, sale caminando para el oscuro cuarto del fondo y trae con dificultad una pila de libros. Sobre la pequeña mesa de la cocina deposita un diccionario mapuche-español, un ejemplar de "La Patagonia", de Bruce Chatwin y "El diario de Anna Frank". Ahora está leyendo las "Odas Elementales", de Pablo Neruda.

Después del recorrido literario se pierde nuevamente en la penumbra y vuelve con más textos y autores: Carlos Sacamata -escritor de temas mapuches- y Clemente Onelli. También exhibe un gran libro ilustrado de Mapuches del Neuquén, con notas de Rex González. "Este libro me llegó por encomienda, envuelto en papel madera y sin ningún tipo de remitente", y revela con una sonrisa ingenua: "Todavía desconozco quién me lo envió, pero tengo mis sospechas".

Sobre la pequeña mesa de la cocina deposita un diccionario mapuche-español, un ejemplar de "La Patagonia", de Bruce Chatwin y "El diario de Anna Frank". Ahora está leyendo las "Odas Elementales", de Pablo Neruda.

Aunque Don Ramón es buen madrugador, la claridad de esa mañana de mayo se hace esperar. Rato después del mate es el turno del café, que debtro de un jarro de fierro procurará dar tibieza a la soledad. La luna, por su parte, intenta esconderse de este relato. Ya queda menos, allá lejos viene rayando el alba.

El sol lo encontrará en el campo. Ensilla el tordillo que apenas está amansando y sale al trote. La boina no alcanza para repararlo; una capucha de alguna vieja campera ayuda un poco más. La nieve que empieza a caer sobre su cabeza se vuelca derretida sobre su espalda, como en hilos de agua.

Dos perros y una angustia enorme lo acompañan toda la jornada. Tiembla de frío y sus dientes chocan entre si. No se queja. Sube una loma amarilla y a medida que asciende su tristeza crece. En lo más alto de la elevación detiene la marcha de su animal e, inmóvil, devora con la vista la inmensidad patagónica. ¿Quién sabe que respuesta estarán buscando sus ojos frente a tanta tierra?

El día fue lerdo y corto: lerdo por el frío pero corto por la luz, que ahora es sombra larga. Nuevamente la noche pura se va levantando de apoco. Su olor negro va ganando el desierto.

El cacique Ramón vino de lejos y trajo una pena callada. A las palabras de aquella noche y de este día probablemente se las lleve el viento sureño. Pero al menos se puede decir que nombrarlo significa hablar de la propia Patagonia. Tal vez su voz sea la del silencio porque solo eso perdura; solo hay que escucharla.

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Sociedad

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.