Camilo Cela: la patria es la lengua
El novelista, distinguido ayer en Madrid por una universidad argentina, dijo que hoy se lee más, pero no lo suficiente
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MADRID.- Apenas quince minutos en auto separan el refugio de Camilo José Cela y su esposa, Marina Castaño, del palacio de la Moncloa, en el ejido de la ciudad. El nombre del vecindario residencial, silencioso e imponente, habrá de ser conocido para los argentinos. Puerta de Hierro ha sido trasegado por varios protagonistas de nuestra historia reciente:Juan Domingo Perón, Isabel Perón, José López Rega, Jorge Antonio, Carlos Menem y otros nombres.
Ayer, día en que cumplió 82 años, el novelista español recibió en esta ciudad el doctorado honoris causa de la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES), con sede en Buenos Aires, de lo que se informa por separado.
La Nación se anticipa a la cita convenida con el escritor gallego a las siete de la tarde. La casa, habitada por el matrimonio desde hace nueve meses, es tranquila, espaciosa y está decorada con exquisito gusto. Una inmensa sala en desnivel, detrás de unas columnas, donde se imponen sendas pinturas del premio Nobel de Literatura 1989 y de su esposa, así como otras telas de gran porte, es el sitio al que llega presuroso el autor de "La familia de Pascual Duarte".
Asomado con humor a sus flamantes 82 años, el ganador del premio Cervantes 1996 y doctor honoris causa de 25 universidades en Europa y en América, introduce referencias a la especie de dar miga al intercambio acalorado y la sonrisa espontánea.
El diálogo inicial, por imborrable, merece ser expuesto conforme aconteció.
-¿Cómo se siente en esta casa?
-Bien, recuerde que los gallegos nos adaptamos en el acto donde nos pongan.
-Cumple usted 82 años, ¿le motiva esto alguna reflexión?
-No, ninguna. ¡Qué vergüenza!
-¿Peor sería no haberlos cumplido?
-No crea, a esta edad ya debería habérsenos tirado a los tiburones. Lo que pasa es que se resiste uno a irse al otro mundo. Yo a la muerte no le tengo miedo. Es una vulgaridad. Fíjese que la muerte es lo único en que han coincidido todos los hombres desde el origen de la humanidad.
Transcurrió luego una hora y 45 minutos de entrevista, donde el escritor se mostró relajado y de muy buen humor. Hubo anécdotas, chistes, recuerdos memorables, reflexiones agudas y citas imperdibles.
Sobre el final, sólo un detalle le hizo fruncir graciosamente el entrecejo.
El convite a beber no incluía el agua solicitada por la cronista. Sorprendido, replicó: "¡Pero le invité a tomar algo!" Y, sin pausa, reclamó de viva voz a su esposa, "media copa de jerez para mí" y una copa de agua con la que prohibió brindar.
Se lee más que antes, pero...
"Hay que pasar todas las palabras por la mente. No pueden tomarse al pie de la letra. Hoy la novela en el mundo necesita mucho de la colaboración del lector. La historia se prolonga un poco en la mente del lector. En estos tiempos, ya no funciona como en los clásicos. Se exige un esfuerzo por parte del lector. Creo que se lee más que antes, pero aún no lo suficiente. No podría contestar ahora si las nuevas tecnologías y el exceso de información son responsables. Pero si el hombre supiese aprovechar toda esa herramientosa técnica, a lo mejor mejoraría la humanidad", reflexiona cuidadosamente.
Sobre el concepto de aldea global, tiene sus reservas. "Creemos que el mundo está globalizado, pero no es cierto. La lengua en Internet es para pobres. El mundo va en camino de ser gobernado por las multinacionales, que es lo peor que podría pasarnos. Pienso que los regionalismos son saludables porque creo en la diversidad. En el mundo del futuro, habrá no sé cuántos dialectos, pero sólo cuatro lenguas: el español, el inglés, el árabe y el chino. Al final, la patria es la lengua."
Sólo quedaba resto para compartir el convite de la copa, ya con el grabador apagado. Con soltura, Cela recordó El Viejo Almacén y al fallecido Edmundo Rivero, en Buenos Aires, y se encendió su pasión por el tango.
La vida, esa bendición
Cela dice disfrutar visceralmente, amén de la vida, el acto de escribir.
"Lo hago todos los días -cuenta-; me siento frente al papel en blanco a esperar lo que sale. Los escritores no sabemos nunca lo que estamos escribiendo hasta que se termina. Yo soy de los últimos escritores que escriben a mano y en un cuaderno, en cuya portada dice cuaderno, supongo que para que se sepa lo que es. Me siento frente al papel en blanco hasta que tengo algo útil para escribir, que no es lo mismo que tener algo para decir."
El recuerdo vuela hacia el pasado, donde encuentra a Pablo Picasso, un viejo amigo de quien Cela dice:"Era un hombre fabuloso, rigurosamente auténtico. Coincidíamos en que la inspiración no existe; es sólo un subterfugio para poetas. Picasso solía decirme que si la inspiración algún día lo pillaba, lo encontraría siempre pintando. No creo ni en la inspiración ni en la improvisación".
Menuda ansiedad la de esperar que el genio aletargado despierte. "Si no me surge nada, quedo atónito y a veces me invade un miedo terrible. Cuando llevo dos o tres líneas me tranquilizo, pues ya tengo por dónde empezar".
De su prolífica obra, Cela dice no tener hijos preferidos ni vergonzantes. "No estoy arrepentido de una sola página mía. Mi obra completa es una de las pocas completas. En cuanto a los que llevaron al cine La familia de Pascual Duarte y La colmena, uno puede sentirse bastante conforme si no ha sido muy traicionado. Los directores son unos déspotas y el parentesco entre el cine y la literatura es muy relativo".
Pintado como torero, actor de cine, pintor, dramaturgo y otras especialidades, el escritor se anticipa con gallardía a la próxima pregunta. "De mí se ha dicho esto y todo lo contrario. No fui torero, intenté torear. Como tampoco fui actor de cine, sino que intervine en un par de películas. Para eso se necesita habitualidad y profesionalidad. Me gustaba aquello por el afán de aventura, sin discernir la motivación. Lo disfruté mucho como siempre lo hice en la vida".
El recuerdo de la guerra
Nacido en 1916, Cela transcurrió sus años juveniles bajo el fuego cruzado de la Guerra Civil Española y en el contexto de la Segunda Guerra Mundial, de donde puede inferirse el impacto de aquellas cruentas refriegas en su alma.
"Supongo que la guerra deja huellas en el alma. Yo disfruté mucho de la guerra.Algo que la gente no entiende. La guerra atómica y la bacteriológica son espantosas. Pero una guerra con armas convencionales es como un partido de rugby, pero a lo bestia. A mí me dieron algunos golpes, pero matar a un gallego es muy difícil. En verdad, es vergonzoso que a punto de entrar en el siglo XXI el hombre no haya aprendido a entenderse con la palabra."
Sus impresiones sobre la Real Academia Española, de la que es miembro honorario, son dignas de mención: "Es una tertulia, a veces salen cosas inteligentes, y a veces surgen necedades, es como una reunión de café... Creo que es indefectible acabar en la Academia".
La leyenda lo pinta como un hombre terrible. El se defiende con hidalguía: "Lo que no soporto es la necedad y el dogmatismo. Allí me entra un mal humor terrible. No soy rabioso. He tenido en esta casa a un periodista que me preguntó una vez cómo resolvería yo el problema de ETA. Le dije: ¿No cree usted que si lo supiera ya lo habría dicho?" Recostado sobre el sofá, mientras apuraba un sorbo de jerez, el escritor hizo un esfuerzo de memoria y canturreó íntegramente el estribillo de un tango entrañable: "Garufa, pucha que sos divertido/Garufa, vos sos un caso perdido...". Con ello confirmó merecer holgadamente su condición de miembro de la Academia Nacional del Lunfardo de nuestro país.
Distinción
MADRID (De una enviada especial).- Camilo José Cela iluminó con la belleza de sus palabras la austeridad del auditorio de la Biblioteca Nacional, un imponente palacio fundado en 1893 por iniciativa del rey Alfonso XIII. Brevemente resplandeció el frío y lluvioso mediodía de primavera cuando su voz honda agradeció el título de doctor honoris causa otorgado por la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES), de nuestro país.
Cela expresó su emoción "con no poca sosegada paciencia y no menor alegría al pensar que algún alma generosa se acuerde de mí".
"Cela ha logrado, con nuestro maravilloso y rico lenguaje, transmitir emociones y pensamientos con conmovedora profundidad", dijo el rector de la UCES, Horacio O´Donnell, mientras el autor oía atento y su joven esposa, Marina Castaño, lo observaba con admiración desde la primera fila.





