
Cartoneros que tienen su propio tren
Es un servicio que une las estaciones Carranza y José León Suárez por las vías del ex ferrocarril Mitre
1 minuto de lectura'
Aunque los pasajeros no usan saco ni corbata y los enredos de oficina no son precisamente el tema de conversación, nunca existió en la historia de los ferrocarriles porteños un servicio tan "diferencial" y "exclusivo" como éste.
Se trata de un tren que une, dos veces por día, las estaciones de Carranza y José León Suárez por las vías del ex ferrocarril Mitre, en ese ramal. Pero lo hace con cierta particularidad: en él sólo viajan los cartoneros, es decir, quienes diariamente deben revolver en los desperdicios de los demás para encontrar algo que vender y que les permita sobrevivir.
La empresa Trenes de Buenos Aires (TBA) instrumentó la prestación hace cuatro meses como una respuesta a las constantes quejas de los usuarios del servicio tradicional por los inconvenientes de espacio que implicaba compartir el recorrido con los cirujas y sus bultos.
"Teníamos constantes reclamos. Y es algo lógico, porque no se puede viajar con estos carritos gigantes en trayectos tan largos como los que hacemos en esta línea. Entonces, pensamos en dar respuesta a una realidad, y dispusimos un tren que pudiera transportar con más comodidad a estas personas", explicó el gerente de relaciones institucionales de TBA, Jorge Molina.
En el Cartonero -tal es la denominación que le dan sus pasajeros- hay pocos asientos. Es que esta formación consta de seis vagones, de los cuales cuatro son furgones adaptados especialmente para colocar los carritos con basura.
El boleto para subir se compra quincenal o mensualmente y cuesta, en el primer caso, 8,50 pesos, y en el segundo, 16.
Pero sólo hay dos oportunidades en el día para abordar el convoy: desde José León Suárez hacia la ciudad de Buenos Aires, a las 18.37, y la otra, de regreso, a las 23.23 en Carranza.
La elección de estos horarios no responde a una cuestión de azar. Coinciden con el período en el que las calles comienzan a poblarse de bolsas de basura. Y es el momento en que los cartoneros se lanzan por los barrios en su recorrida, en busca de materiales que les reporten, al final de la jornada, unas pocas monedas para vivir.
Tarde, cuando la mayoría de los vecinos ya no circula por las calles, La Nación abordó el tren. Tapados por las bolsas y con el sonido del constante traqueteo de las vías como telón de fondo, cerca de 160 familias de trabajadores informales de la basura regresaban a sus casas. Muchos de los cirujas van acompañados por sus hijos pequeños y casi todos tienen como destino final las villas Independencia o Cárcova, de José León Suárez.
Negocio con pocos ganadores
Entre ellos viajaba Martín Rivas, un hombre de 30 años que, junto a su mujer y sus cinco hijos, se dedica a recolectar papeles, latas y botellas para revenderlos en el mercado del reciclado.
"Nos pagan muy poco. En un buen día sacamos ocho pesos y sólo nos alcanza para comer. Pero, bueno, prefiero hacer esto a directamente no trabajar", expresó Rivas, con cierta resignación en la voz.
Es que por un kilogramo de latas los cartoneros reciben 40 centavos. Cuando se trata de botellas, les pagan 20 centavos. Por papel blanco consiguen 14 centavos y el papel de diario les deja 5 centavos.
A simple vista, las cifras resultan insignificantes. Es evidente que los cartoneros no ganan grandes sumas por comerciar con los residuos que recolectan.
Sin embargo, a la larga, su trabajo representa un monto verdaderamente grande del mercado total.
Las estimaciones indican que el circuito ilegal de la basura se lleva por año 1.839.600 pesos, un número importante dentro de los 60 millones netos que genera el negocio global.
Aunque no hay registros oficiales, el dato surge de un cálculo estimativo realizado por el Cinturón Ecológico Area Metropolitana Sociedad del Estado (Ceamse).
El 5% de la basura
Allí se indica que sólo en la ciudad de Buenos Aires el circuito ilegal de la basura que manejan los cirujas y los volqueteros desvía un cinco por ciento del total de 1.314.000 toneladas de residuos domiciliarios que se producen por año.
Por cada tonelada de la ciudad a la que el Ceamse le da un tratamiento y disposición final, se cobra 28 pesos, lo que multiplicado por un promedio de 180 toneladas diarias que se lleva el cirujeo arroja el valor anual mencionado.
"El problema no es en términos económicos. Es en términos de salubridad. Muchas veces se generan basurales clandestinos, en los que los cirujas depositan su recolección cotidiana y la clasifican para venderla. Y cuando se van, quedan terrenos llenos de residuos y proclives a generar enfermedades y pestes de todo tipo", explicó el presidente del Ceamse, Guillermo Ferraro.
La afirmación de Ferraro está apoyada, además, por el hecho de que la descarga a cielo abierto de basura no sólo implica un problema de higiene. Es, a la vez, una contravención: está prohibido por la ordenanza 34.523, de 1978, una norma que establece que los residuos procedentes de la recolección diaria deberán depositarse en las estaciones de transferencia.
Sin embargo, los basureros clandestinos proliferan en la ciudad. Según datos del Ceamse, hay 10 que todavía no pudieron ser erradicados.
Algunos de ellos se encuentran en la Villa 21 de Barracas, en Ciudad Oculta y en la Villa Zavaleta.
"Nosotros no somos empresarios, sólo queremos sobrevivir", relató el cartonero Rivas.
Aunque los que menos tienen nunca son los más beneficiados, la basura también es para ellos un negocio.




