
Casabindo tuvo su jornada taurina
En plena puna jujeña se realizó el tradicional "toreo de la vincha", donde no se sacrifica al animal
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SAN SALVADOR DE JUJUY.– El 15 del actual, como sucede todos los años, se llevó a cabo en la localidad de Casabindo, ubicada en plena puna jujeña, 270 kilómetros al noroeste de esta ciudad, la celebración del Toreo de la Vincha, una singular corrida de toros –única en el país– en la que el animal no es sacrificado.
La fiesta, con misa incluida, se realiza en honor de la Virgen de la Asunción de Canchillas y Copacabana; heredada de la tradición española, se remonta al 1700, cuando un cacique indio, Pantaleón Tabarcachi, luchaba contra la tiranía y la opresión de los españoles.
El pueblo donde se realiza el festejo tiene 500 habitantes y se encuentra a 3700 metros sobre el nivel del mar. La corrida se efectúa en una enorme plaza protegida por una pirca de piedra y ubicada al lado de una antigua iglesia colonial; su nombre se debe a que consiste en sacarle al toro la vincha de monedas de plata que corona sus cuernos.
Los toreros –el que se anime, incluidos los turistas– entran en el ruedo y deben desplegar una singular habilidad para sortear los embates de la bestia y desprender, simultáneamente, la vincha de monedas para ofrendarla, luego, a la imagen sagrada.
Al animal no le pasa nada; en cambio, el torero puede ser herido. Más de uno quedó con las costillas o la clavícula rotas.
La negativa de hacerle daño al toro proviene de la época de Sarmiento, cuando en el siglo pasado se prohibieron las corridas en todo el país. En Casabindo, además del toreo, la fiesta de la Virgen se completa con una procesión que transporta la venerada imagen por todo el pueblo.
Cuenta la historia que el hijo de un cacique del lugar, Quipildor Tabarcachi, llamado Pantaleón, regresó a Casabindo tras haber estudiado varios años en los conventos misioneros y vio cómo sus hermanos eran sometidos en los yacimientos de oro del lugar. El joven cacique inició la tarea de convencer a su tribu de que el duro trabajo al que eran sometidos no era divino –como pretextaban los conquistadores–, sino del tirano español.
Pantaleón fue capturado y enviado a la cantera, pero escapó hacia Chile. Fue atrapado por una patrulla y al volver al pueblo fue acusado del homicidio de un guardia. Ese delito se castigaba con la muerte. Pantaleón fue expuesto –como castigo ejemplar– ante los toros bravíos, frente a los ojos de todo el pueblo, el Día de la Virgen, el 15 de Agosto.
Luego de la misa, Pantaleón Tabarcachi se presentó vestido con sus mejores atuendos y una gruesa vincha adornada con soles de plata, símbolo de su estirpe. El joven cacique fue dejado solo en medio de la plaza. Un cura dijo: “Si es inocente, las bestias lo perdonarán”. Dice la historia que enfurecidos toros salieron al ruedo, pero no arremetieron contra el príncipe.
Los guardias le sacaron la vincha al joven cacique y se la colocaron al toro mas fuerte. Al ver allí el símbolo de su linaje, Pantaleón arremetió contra el animal, se colgó de sus cuernos hasta retorcerle el pescuezo, quitándole la vincha. Otro animal incrustó sus astas en la espalda del indio, quien, moribundo, depositó a los pies de la Virgen su ofrenda familiar pidiendo a la vez, la libertad para su pueblo.
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