Casaroli, 30 años después
Visita: exponente de la diplomacia vaticana, llegará hoy para evocar el acuerdo que fijó las relaciones entre la Iglesia y el Estado.
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La trascendencia del célebre acuerdo suscripto con la Santa Sede hace 30 años abrió la posibilidad de que uno de los hombres más importantes de la diplomacia vaticana del último siglo, el cardenal Agostino Casaroli, regrese a Buenos Aires. El 10 de octubre de 1966, la Argentina y la Santa Sede suscribían aquí un acuerdo largamente gestado, que poco después fue públicamente ensalzado por el papa Pablo VI como el "primer fruto del Concilio Vaticano II en el campo de las relaciones entre la Iglesia y el Estado".
El acuerdo actualizó la situación jurídica de la Iglesia Católica en el país y puso fin "a un anacrónico estado de verdadera dependencia de la Iglesia en su relación con el Gobierno, con arreglo al requisito constitucional del Patronato que ponía en manos de los tres poderes del Estado asuntos netamente eclesiásticos.
"Sólo la prudencia de los gobernantes y la paciencia de la Iglesia lograron evitar que se tradujera en permanentes conflictos, que los hubo y graves, pero fueron la excepción", según el testimonio del actual secretario de Culto, doctor Angel Centeno, único sobreviviente del grupo que una mañana de 1958, en los albores del pontificado de Juan XXIII, sentó las bases de lo que ocho años después suscribieron el entonces canciller Nicanor Costa Méndez y el nuncio apostólico Umberto Mozzoni.
Fórmula sana
Desde entonces puede hablarse de una sana separación entre la Iglesia y el Estado en los términos de sana laicidad de los que hablaba Pío XII y dentro de los principios de autonomía y cooperación proclamados por el Concilio. Junto con Centeno, subsecretario de Culto de la presidencia del doctor Frondizi, el embajador Santiago de Estrada impulsó las primeras conversaciones y fue el empuje del canciller Miguel Angel Zavala Ortiz el que contribuyó a coronar la negociación que, como queda claro, no reconoció límites de gobiernos.
El golpe militar que puso fin a la presidencia del doctor Illia impidió que el canciller Zavala Ortiz estampara su merecida firma (el acuerdo iba a suscribirse el 29 de junio de 1966; un día antes, Onganía tomaba el poder). Quedó y fue rescatado años después el discurso que tenía preparado para entonces, una pieza memorable no sólo para los estudiosos.
Dos figuras entrañables
Desde los días liminares, dos hombres de Iglesia, que con los años quedarían entrañable y definitivamente unidos a la Argentina, participaron de la negociación, los trabajos y la redacción del acuerdo: Agostino Casaroli y Antonio Samoré. Más de una década después, ambos serían recordados por otra tarea aún más ímproba y dramática: su tenaz y apasionada defensa de la paz que evitó en 1978 la guerra entre la Argentina y Chile.
No parece, pues, un exceso diplomático que, con lucidez, desde la Secretaría de Culto se haya propiciado la celebración de los 30 años del Acuerdo de Buenos Aires. Y que, como consecuencia, llegue otra vez aquí el cardenal Casaroli, ya sin sus enormes responsabilidades en el Vaticano.
Hombre de confianza de Pablo VI, artífice de la apertura de la Santa Sede a los países del Este, paciente negociador de acuerdos, primer religioso de su jerarquía que llega a Moscú (1971) para dialogar con el Gobierno, permaneció junto al actual pontífice quien lo crea cardenal en 1979 y aún hoy, seguramente, sigue abrevando en su enriquecedora experiencia pastoral.
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