
Cate Blanchett: "Cuando a Woody Allen algo no le gusta, les aseguro que lo dice, incluso de manera brutal"
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LONDRES.- Una húmeda tarde londinense, Cate Blanchett nos recibe en un exclusivo hotel del centro de la ciudad, entre sorbo y sorbo de limonada caliente. Más tarde ese mismo día asistirá al estreno británico de su último protagónico, Blue Jasmine, dirigida por Woody Allen. Luce un vestido oscuro de Givenchi que deja ver el largo de sus piernas y le confiere un glamour extraordinario, un poco a la manera de las antiguas estrellas de cine. Blanchett parece contenta de estar de nuevo en el Reino Unido. La actriz australiana de 44 años vivió en Brighton varios años, antes de volver a Sydney en 2008, para convertirse junto con su marido, el escritor y director Andrew Apton, en codirectores de la Compañía de Teatro de Sydney.
"Extraño muchísimo Brighton, realmente muchísimo. Extraño tantas cosas…, ¡hasta la lluvia! –suspira Blanchett–. Extraño el verdor de la campiña inglesa. Y obviamente extraño a los amigos. Pero en la vida hay que elegir. A mi marido y a mí nos ofrecieron la oportunidad de dirigir la Compañía de Teatro de Sydney y nuestros padres se estaban haciendo viejos. Además, Australia es un país magnético y creativo, así que nos tiraba mucho volver."
La australiana ha llegado a esa edad en la que a algunas actrices les cuesta seguir consiguiendo roles: se acerca a los 45. Blanchett, sin embargo, está en su mejor momento, y es tan formidable actriz de carácter como protagonista femenina. "Tal vez ese sea el modelo de las actrices inglesas que transitan por el cine, la televisión y el escenario", dice para referirse a las oportunidades de trabajo que se le siguen presentando. "Están Helen Mirren, Judi Dench, Maggie Smith… Son tantas las actrices que han hecho grandes carreras en todas las ramas de la actuación. Y se forjaron esas carreras porque nunca dejaron de correr riesgos y de intentar cosas nuevas. A todo el mundo le encanta trabajar con ellas."
En Blue Jasmine, Blanchett interpreta a una figurita de la sociedad casada con un empresario multimillonario en dólares (Alec Baldwin). La vuelta está en que él es un donjuán estafador, algo así como una versión más joven y agraciada de Bernie Madoff. En quiebra y emocionalmente frágil, Jasmine ha volado a San Francisco para vivir con su hermana (Sally Hawkins) y tratar de juntar los trozos de su vida. Es un personaje con más que una pizca de Blanche DuBois, una diva de las pastillas y el trago largo que se aferra con uñas y dientes a una cierta idea de lo que es tener clase, estatus y sofisticación, por más que su vida y su cordura pendan de un hilo.
Woody Allen le dijo recientemente en broma a la BBC que haber elegido a Blanchett resultó ser como "tirar una bomba de hidrógeno" en la película. Su portentosa actuación (de la que ya todos hablan como candidata al Oscar) le infunde a la película una complejidad emocional y un impulso explosivo que los últimos films de Allen no tuvieron. Blanchett reconoce que haber hecho a Blanche DuBois en la versión escénica que dirigió Liv Ullman en 2008 de Un tranvía llamado Deseo, había sido un buen entrenamiento para el papel de Jasmine.
"Creo que el drama norteamericano ha explorado a fondo a las mujeres, en particular a aquellas que, ya sea por la fuerza de las cosas o por predisposición natural, prefieren la fantasía a la realidad", reflexiona Blanchett sobre Jasmine, y como ejemplo de otro personaje salido del mismo molde cita a Mary Tyrone, la madre adicta a la morfina de El largo día del viaje hacia la noche, el clásico de Eugene O’Neill. Otro punto de comparación sería la Greta Garbo de su primera película hablada, la versión cinematográfico de Anna Christie, también de O’Neill, de 1930, cuya primera línea de diálogo era: "Dame un whisky, el ginger ale al costado, y no seas amarrete". El público quedó pasmado y anonadado a la vez al ver cómo una aristócrata del cine como Garbo vaciaba su trago. En Blue Jasmine, Blanchett provoca una reacción similar.
Parte de la investigación que hizo Blanchett para trabajar con Allen fue estudiar con atención el reciente documental que Robert Weide hizo sobre él. El Woody Allen que nos muestra Weide es una figura reservada y lejana que no se involucra emocionalmente con sus colaboradores.
"Bueno, el que está expuesto es él. Al fin y al cabo se pone en la línea de fuego escribiendo esas cosas", dice Blanchett al defender los métodos herméticos de trabajo de Allen. "Lo que hace es dirigir con su escritura. Todas las pistas y los indicios de actuación surgen de los diálogos y las situaciones en los que pone a los personajes. No es particularmente verborrágico. Habla cuando tiene algo que decir, pero le encanta que lo sorprendan. Si en el set de filmación pasa algo que lo toma por sorpresa, algo en lo que no había pensado, entonces se deja llevar. Y cuando algo no le gusta, les aseguro que lo dice, incluso de manera brutal. Eso es bueno, porque fija un umbral de honestidad."
Como corresponde a alguien que interpretó al Ricardo II de Shakespeare en el escenario y a la reina Isabel I en la pantalla, Blanchett le confiere a su Jasmine cierto aire de realeza. Al principio de la película hay una escena maravillosa, cuando Jasmine llega al departamento de su hermana en San Francisco con todo su equipaje Louis Vuitton. Está en la ruina, pero sigue viajando en primera y dando propinas exorbitantes a los taxistas. Jasmine pone un pie en el departamento por primera vez, mira alrededor, frunce el ceño y respinga la nariz ante la falta de espacio, el desorden y la pobreza del mobiliario. No hay diálogo, pero la expresión de Blanchett comunica a la perfección el esnobismo, los miedos y el desdén del personaje.
Blanchett pudo aceptar el papel en Blue Jasmine en una brecha de tiempo entre dos producciones de la Compañía de Teatro de Sydney: El Tío Vania, de Chejov, y Las criadas, de Jean Genet. Con tres hijos chicos, una carrera sobre el escenario y otros compromisos cinematográficos que cumplir, Blanchett admite que armar su agenda "es un operativo militar". Pero agrega que lo mismo les pasa a todos los padres que trabajan y que ha vivido "los 6 años creativamente más plenos" de su vida, "dirigiendo la Compañía de Teatro de Sydney, actuando en el escenario dos o tres veces al año, haciendo giras internacionales y produciendo el trabajo de otros".
En el pasado, Blanchett elegía sus películas en base al guionista y al director. "Ahora es quién la dirige, en qué momento del año es el rodaje, y durante cuánto tiempo me necesitan. Suena un poco desagradecido y banal, pero hay un montón de otras personas a las que hay que tener en cuenta. No necesariamente elijo lo que quiero elegir." Pero nada indica que Blanchett esté pensando en racionar sus apariciones en la pantalla grande. Pronto la veremos frente a George Clooney y Matt Damon en The Monuments Men, dirigida por el propio Clooney, una película sobre temerarios curadores de arte de la época de la Segunda Guerra Mundial que intentan recuperar tesoros robados de manos de los nazis. Participa de una película aún sin título de Terrence Malick. Está previsto que trabaje nuevamente con Todd Haynes (para quien interpretó a Bob Dylan en I’m not There) en la adaptación al cine de Carol, la novela de Patricia Highsmith, y que protagonice Cancer Vixen, una adaptación de la novela gráfica de memorias de Marisa Acocella Marchetto sobre su lucha de 11 años contra el cáncer. También interpretará a una neoyorquina madura y casada de la década del 50 que tiene una relación lésbica con una vendedora de tienda mucho más joven (Rooney Mara). Está a punto de sumarse al rodaje de la versión de acción de Kenneth Branagh de Cenicienta. ("Alguien dijo por ahí que yo iba a ser la horrible madrastra. Y yo digo que de horrible no tiene nada, ¡que es malísima y nada más!", exclama Blanchett y de paso marca la línea de la que será su actuación.) La prensa especializada acaba de revelar que Blanchett hará su debut como directora con The Dinner, adaptación de la controvertida novela de 2009 Het Diner, del holandés Herman Koch, sobre el drama de dos parejas burguesas que no saben cómo enfrentar un hecho de extrema violencia cometido por sus hijos.
Como actriz, queda claro que la deleita la tensión creativa. Cuando se le pregunta si mientras dirigieron juntos la Compañía tuvo discusiones con su marido, Blanchett dice que las discusiones eran bienvenidas. "Es lo mejor. Nadie quiere estar en una institución artística en la que todos piensan igual y se acarician mutuamente los egos. Lo que uno quiere son opiniones distintas…, y constructivas. Andrew y yo venimos de lugares diferentes, y creo que por eso nuestra sociedad de trabajo ha sido tan productiva. Creo que mucha gente, otras parejas, nos miraban con horror y se decían: ¿Pero cómo pueden trabajar juntos? Yo creo que es una sociedad basada en el respeto." Hasta el momento, Andrew Upton no ha escrito papeles para ella. "¡Ojalá! Le cuesta mucho escribir. Es comprensible: es el CEO y director artístico de una compañía teatral muy grande. No veo la hora de que pueda volver a lo suyo y escribir un papel para mí."
Los tres pequeños hijos de Blanchett son perfectamente conscientes de que su madre es una famosa actriz. ¿Los obliga a ver El señor de los anillos? "¿Qué, si los sábados a la tarde no los dejo ir a jugar al fútbol y los obligo a quedarse en casa a ver las películas de mamá?", dice Blanchet entre risas. "En El Hobbit sólo tuve ocho días de rodaje. Y la primera vez (El señor de los anillos) ninguno de los tres había nacido. Así que esos ocho días de rodaje me los llevé conmigo y se dieron una panzada. También han visto muchas obras tras bambalinas. Lo que me gusta es que vean cuánto se trabaja, que vean a los técnicos tirando cables, que vean el trabajo en equipo. Eso es lo mejor que puede pasarles: darse cuenta de que no es sólo la cara de una actriz famosa en la pantalla. El cine, por ejemplo, tiene tanto que ver con los técnicos como con los actores. El elenco no puede hacer nada si no hay un buen equipo que lo filme."
Gracias a El señor de los anillos y a El hobbit, la australiana es realmente muy famosa. Ha sido nominada a incontables premios y ganó un Oscar como mejor actriz de reparto por su interpretación de Katharine Hepburn en El aviador (2004), de Martin Scorsese. A medida que fue creciendo su fama, también creció su valor de mercado y la fascinación que ejerce sobre los columnistas de chimentos y los paparazzi. Una década después, todavía la sorprenden las historias que circularon en la prensa británica sobre su bañera de mármol sólido de 20.000 dólares que supuestamente hizo instalar en su casa de Brighton.
"Para algunos, la celebridad es más preciada que la sustancia. De eso se alimenta el mundo de los medios. Los medios necesitan que esa gente exista", afirma Blanchett. "La contracara es que presuponen que a todo actor lo motivan el dinero y la celebridad. Y suena a falsa modestia si uno dice que de hecho, ese no es el caso de uno." También reconoce sentirse "increíblemente afortunada" por su estabilidad económica. "Para miles de actores no es así. Pero lo cierto es que yo no estudié actuación pensando que algún día estaría en mi habitación del hotel Corinthia, con un vestido Givenchi, ¡y tomando sorbitos de limonada caliente! Ese es un maravilloso subproducto, pero por cierto no es lo que me hace levantarme de la cama a la mañana. A nadie le interesaría ni mi bañera ni qué jabón uso para lavar la ropa si no hubiese hecho películas. Pero al mismo tiempo tampoco sufro ese escrutinio constante al que someten a algunos actores. Nuestras vidas son muy privadas y nos gusta que siga siendo así."
Bio
- Profesión: actriz
Edad: 44 años - La intérprete australiana, que vivió por años en Gran Bretaña y es célebre por papeles tan variados como el de Isabel I o Bob Dylan, brilla en Blue Jasmine, la nueva y celebrada película que dirigió Woody Allen
Traducción de Jaime Arrambide




