
Cerró la Librería Sarmiento, clásica en Buenos Aires
Fuente de textos: el comercio ubicado en Libertad y Arenales llegó a ser el gran proveedor porteño de libros escolares.
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"¿Dónde está el señor Orloff?" No es otro el interrogante que mantiene inquietos e inseguros a los numerosos clientes, proveedores y vecinos de la Librería Sarmiento, en la calle Libertad 1220, que días atrás bajó la persiana.
Su propietario, Alejandro Orloff, permanece inhallable.
Fue un final repentino e inesperado el de este tradicional comercio porteño, que llegó a ser fuente inagotable de libros de texto para los chicos de toda la ciudad. Una noche sus dueños apagaron las luces, giraron la llave y cerraron el local.
Parecía la rutina de siempre, el final de otro día de trabajo. Pero llegó la mañana y el panorama no había cambiado en absoluto: la puerta cerrada, el silencio, la actividad ausente, la falta de señales de vida. El fin era un hecho y el local ya no volvería a abrir.
Sin aviso
El librero Orloff es conocido en el ambiente editorial como una persona de confianza, como un amigo de la industria.
Pero ahora, las compañías editoriales están tratando de dar por todos los medios con él, ausente sin aviso.
"Por lo general, cuando un librero está por cerrar, te llama, te manda una carta y te anuncia que no va más. Devuelve los libros, paga y cierra", confió un editor a La Nación .
Sin embargo, Orloff no envió cartas, no llamó por teléfono ni anunció final alguno. La gente de la cuadra comenta que, desde el mismo día del cierre, comenzó a merodear frente al local una serie de proveedores de libros y artículos de papelería que no acertaban a descubrir lo que ocurría.
Visto desde afuera, el negocio tiene todo el aspecto de ser un ambiente fuera de moda, quedado en el tiempo, descuidado, sin el menor atractivo que pudiera suscitar la curiosidad de la gente.
Las letras rojas en molde, que señalan el nombre de la librería, lucen un tanto gastadas y coronan una discreta fachada con tres vidrios y una pequeña puerta.
Días después de la caída, dos comerciantes vecinos, también libreros, colocaron sendas calcomanías sobre los vidrios, promoviendo las bondades y virtudes de sus locales, para sacar provecho del vacío que dejó el antiguo colega.
Según dicen por el barrio, ya no queda nada dentro del local, aunque se hace difícil comprobarlo, porque los vidrios fueron cubiertos desde el interior por láminas de papel madera que bloquean la visión.
Los libros, estanterías y demás muebles abandonados en el local aquella noche de cierre fueron retirados una semana más tarde cuando un camión llegó sobre el filo de la noche y cargó con todos los bultos.
"Se escaparon", dijo sin miramientos el encargado de un local cercano a la librería. "Se fueron de noche", señaló otro, con lacónico sarcasmo.
Lo seguro es que los dueños se fundieron, resignados a la realidad de los números, reducidos a la impotencia y la frustración que siguieron a una época de glorioso apogeo comercial.
Negocio ancestral
La Librería Sarmiento era conocida como uno de los negocios más antiguos del ramo: la historia del país en el siglo XX se confunde con su propia historia.
Desde los años 20, el local de la calle Libertad se venía renovando incesantemente con una compacta marea de ávidos lectores, para los cuales siempre había novedades interesantes.
Los últimos títulos de la literatura nacional y extranjera alternaban con lo que llegaría a ser el punto central del comercio: los libros de texto.
Hacia ellos confluían en saludable bandada las madres de los chicos que asistían a los colegios de la zona, tanto públicos como privados: el Nacional Sarmiento, el Champagnat y el Mallinkrodt, entre otros. También llegaban en tropel decenas de compradores de otras partes de la ciudad, porque allí se conseguían la mayoría de los títulos que pedían los maestros y profesores.
El paso del tiempo vio crecer, en forma continua, la dimensión comercial y empresaria de la librería, que se modernizó y aumentó sus rubros específicos. Estos incluyeron el de papelería, marroquinería fina para escritorios, lapiceras, impresiones y encuadernaciones.
Luego comenzó el descenso, hace unos años, y la fama de gran surtidor de textos escolares empezó a languidecer.
Quedaron la encuadernación, las fotocopias y el recuerdo de tiempos mejores.
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