
Charles Viejo, la estancia donde se gestó el bosque de Cariló
En su vivero, Héctor Guerrero probó las especies con las que forestó en la arena
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GENERAL MADARIAGA.- El campo guarda los recuerdos de una guerra. De una lucha sin armas, silenciosa como el camino de tierra que lleva hasta el casco de la estancia Charles Viejo. Allí, hace más de 80 años, un hombre empezó el combate contra el desierto y el viento. Y triunfó.
El fruto de esa victoria se llama Cariló, la ciudad de bosque y playas que se levanta a 30 km del casco de Charles Viejo. En sus 550 hectáreas, la estancia guarda los restos del vivero donde se plantaron los primeros árboles con los que se conquistaron las arenas movedizas de la costa. También perduran allí carruajes, herramientas y documentos que atestiguan la historia de una utopía.
Son las tierras que pertenecieron a Héctor Manuel Guerrero, el hombre que ante la crítica y la burla de sus contemporáneos se atrevió a transformar 1700 hectáreas de médanos en el pinar que hoy atrae a miles de turistas.
Lo que hoy es Cariló estaba dentro de la propiedad de Guerrero. Corría 1918 cuando empezó a plantar especies traídas desde la isla Victoria, en Bariloche, y a viajar y consultar a especialistas de todo el mundo.
"En esa época poco y nada se sabía sobre forestar en la arena. Y si ya eran pocos los que se animaban a hacerlo en terreno firme, a nadie se le ocurría hacerlo en médanos movedizos", relata Eduardo Guerrero, nieto del pionero y hoy encargado de Charles Viejo.
Este hombre, de 53 años, fundó un museo en el casco. En una de las salas se ven fotos de su abuelo en el desierto que era Cariló. En algunas sólo se ve arena; en otras aparecen los primeros pinos. En el galpón de al lado resisten el paso del tiempo 10 de los carruajes que usó Guerrero.
Están pintados de amarillo y negro: cada cochería tenía sus colores. Todavía tienen la patente original. En uno de ellos, una calesa de 1800 para cuatro caballos, fue trasladada la infanta Isabel cuando estuvo en Buenos Aires, en 1910, para los festejos del Centenario, comenta Eduardo Guerrero.
En ellos Guerrero recorría los 30 km que separaban su campo del mar.
Era una tarea sobrehumana. Junto con sus empleados recorrían caminos de tierra con cañadones que ellos mismos fueron abriendo. No había maquinaria. Los árboles eran llevados en chatas tiradas por ocho caballos que quedaban exhaustos.
El tren que ya no pasa
A pocos metros de la entrada de la estancia hay una estación de trenes abandonada. Vive allí un hombre que vende lechones y gallinas. "Juancho", dice un cartel oxidado y casi ilegible. Ese era el nombre de la terminal ferroviaria a la que llegaban las especies que Guerrero mandaba comprar.
La línea dejó de funcionar en los años 70. Cuando Cariló (médano verde, en lengua nativa) comenzó a hacerse realidad, ésa era la principal vía de acceso. Había que bajarse del tren y hacer 30 kilómetros por ruta de tierra.
"Mi abuelo buscaba experimentar. Por eso pedía plantas a todo el mundo. Entre las especies que probó figura una caña traída de Africa que dio gran resultado y hoy se ve por todo Cariló", relató Eduardo Guerrero.
Entre los papeles que guarda en su museo hay cartas de consultas y comprobantes de compra de la época de la forestación. Construir el bosque llevó más de 20 años. Sólo en 1934 Guerrero pudo llegar con las plantaciones a las cercanías del mar. Se colocaron más de 500.000 plantas por año.
Entre los enemigos que tuvieron que superar los más de 300 hombres que trabajaron para erigir la ciudad se destacó la liebre, que hacía estragos en las plantaciones.
Los memoriosos recuerdan aún al hombre que más hizo para repeler la plaga y que podría ser considerado el primer habitante de Cariló: le decían el gaucho Elías, un empleado de Guerrero que vivía con su jauría en una cabaña.
Retazos de historia
Charles Viejo es sólo una parte de las tierras que heredó Héctor Manuel Guerrero. Allí quedan restos del casco original, diseñado en 1918 por Carlos Thays, el vivero y los galpones donde guardaba sus vehículos. Pero la tierra que él poseyó es una quinta, comparada con la propiedad que antes la incluía y que heredó su tía: Felicitas Guerrero cuando enviudó de Martín de Alzaga, con poco más de 20 años.
En la estancia todavía quedan retazos de la historia de esa mujer.
En la colección de carruajes hay uno que es totalmente negro, de 1850. "Dice la leyenda que en éste iba Felicitas cuando conoció a Sáenz Valente, que fue su último amor -señala hoy Eduardo Guerrero-. Se había perdido cuando venía hacia la estancia y se cruzó con él, que la guió hasta aquí."
Su amor por ese hombre la llevó a la muerte. Por él dejó de ver a Enrique Ocampo, su anterior pretendiente, que, despechado, la mató en 1872, en Barracas. Su único hijo había fallecido, y la estancia pasó a sus hermanos. Uno de ellos, Carlos, fue el padre de Héctor M. Guerrero.
El pionero de Cariló murió en 1953. Su idea se había materializado. Sus hijos continuaron la tarea y para 1965 empezó a fraccionarse el terreno. Ya había tractores y maquinarias. Con el tiempo llegó la ruta.
"De chico, para mí ir a Cariló era ir a una estancia", recuerda el nieto de Guerrero. Luego se abrieron las calles, las casas se reprodujeron incesantemente, se levantaron hoteles, la iglesia y el centro comercial.
El médano verde crece, pero por ahora nadie tocó los principios de su mentor: por sobre los árboles sólo se ven las estrellas y todavía reina el silencio, como en el campo donde una vez lo soñó.
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