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Bienestar

Agostina y Chenna, una nena desnutrida de Nueva Delhi, entablaron una amistad que les cambió la vida

Jimena Barrionuevo
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6 de marzo de 2018  • 00:54

Hambre, pobreza extrema, injusticias y dolor por donde mirara. Ese fue el panorama con el que se encontró Agostina Di Stefano cuando en 2014 y con 31 años aterrizó en Nueva Delhi, India. Había viajado con su esposo e hija de un año y medio por un contrato laboral de su pareja a través de Médicos sin Fronteras (MSF), una organización de acción médico-humanitaria que asiste a personas amenazadas por conflictos armados, violencia, epidemias o enfermedades olvidadas, desastres naturales y exclusión de la atención médica. Si bien se había desempeñado como profesora en zonas carenciadas del conurbano de la Argentina -Villa Fiorito e Ingeniero Budge habían sido las zonas donde había ejercido-, el shock de Delhi fue muy fuerte para ella. "En la India no hay manera de escapar de la realidad: podés estar en el tren más caro recorriendo Rajasthan por mil dólares la noche y vas a mirar para afuera y ver mutilados, muchedumbre, basura. En Delhi todo el tiempo ves gente luchar para mantenerse con vida. No es luchar para tener cosas, es realmente una lucha por sobrevivir. No hay que ir a ningún lugar en particular para cruzarte con estas cosas, salís a la calle y está todo ahí", asegura.

La dura realidad que estaba viendo le pasó factura. Agostina tuvo ataques de pánico y sentía que le faltaba el aire. "Cada vez que salía a la calle me enfrentaba con lo peor: gente enferma, mutilada, hambrienta. Realmente la pasé mal. Pensé en volver a mi país pero antes me propuse visitar diferentes proyectos para ayudar como voluntaria. Fue entonces que conocí a una niña con la que conecté inmediatamente: Chenna", recuerda.

Motia Khan fue el barrio y el refugio que la sacó de su estado de shock. Allí, entre adultos, ancianos y muchos chicos de diferentes edades, Agostina vio a Chenna, una nena de unos dos años y medio que estaba desnuda, con una panza prominente y las piernas tan delgadas que no podía mantenerse en pie. " Lloraba y me tiraba los brazos. Me impactó ver en sus ojos ganas de vivir. No es fácil de explicar, pero estaba acostumbrada a ver niños jugando, llorando por cosas normales, caprichos o lo que sea. Pero esta mirada era diferente; es como si esos chicos supieran lo que les está pasando. Chenna se aferraba a la vida. Y me miraba con ojos despiertos como diciendo ayudame".

En cuanto Agostina tomó en sus brazos a Chenna, supo que tenía parásitos. Había llegado junto a un grupo de voluntarios a ese refugio y la próxima visita estaba programada para dentro de tres semanas. "No podía imaginar dejar a esa niña sin su medicina tanto tiempo, así que sin conocer el barrio y sin hablar una palabra de hindi salí corriendo a comprar un antiparasitario. Volví y se lo di", detalla Agostina.

Tres semanas después, cuando regresó al refugio, el medicamento había surtido efecto y Chenna estaba en franca mejoría, aunque seguía muy delgada. Por eso, además de estimularla con juguetes y cartas didácticas, comenzó a llevarle comida a diario. "Fue una ayuda mutua: Chenna estaba débil físicamente y yo mentalmente. Yo volví a ese lugar por ella y, mientras nuestra relación se afianzaba, yo iba a diario al refugio a aprender y a ayudar en lo que podía a esa gente. Entendí quiénes eran y sus necesidades. Pude conocer la historia de Chenna y a su madre Sakri, una mujer muy joven que, al momento de mi llegada, estaba atravesando una difícil situación personal: su marido la golpeaba y ella, que trabajaba todo el día vendiendo globos, había entrado en una profunda depresión y, por lo tanto, no se podía ocupar de sus hijos. Pero yo sabía que si la ayudábamos, tanto ella como Chenna se iban a reponer", explica.

Ver para aprender

Agostina ya estaba enfocada nuevamente en ayudar a los otros y se propuso encontrar una comunidad con la que trabajar: Motia Khan le estaba abriendo las puertas para concretar un sueño. "Yo buscaba un proyecto, una comunidad para trabajar. No era que buscaba un pasatiempo, quería algo más comprometido. Empecé a ir a observar cómo vivían, siempre con respeto de no meterme sin ser invitada. Imprimí las hojas del censo indio de 2011 y censé a las 25 familias que vivían en ese refugio con la ayuda de una amiga que hablaba hindi. Ahí supe que eran de la tribu Pardhi, oriundos de Maharastra y que habían llegado allí en los ´70 escapando de una hambruna". También aprendió que las indias no deciden cuántos hijos tienen, que los maridos las obligan a seguir embarazándose, que en la India no hay planes ni asignación universal y que el trabajo en negro es la regla. "Entonces, cuando sos viejo o sea a los 50 en el caso de esta gente, tu familia te tiene que mantener y cuidar porque no podés ampararte en el estado. Por eso la familia debe ser numerosa. Como si fuera poco, la tasa de mortalidad de los niños menores de cinco años es muy alta, sobre todo entre los pobres como el caso de Chenna y su mamá; entonces te encontrás con que cada familia tiene al menos un niño muerto y muy frecuentemente otro niño perdido o robado con lo cual hay que tener más de un hijo".

Mientras investigaba, cuidaba a Chenna y a los otros niños, Agostina escribía en un blog y posteaba las fotos en Instagram. Poco a poco, sus seguidores empezaron a interesarse cada vez más en lo que sucedía en ese refugio. "Un día, una seguidora que fue a Delhi de vacaciones me trajo dos valijas de ropa con cuadernos y colores. Los llevé al refugio y los chicos y los adultos se volvieron locos, no paraban de colorear los libritos. Algunos no sabían cómo, nunca habían pintado. Ahí me di cuenta de que podía animarme a armar una pequeña escuelita. No soy del tipo occidental que llega y dice hola, seres no educados, les abro una escuela porque es lo que necesitan sino que quise esperar a que ellos lo pidieran o manifestaran la necesidad. Al fin y al cabo era yo la que estaba aprendiendo de ellos".

Unos meses más tarde, Agostina pudo dar un paso más y, con la ayuda de donaciones y un grupo de francesas expatriadas, logró abrir una escuela en el refugio. Los seguidores de Instagram compraban en Amazon.in y hacían llegar útiles y juguetes para la tribu. "La escuela se abrió gracias a tanta gente en Argentina que empatizaba con esta historia. Ni los niños del refugio ni sus padres ni abuelos, nadie nunca había ido a la escuela. Es la primera generación que aprende a escribir y leer. Hoy la escuela se mudó a un lugar cerca pero mucho más lindo, asisten 120 niños por día que comen y estudian y se sienten contenidos. Se mantiene gracias a sponsors que tenemos tanto en Francia como en India. Y también gracias a los argentinos que siempre donan. Sé que la critica fácil sería ¿por qué ayudar a una escuela en India con todas las escuelas que necesitan apoyo en Argentina? Creo que si uno se engancha y dedica su vida a un proyecto, no importa dónde sea, uno empatiza con eso y ya".

Agostina se mudó con su familia a Indonesia pero viaja cada dos meses para visitar la escuela y para ver a Chenna, que hoy tiene siete años y con quien sigue teniendo un vínculo muy especial. " Chenna me enseñó a ser paciente y a que no tengo que estar siempre de acá para allá. Cada vez que nos reencontramos, nos abrazamos y estamos un rato en silencio. A ella le gusta estar tranquila, en paz, en silencio. Y esa calma me encanta", concluye.

La voz del especialista

La Dra. Magdalena Goyheneix es pediatra, tiene una subespecialidad en nutrición infantil y un Master en Nutricion para la salud global. Además, trabajó en Médicos Sin Fronteras, con un enfoque particular en desnutricion aguda severa. Actualmente se desempena en el Departamento de Maternidad, Infancia y Adolescencia (DINAMIA) en el Area de nutrición, en el Ministerio de Salud Nacional y en este audio explica cuáles son las consecuencias de la desnutrición infantil y cómo afecta el desarrollo de ese chico que la padece.

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