
Cómo la crisis cambió de raíz la vida de 30 mujeres profesionales
Fuerte impacto en lo personal y lo laboral
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Para ellas, ya nada es igual. Hace tres años no hubieran creído cómo un mes cambiaría sus vidas. Diciembre de 2001 precipitó el impacto de la crisis en la agenda personal y laboral de 30 mujeres. Cambió todo: hasta la imagen que ven cuando se miran al espejo.
Son profesionales y tienen trayectorias como para estar orgullosas. Sin embargo, sienten que sus títulos son la llave de una puerta a la que le cambiaron la cerradura. Trabajan entre 12 y 16 horas diarias, pero para ganar igual o menos que antes. Conviven con una imagen negativa de ellas mismas. Y con enfermedades que llegaron de la mano de la nueva situación.
Estas son algunas de las consecuencias que dejó en un grupo de 30 mujeres profesionales la crisis económica y social, según un monitoreo que desde mediados de 2000 vienen haciendo dos investigadoras del Instituto Gino Germani de la Facultad de Sociología de la Universidad de Buenos Aires, la socióloga Susana Masseroni y la psicóloga Susana Sauane.
"Mi trabajo es lo que me relaciona con el mundo. Mi profesión es producto de una profunda vocación", dijo en el año 2000 Sonia, arquitecta de una empresa multinacional. Un año más tarde, siente que le habían "vendido espejitos de colores" y se confesó frustrada. En enero contó que trabaja entre 12 y 16 horas diarias y que, aunque nunca había padecido alergias, ahora debe llevar siempre corticoide inyectable en la cartera para prevenir un edema de glotis, como consecuencia del estrés al que se ve expuesta a diario. Según contaron las entrevistadas, el trabajo ya no tiene horarios ni hay días de descanso. Lo aseguran tanto las que ocupan importantes cargos en empresas, como las independientes. Tienen dos o tres empleos, mientras que sus esposos, también universitarios, están cada vez más tiempo en casa. Viven con pánico a quedarse sin trabajo.
Hace tres años, creían que habían llegado a ser quienes eran gracias al estudio y al esfuerzo. A sus hijos les decían que si querían ser alguien en la vida, tenían que tener un título. Hoy, muchas los apoyan si dejan de estudiar para trabajar. Para subsistir, en verdad. Porque la idea de sobrevivir se instaló con fuerza entre ellas desde aquel diciembre. Muchas sufren de alergias, úlceras, problemas cardíacos, males que antes les eran desconocidos.
El objetivo inicial del estudio de seguimiento de Masseroni y Sauane era analizar cómo las transformaciones de los 90 modificaron el significado del trabajo entre las representantes del género femenino con mayores niveles de capacitación y mejores salarios.
Para ello, entre 2000 y 2001, se entrevistó a profesionales universitarias en actividad, residentes en la Capital o en el Gran Buenos Aires, de entre 40 y 55 años, 29 de ellas casadas o divorciadas con varios hijos y una soltera. Pero en diciembre de 2001 se desató la mayor crisis social y económica de los últimos años y los datos recavados quedaron desactualizados por la vertiginosidad de los cambios.
Según las investigadoras, la crisis "sumó un traumatismo extremo a la situación laboral de estas mujeres", ya que se quebraron los valores sobre los que habían cimentado sus carreras. Por eso volvieron a reunir a las entrevistadas durante enero y febrero de 2002. Se realizaron cuatro grupos focalizados, centrados en los sucesos de diciembre. Un año después, en enero último, se las volvió a reunir.
En 2000, para ellas, su profesión significaba más que una posibilidad de autoabastecerse. Su profesión les brindaba valoración. Tenían una imagen positiva de ellas mismas, relacionada con el logro de haber concluido una carrera universitaria.
Consideraban que tener un título posibilitaba el ascenso social, un ideal heredado de sus padres.
"Durante la última década, las profesionales han visto progresivamente desmejorar las condiciones en que desempeñan sus tareas y también las de sus vidas. Todo se aceleró con la crisis de diciembre de 2001 y originó un quebrantamiento importantísimo con la imagen y la valoración de ellas mismas", explicó Masseroni.
Celulares encendidos
Hoy, a tres años del comienzo de la investigación, todas conservan su trabajo, pero en condiciones sustancialmente inferiores. Es muy delgada la línea que separa la vida privada de la laboral. Los celulares quedan permanentemente encendidos. No hay sábado, ni domingo, ni vacaciones.
Según los relatos, a partir de 2001, las jornadas se han extendido a 12 y hasta 16 horas. Y la crisis induce a que crean que cualquier divergencia puede transformarse en un despido. "Cada vez más son ellas las que están menos tiempo en casa. En cambio, sus maridos, la mayoría también profesionales, tienen menos trabajo, o durante la crisis quedaron desocupados, o se desempeñan en tareas de menor calificación que la que poseen", detalló Masseroni.
De las entrevistas que se hicieron en plena crisis surge que el caos social también interfirió en las relaciones familiares y, sobre todo, en el vínculo conyugal, aunque un año más tarde, ninguna se divorció.
En 2000, muchas entrevistadas comentaban que ante la incertidumbre de poder acceder en el futuro a una jubilación digna, ellas y sus maridos pensaban remediarlo con los ahorros de toda su vida activa. Esos ahorros que quedaron en el corralito."La confiscación del dinero acumulado en los bancos hizo que emergiera la sensación de haber perdido el futuro", asegura Sauane.
La crisis de diciembre de 2001 puso en jaque el valor del esfuerzo personal y del estudio como posibilidad de ascenso social, que aparecía en las primeras entrevistas. Confiesan que sufren el fracaso del proyecto familiar y estimulan a sus hijos a emigrar y a buscar otras posibilidades fuera del país.
En 2002 la crisis aparece como el final de todo. No había salida. La realidad se percibía sin salida porque la debacle económica era asociada con una ruptura institucional de todo lo conocido. Si entonces reinaba la desesperación y el terror frente al caos, durante 2003 prevalecen la desesperanza y la desazón, "emociones cercanas a las manifestaciones clínicas conocidas como depresión", dice Sauane.
Las mujeres se reconocen angustiadas, desesperanzadas, con un intenso dolor, depresión y desasosiego. Algunas dijeron que no querían que las vieran como estaba, ya que se sentían desbordadas. Todos estos cambios también produjeron manifestaciones orgánicas. Se mencionan cefaleas, insomnio, alergias, contracturas, úlceras y hasta problemas cardíacos.
Analía, según pasan los años
- En 2000: Analía es ingeniera. En la primera entrevista con las investigadoras habló de su compromiso con su profesión. Tiene un hijo que es estudiante universitario a quien habla de la importancia de un título universitario.
- En 2002: Descree de los valores por los que luchó en los 70. Cree que la crisis es el fin de todo. "Lo único que me da esperanza es la participación de la gente en cacerolazos", dice.
- En 2003: A su hijo le faltaban siete materias para recibirse pero dejó la facultad. Ahora hace fletes. "Uno siempre le dijo que tenía que recibirse, que un título es un título. Pero cada vez lo creo menos. La realidad es otra. A nosotros no nos hizo estar mejor".
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