Cómo los GLP-1 alimentan nuestra cultura enferma
La influencer Caroline Calloway relató cómo obtuvo una receta del medicamento pese a no tener sobrepeso; su experiencia reavivó la discusión sobre los estándares de belleza, la presión social y el uso indebido de estos fármacos
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NUEVA YORK.- La escritora y provocadora de la economía de la atención Caroline Calloway publicó un nuevo ensayo en Byline, que se presenta como “The Paris Review pero para personas con 10 horas de tiempo frente a la pantalla”, sobre el consumo de Ozempic. No tenía sobrepeso cuando comenzó a tomar el fármaco GLP-1 y describe cómo usó pesas ocultas en los tobillos al entrar al consultorio de un médico para que su Índice de Masa Corporal (IMC) la calificara “claramente” para obtener una receta en línea.
Calloway explica la forma en que el fármaco reduce sus apetitos por la comida, el alcohol, las drogas y la “gratificación a corto plazo” en general. Habla abiertamente de los desagradables efectos secundarios gastrointestinales que experimenta y concluye: “Es esto y estar flaca, o una resaca violenta, que se siente igual, y estar 15 libras más pesada”. Continúa: “No tengo la autodisciplina para cambiar mi psique ni la esperanza de vida para arreglar el patriarcado. Se me acabará el tiempo y moriré antes de ver que el mundo deje de tratar a las mujeres delgadas con más reverencia y gentileza que a la chica algo rellenita que alguna vez fui”.
Hubo una reacción predecible al ensayo de Calloway, y ella se defendió en los comentarios de Instagram al decir que su peso inicial saludable —no “rellenita” según ningún criterio médico— estaba “MUY por encima del IMC promedio en el centro de Nueva York y sostendré esa postura hasta el final. Aquí caminamos entre modelos”. Aunque todo su personaje público se basa en provocar —su actividad en internet fue descrita alguna vez en este diario como “travesuras virales”—, mi impresión es que realmente se siente así. Su incómoda franqueza ilustra de manera útil cómo la disponibilidad generalizada de los GLP-1 deformó aún más la forma en que la cultura estadounidense dominante ve el peso de las mujeres.
Varias cosas pueden ser ciertas al mismo tiempo sobre los GLP-1: son verdaderos milagros y pueden tratar una amplia gama de afecciones más allá de la obesidad y la diabetes. También suelen usarse de manera indebida, en parte porque les dijimos a las mujeres de múltiples maneras que la delgadez las hace valiosas. Como escribió mi colega Tressie McMillan Cottom, nuestra cultura “hace que ser gorda sea una carga para la mujer, una prueba de dignidad, trabajo, estatus social y ciudadanía moral”.
Dos nuevos estudios muestran la complejidad de la forma en que estos fármacos afectan a quienes los utilizan. El primero es un documento de trabajo para la Oficina Nacional de Investigación Económica de la economista de Harvard Rebecca Diamond, basado en datos del Estudio Understanding America de la Universidad del Sur de California. Diamond comparó a mujeres de entre 25 y 61 años que comenzaron a utilizar un GLP-1 para bajar de peso con mujeres que querían comenzar a usarlo pero todavía no lo habían hecho. El índice de masa corporal inicial de ambos grupos rondaba los 35 puntos, en el extremo inferior de la obesidad de Clase 2.
Como señala Diamond, ya existe una gran cantidad de investigaciones económicas que muestran que “las mujeres con mayor peso ganan menos, trabajan menos y tienen menos probabilidades de casarse o convivir con una pareja”, y su estudio se suma a esa evidencia: Entre las mujeres que están solteras cuando comienzan, la probabilidad de estar casadas o vivir con una pareja aumenta 18 puntos porcentuales en general y 29 puntos porcentuales después de seis o más trimestres. La mejora se produce gradualmente a medida que pierden peso. Las mujeres que no tenían empleo al inicio también comienzan a trabajar. Su tasa de empleo aumenta 13 puntos porcentuales en general y 27 puntos porcentuales después de seis o más trimestres, y sus horas semanales aumentan casi 10 horas en el período más largo. Gran parte del aumento del empleo se debe a una salida del desempleo, y no de la jubilación o la discapacidad.
Curiosamente, Diamond descubrió que para las mujeres que ya estaban empleadas o en pareja cuando comenzaron a tomar un GLP-1 casi nada cambió, lo que sugiere que la “penalización por obesidad” para las mujeres es, en gran medida, un prejuicio vinculado a la primera impresión.
“Los mercados que responden son aquellos en los que alguien forma una impresión nueva sobre el peso corporal de una mujer: una posible pareja o un empleador que evalúa a una postulante que está desempleada”, explica Diamond.
Si el peso es solo una de las muchas variables que se tienen en cuenta, su impacto es menor. (Los hombres también enfrentan algunas penalizaciones económicas por la obesidad, pero son más reducidas que las que enfrentan las mujeres).
Una carta de investigación publicada recientemente en JAMA Psychiatry describe un estudio que estima la prevalencia del uso de GLP-1 entre personas con trastornos alimentarios. Casi todos los participantes eran mujeres.
Los investigadores descubrieron que el uso y abuso de GLP-1 es mayor entre las personas con trastornos alimentarios que en la población general y que algunas de ellas podrían estar intentando mantener su “psicopatología del trastorno alimentario mediante la restricción rápida y la pérdida de peso”.
También encontraron que más del 10% de los participantes con anorexia había probado estos fármacos.
Aunque los GLP-1 pueden ser un tratamiento prometedor para algunos tipos de trastornos alimentarios, como el trastorno por atracón, parecen mucho más riesgosos para mujeres con otros diagnósticos.
En 2024, Madison Muller, de Bloomberg, habló con varios especialistas en trastornos alimentarios que dijeron estar “viendo una afluencia de pacientes que recayeron después de tomar medicamentos como Ozempic”.
Agregó: “En otros casos, personas con riesgo de adquirir trastornos alimentarios desarrollan lo que un médico llama anorexia ‘inducida por GLP-1’ después de recibir inyecciones que nunca deberían haberles sido recetadas”.
Estos hallazgos me devuelven al artículo de Calloway.
Ella está sometida a la misma presión por ser delgada que sienten muchas —la mayoría— de las mujeres en nuestra cultura, pero en su caso, como influencer, esa presión sin duda está llevada al extremo.
Su sustento depende en mayor medida de su apariencia y, debido a que la extrema delgadez está de moda, claramente siente que debe ajustarse a lo que marca la tendencia.
A pesar de afirmar que Ozempic mejoró su vida porque ahora está flaca, Calloway también describe un estado físico y mental bastante deprimente.
Habla de sus brazos llenos de moretones y de episodios de vómitos, además de su falta de gratificación sexual a lo largo de toda su vida.
Si se lee entre líneas, Calloway nos presta un servicio.
Pinta una imagen de su batalla contra una cultura enferma y, de manera indirecta, nos hace saber que Ozempic en realidad no la está ayudando a ganar esa batalla.
Notas finales
William Finnegan, de The New Yorker, publicó un excelente artículo sobre el juicio de Thomas Plamberger, el austriaco condenado por homicidio involuntario por negligencia grave en la muerte de su novia, Kerstin Gurtner, cuyo cuerpo fue encontrado cerca de la cima del Grossglockner, la montaña más alta de Austria.
Yo había oído hablar de este caso en las redes sociales, donde se acuñó el término “divorcio alpino” para referirse a Plamberger y a otros hombres que abandonaron a sus parejas durante excursiones de senderismo.
La historia que cuenta Finnegan es mucho más compleja y revela aspectos de los valores culturales austríacos relacionados con la autosuficiencia y la dureza.
(Aunque, para que quede claro, Plamberger parece haber sido absurdamente negligente, de una manera casi sociopática).
*Jessica Grose es columnista de Opinión de The New York Times. Escribe sobre familia, religión, educación, cultura y la manera en que vivimos actualmente.
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