
Cómo son y cómo actúan las mafias en el país
Por Héctor D´Amico De la Redacción de La Nación
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Horas antes de ser asesinado en una carretera del sur de Italia, junto a su esposa y a dos guardaespaldas, el juez antimafia Giovanni Falcone pronunció, ante un pequeño grupo de políticos llegados de Roma, una frase que con el tiempo se convertiría en una suerte de epitafio.
"La primera condición para luchar contra el crimen organizado es aceptar que existe -les dijo- y, lo segundo, tener la íntima convicción de que al combatirlo estamos ayudando a hacer un país mejor." La sencillez de sus palabras tiene la virtud de poner en blanco sobre negro, al alcance de todos, un requisito esencial para enfrentar a las mafias: que exista la voluntad política de hacerlo.
Falcone estaba convencido de que uno de los efectos más devastadores del "delito sin huella", como él lo llamaba, no es necesariamente la acumulación de riqueza y poder al margen de la ley, el soborno, la manipulación de las instituciones o la defraudación sistemática al Estado, sino la sombra de sospecha generalizada que proyecta sobre gran parte de la sociedad con la que convive, es decir, sobre justos y pecadores.
Pocos hechos son más desalentadores para la inversión y el progreso de un país que la desconfianza pública sobre la probidad de un juez o de un gobierno; a la inversa, ése es siempre un dato alentador para quienes se benefician burlando la ley.
Lo cierto es que en la última década, la de la convertibilidad, las privatizaciones y el blindaje, medidas orientadas hacia el crecimiento y la certidumbre, las mafias han proyectado más sombras sobre la sociedad argentina que en ningún otro momento de la historia.
La mayoría de los nombres está fresca en la memoria del lector: las mafias del oro, del Correo, del transporte, de la Aduana, los medicamentos, los combustibles, las carnes, la Anses, el PAMI y el lavado de dinero son las que más espacio han ocupado en los medios, aunque la lista es incompleta.
Crimen globalizado
El debate actual sobre la verdadera dimensión del lavado de dinero en la Argentina ha logrado, en lo inmediato, abrir los ojos de muchos funcionarios acerca de la fragilidad estructural que presenta el país a la hora de investigar y castigar el "crimen transnacional organizado", que es la denominación aggiornada -y más precisa- con la que organismos como Interpol, el Banco Mundial o el FBI se refieren hoy a la mafia.
Cuatro ejemplos, tomados al azar, son suficientes para ilustrar no sólo esa situación de fragilidad, sino también la preocupación que ésta genera en diferentes sectores de la sociedad.
- El sistema judicial no cuenta todavía con una sola computadora que les permita a jueces y fiscales cruzar datos, nombres, pistas y testimonios de expedientes que podrían formar parte de una misma estructura delictiva.
- En un mundo donde se lavan alrededor de 300.000 millones de dólares por año, el Ministerio de Justicia no contaba hasta hace un mes con la asistencia de un organismo específico antilavado como es la Unidad de Informac ión Financiera (UIF).
- La Policía Federal también tenía una fuerte limitación en este campo: su versión de la UIF, que se ocupará específicamente de los llamados "delitos complejos" y del terrorismo internacional, fue inaugurada hace apen as dos semanas.
- Cuatro de cada cinco empresarios argentinos consultados en 1999 por la empresa KPMG coincidieron en que el lavado de dinero era el problema más importante para la economía del país y que no se tomaban las medidas adecuadas para combatirlo; los 150 ejecutivos que opinaron dirigen muchas de las 1000 empresas que más facturan.
Agujero de 5000 millones
Toda sociedad organizada crece sobre el tácito pacto de la mutua confianza.
La existencia de mafias y la posibilidad de que éstas prosperen en la impunidad provocan esa sospecha general y desmoralizadora sobre la que alertaba el juez antimafia Giovanni Falcone.
En una sociedad sin culpables, todos pueden serlo. Y un Estado que no combate con eficiencia el delito, sobre todo aquel en el que se presume la participación del poder, por acción u omisión, se convierte ante los ojos de los ciudadanos en cómplice.
Varios especialistas, que en su momento investigaron las mafias de las carnes, de la Aduana, de los combustibles y de los piratas del asfalto, consultados por La Nación , estimaron que estas organizaciones defraudan al fisco en más de 5000 millones de dólares por año.
Ese monto, para darle una perspectiva más comprensible, equivale al 20% de las exportaciones argentinas o a la recaudación tributaria de todo un mes.
Los códigos
Algo más: el robo y la evasión, en estos casos, sólo son posibles gracias a una extensa cadena de otros delitos funcionales que van desde la extorsión y el soborno hasta el homicidio.
Las experiencias de países que han convivido durante años con estas organizaciones coinciden por lo menos en un punto: la percepción distorsionada, imprecisa, que tiene la mayoría de las sociedades respecto de las mafias contemporáneas.
Parte de esa experiencia puede resumirse así:
1) En toda mafia participa el poder. Siempre. Con frecuencia lo hace por omisión, encubriendo delitos.
2) El delito organizado se inserta no sólo en las instituciones encargadas de fiscalizar sus actividades, sino en todas aquellas que pueden ofrecerle impunidad o inmunidad.
3) Cualquier campaña antimafia que nace alentada por el miedo, la búsqueda de rédito político o la necesidad de calmar los reclamos concretos de la opinión pública está condenada al fracaso. Combatir la mafia es una misión de largo plazo que requiere pruebas, testimonios y sentencias judiciales, es decir, necesita de las instituciones.
4) El personalismo y las acciones estridentes en la lucha contra la mafia son habituales en los países que no cuentan con instituciones confiables. Anteponen la sobreactuación a la eficiencia.
5) Cuando una ley no es técnicamente idónea y su aplicación depende de la discrecionalidad del funcionario de turno, se convierte a menudo en aliada de los delincuentes.
6) Cada vez más países incorporan la figura del "arrepentido" para delitos mafiosos ; exigen, además mayores penas para los funcionarios involucrados.
7) Para la imagen de un gobierno es tan perjudicial exagerar el poder de las mafias como disimular su existencia.
Las mafias, al fin de cuentas, han recorrido un camino más largo que el de los Estados modernos que las combaten.
Fue la English Star Chamber, en 1610, la primera legislación que se ocupó de describirla y de alertar acerca de su peligrosidad. Advirtió que una asociación de delincuentes es más peligrosa que un criminal aislado y, además, que puede dominar un territorio mucho más amplio.
Orden de la serie
- En la edición de mañana, La Nación publicará la primera de las ocho notas y mesas redondas sobre la actividad de las mafias en la Argentina.
El orden de la serie es el siguiente: adulteración de combustibles y evasión, mafia de las carnes, lavado de dinero, falsificación de medicamentos, narcolavado, la industria de los juicios contra el Estado, piratas del asfalto y la mafia de la Aduana.
A los lectores: La Nación invita a los lectores a enviar sus opiniones, en no más de 20 líneas, firmadas y con número de DNI o de cédula, a: aportes@lanacion.com.ar o al fax 4319-1656, o por carta a LA NACION (Aportes), Bouchard 557, CP1106ABG, Buenos Aires.
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