
Compartir un oficio para salir del autismo
En los talleres de APNA, 27 jóvenes trabajan para superar su enfermedad
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Daniel, Guillermo, Jorge, Gustavo y Esteban son panaderos especiales: tienen entre sus manos muchísimo más que harina y agua. Juntos amasan la manera de conectarse con sus pares y salir a la comunidad.
Estos cinco jóvenes son integrantes de la Asociación Pro Ayuda a Niños Autistas (APNA), que fue creada en 1977 por un grupo de padres de chicos con este problema. Ahora, esos chicos son hombres.
En un terreno de nueve hectáreas en la localidad de Ingeniero Maschwitz, en el partido bonaerense de Escobar, APNA abrió un centro educativo terapéutico en el que 27 jóvenes, de entre 17 y 36 años, trabajan durante el día. También hay tres chicas.
Además de la panadería, la carpintería, una huerta orgánica y un taller de plástica ocupan su día. Una actividad por la mañana y otra por la tarde hacen que se acostumbren a una rutina en la que se sienten contenidos.
A las 17, los jóvenes vuelven a la sede que la fundación tiene en la ciudad de Buenos Aires, donde son retirados por sus padres para volver a sus hogares. Once de estos chicos se quedan en la casona porteña, ya que no tienen familia o no pueden convivir con ella.
"El trabajo es la clave. A estos chicos nada los convocaba, pero ahora sienten la responsabilidad de hacer lo que otros van a comer -explicó Francisco Mina, un licenciado en Filosofía y psicólogo social que ahora dirige los talleres-. Hacer una misma tarea los reúne y los organiza. El trabajo como tal los rehabilita."
Marcelo Cattáneo, pedagogo artístico terapéutico; Gabriela Straimbrecher, psicóloga; Fernando Alicino, profesor de educación física; Jorge Stolpino, Juan Carlos Caro y Alberto Dirassar recibieron el último mes sólo la mitad de sus sueldos. Al verlos trabajar, se entiende que la recompensa que buscan no es la material. Todos ellos convierten cada simple tarea en una oportunidad de aprender. Para los chicos, para las familias, para ellos mismos.
Abrirse a la comunidad
Una de las principales consecuencias del autismo es la carencia de habilidades para comunicarse y la falta de relaciones sociales. Los padres de estos jóvenes y los especialistas que los acompañan combaten a diario -y con mucho esfuerzo- estas patologías. Y todo parece indicar que lo logran.
Los panaderos salen a vender el pan que hace unas pocas horas hicieron en un carrito de madera que nació en el taller de carpintería de APNA. Los frutos de la huerta orgánica o los huevos que ponen las gallinas de la granja también son productos que se cotizan en la zona.
Además de su pequeña comunidad, los jóvenes de la fundación se conectan con los vecinos de Maschwitz, que ya los conocen por sus propios nombres.
Sin ir más lejos, María Julia, la vaca de la granja, fue una adquisición en la que toda la zona colaboró. "Costaba 200 pesos y no podíamos comprarla. Así que hicieron un rompecabezas de madera con la figura de una vaca, de 20 fichas, que vendieron a los vecinos. A cambio, los chicos del barrio vienen a aprender a ordeñarla", recuerda Mira.
A partir de APNA, los hijos de Susana Pravaz, María Elena Cosentino y Ana María Garciarena, presidenta, tesorera y secretaria de la fundación, respectivamente, empezaron a hacer cosas que hasta entonces parecían imposibles. "Este sueño nos costó 22 años de lucha", dicen. Sostener la fundación es una ardua tarea. Y a veces también muy triste.
Las deudas del Consejo del Menor y la Familia y de PAMI no hacen sino empeorar las cosas. "Hay chicos que no podemos recibir porque no tenemos presupuesto y lo que debemos nos preocupa -asegura Pravaz-. ¿Qué necesitamos? ¡De todo! Todo lo que sirva para equipar una casa con 27 hijos: camas, colchones, vajilla y alimento para los animales de la granja.
"Nuestra idea es refaccionar una casa que tenemos aquí cerca para que ellos vivan cuando sean más grandes -cuenta Susana-. Y entonces empezar de nuevo: traer a otro grupo de chicos autistas, de la edad que ellos tenían cuando llegaron acá." Los teléfonos de APNA son 832-3972 y (0488)41-761.
Cada uno de los 27 chicos encierra una historia que merecería ser protagonista de una nota aparte.
Pero, al mismo tiempo, todos son parte de una historia: la de los que aprendieron con trabajo a salir de su pequeño mundo, la de los que amasaron su propia integración, la de los que cosecharon un futuro.



