
Convivencia entre tobas y gauchos
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MACHAGAI, Chaco.- Tierra donde el calor abruma y el yacaré se hace fuerte, donde el espinillo convierte casi todo en monte y las vacas entierran sus garrones en los esteros, donde el cuervo acecha en bandadas que oscurecen el cielo y viven hombres con idiosincrasias completamente diferentes: criollos y tobas.
Así es. Cuando la tierra, el clima o la región normalmente unifican las costumbres que tiene la gente para pasar sus días, aquí conviven, alegremente a veces, con algún encono otras, los gauchos y los aborígenes. A las diferencias ancestrales no hace falta mencionarlas, pero a las del presente cotidiano ni siquiera las puede acercar la mismísima tierra.
Los indios tobas se desvelan en reclamos, los gauchos pobres no entienden por qué hay prebendas para unos y deberes para otros.
Los indios mantienen con alguna cerrazón y mucho orgullo el pertenecer a la raza; los criollos, la arrogancia típica que históricamente les dio la liberalidad de su carácter.
Ya no se trata de indios avasallados ni de gauchos perseguidos. El tema pasa por distintas formas de vida que van desde la comida hasta el trabajo o desde la palabra hasta la religión. Pero en medio de todo eso también aparece algún recelo que no se esconde y sería falsear la verdad no contarlo en medio de una Argentina que hoy está sobrecargada por enfrentamientos políticos mucho más graves. Este, en cambio, jamás podría calificarse de enfrentamiento, apenas de antinomia (contradicción entre dos principios racionales).
Un pastor por cacique
A 20 kilómetros de Machagai, camino hacia Quitilipi, existe uno de los poblados tobas dentro de la reserva de 23.553 hectáreas que en 1911 entregó el gobierno. De los más de 6000 aborígenes diseminados en la gran reserva, viven en ese pueblo 46 familias.
Se llama Dalaik´Ma (nueva población). Allí son todos evangélicos, y Celestino Ortega, el fundador del caserío, es el pastor.
Hombre de piel oscura y rasgos bien marcados, camina alrededor de la iglesia, por los jardines en donde está la escuela, y cuenta con pocas palabras cómo se vive por allí.
Habla de religión: "No me acuerdo mucho, pero una vez vinieron unos señores de los Estados Unidos trayendo el mensaje del Evangelio y para nosotros fue una buena manera de poder culturizarnos".
Cuando se le pregunta cómo fue que se hizo pastor, sólo responde: "Yo no entiendo mucho, pero la gente confía en mí. Lo que les digo a todos es que no hay que pelear ni robar".
Desde un salón sale una música con mucha armonía y perfectamente entonada. Se trata de un coro a cargo de Angel Ribero (18) y el estribillo dice: "Oh, qué bueno es alabar a Jesús". Ribero cuenta que esa música se denomina rock folklórico. La cantan una vez y otra mientras afuera se suma a la charla con el pastor otra persona un poco más elocuente y política: "Estos chicos están cantando lo que se predica. A mí, el Evangelio me puso en el lugar que tenía que estar y estoy bien", comenta después del saludo Alfredo José.
Espontáneamente, dice que a pesar de vivir en una comunidad "nos sentimos ciudadanos bien argentinos". Luego explica la división de las tierras: "Tenemos un título comunitario y nos dividimos las parcelas; una de 50 metros por 75 para cada familia. Además, nos repartimos unas cuatro hectáreas para cada uno para poder tener nuestra huerta".
El barrio tiene un presidente; se llama Basilio Eme y confirma que ellos no pagan impuestos por sus propiedades. Otro hombre dice por lo bajo que lo que quieren es que cada terreno se pueda escriturar individualmente, pero que "el gobierno no nos hace caso".
Unos metros más allá de la iglesia, José Cristóbal, un fabricante de ladrillos, se define como artesano y muestra sus vasijas. "Tomen, lleven estas pequeñitas por dos pesos cada una."
El pastor comenta que uno de los ingresos de la comunidad viene de las artesanías en barro y cestería, y rápidamente reclama: "Queremos una sala de primeros auxilios, medicamentos, un taller de fierros y un teléfono, pero no nos lo dan. Todo son sólo promesas".
Cuando se les pregunta sobre su relación con sus vecinos criollos contestan escuetamente: "Somos distintos. Nosotros tenemos lo nuestro y ellos lo suyo".
Sin mucho más por decir, los hombres se despiden gentilmente y enseguida forman una ronda en donde corre el tereré (mate frío).
La noche cae sobre Dalaik´Ma. A unos kilómetros de la reserva, el alba despierta a Clara Alvarez (65) en su campito llamado La Santa María.
El nombre no es casual porque esta mujer es profundamente devota y en una pequeña capilla en donde reza todos los días tiene una imagen de la Virgen de Itatí. A poco de haber clareado, la mujer ensilla, sale a buscar las lecheras, ordeña y se pone a hacer quesos y dulce de leche.
Al mediodía come un guiso de charque (carne secada a la sal) y sigue con su trajín en la huerta. "Para mí no hay sábados ni domingos, porque me pongo muy triste si no ordeño", cuenta doña Clara, una mujer que pasó la vida sola por haber tenido un marido tropero. Y diez hijos a los que parió sin más ayuda que ella misma.
Respetuosamente, se refiere a los tobas: "Yo nos los entiendo mucho, porque a mí todo me cuesta, pago mis impuestos y si no vendo los quesos no entra la plata. Ellos deben tener más suerte, pero a mí nadie me ayuda. Además, tampoco dejaría".
El gaucho Pelusa
En Presidencia de la Plaza, a 20 kilómetros de Machagai, vive Pelusa Veuthey, uno de esos hombres que sabe hacer de todo. Y más si se adentra en el monte. Con su escopeta, a veces anda en busca de un chancho salvaje o de algún guazuncho, que rápidamente convierte en exquisitas milanesas.
"Acá en el Chaco hay que andar, porque si no te comen las garrapatas. Todo viene bien para la olla. Así es la vida de nuestros gauchos, muy sufrida. Lo que yo digo de los aborígenes es que piden todo y nosotros nada", cuenta Pelusa mientras se anima a agarrar una víbora curiyú que después del tiro todavía sigue viva.
José Moreno, un comerciante del mismo pueblo, opina parecido: "Ellos -por los aborígenes- tienen muchas hectáreas para hacer lo que quieran y aquí hay peones rurales que apenas tienen un ranchito. Me parece un poco injusto".
Un empleado de Machagai, Eduardo Pérez, dijo lo suyo con más dureza: "Los aborígenes también corren para el lado en donde hay un manguito, pero no pagan impuestos ni la luz y les llevan el agua gratis".
"Tienen un solo título comunitario y por eso no pueden escriturar individualmente, pero a veces nos hemos enterado de que algunos han vendido terrenos con un simple boleto de compraventa. Es más, muchos también tienen su ranchito en el pueblo. Eso le molesta a cualquier criollo, porque los indios viven de arriba, con todo subsidiado."
Más allá del diferente modo de vida y de algún recelo, lo cierto es que todos habitan un campo que tiene unos eneros sofocantes, que a veces pasa de la sequía a la inundación y en donde la vida, seguro, no es fácil para nadie.
Ni siquiera para los animales, como aquellos cuervos negros que, a veces, no encuentran ni siquiera de donde rapiñar.




