Coronavirus: una nueva teoría postula que el barbijo podría ser una especie de vacuna "en crudo"

Los científicos plantean una idea provocadora, que no ha sido comprobada: que los barbijos exponen al usuario a la cantidad justa de virus para provocar una respuesta inmunitaria protectora
Los científicos plantean una idea provocadora, que no ha sido comprobada: que los barbijos exponen al usuario a la cantidad justa de virus para provocar una respuesta inmunitaria protectora Fuente: LA NACION - Crédito: Alejandro Guyot
Katherine J. Wu
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9 de septiembre de 2020  • 16:09

NUEVA YORK (The New York Times).- A la espera de una vacuna segura y efectiva contra el coronavirus, hay un equipo de investigadores que postula una teoría nueva y muy provocadora: el barbijo podría contribuir a la inmunización "en crudo" de algunas personas contra el virus.

Esa idea no demostrada y que apareció en un comentario en el New England Journal of Medicine, se deriva del antiquísimo concepto de variolización: la exposición deliberada a un patógeno para generar una respuesta inmunológica. Usada por primera vez contra la viruela, esa riesgosa práctica finalmente cayó en desuso, pero allanó el camino para el nacimiento de las vacunas modernas.

La exposición enmascarada a un virus, por supuesto, no es sustituto de una auténtica vacuna. Pero los datos recogidos de animales infectados con el coronavirus y conocimientos deducidos de otras enfermedades sugieren que el barbijo, al limitar la cantidad de virus que ingresan en las vías respiratorias de una persona, puede reducir las chances de enfermarse. Y si de todos modos una pequeña cantidad de patógenos se cuela a través de esa prenda, eso podría alentar al cuerpo, según los investigadores, a producir células inmunitarias que tengan memoria del virus y que sigan presentes en el cuerpo para repelerlo de nuevo cuando haga falta.

"Ya sabemos que se puede cursar el virus de manera asintomática", dice la doctora Monica Gandhi, especialista en enfermedades infectocontagiosas de la Universidad de California en San Francisco, y una de las autoras del comentario publicado en la mencionada revista médica. "Por lo tanto, si con el uso de barbijo podemos aumentar la cantidad de pacientes asintomáticos, esa sería una forma de variolizar a la población."

Eso no significa que la gente tenga que salir a contagiarse intencionalmente el virus con el barbijo puesto. "No es la idea", dice Gandhi. "Como tampoco las fiestas de contagio", agrega, en referencia a las reuniones sociales de personas sanas con enfermos.

Si de todos modos una pequeña cantidad de patógenos se cuela a través del barbijo, eso podría alentar al cuerpo, según los investigadores, a producir células inmunitarias que tengan memoria del virus y que sigan presentes en el cuerpo para repelerlo de nuevo cuando haga falta.

La teoría no puede demostrarse de manera directa sin ensayos clínicos que comparen lo que ocurre con personas con y sin barbijo expuestas al virus, un escenario experimental reñido con la ética. Y aunque a varios expertos los intriga esta teoría, se muestran reacios a aceptarla sin más datos, y aconsejan una interpretación cuidadosa.

"Una conclusión apresurada"

"Parece una conclusión apresurada", dijo Saskia Popescu, epidemióloga de Arizona, que no participó en el comentario. "No hay mucho para apoyarla".

Una mala interpretación de esa teoría puede inducir una falsa sensación de seguridad que nos haga correr más riesgo cuando tenemos el barbijo puesto, o por el contrario, tal vez incluso reforzar la falsa noción de que los tapabocas no sirven contra el coronavirus, ya que no protege del contagio a quien lo usa.

"La gente tiene que seguir tomando todas las medidas de prevención", dijo Popescu. Y eso significa estar alerta para evitar las aglomeraciones, cumplir con el distanciamiento físico y la lavarse frecuentemente las manos, comportamientos cuyos efectos son acumulativos y no reemplazables.

Las bases

La teoría de variolización con coronavirus parte de dos supuestos difíciles de probar: que dosis bajas del virus producen cuadros más leves de la enfermedad, y que las infecciones leves o asintomáticas pueden estimular una inmunidad a largo plazo contra recidivas de la enfermedad. Aunque hay precedentes de ambos efectos en el caso de otros patógenos, la evidencia sobre coronavirus sigue siendo escasa, en parte porque los científicos solo han tenido la oportunidad de estudiar el virus durante unos pocos meses.

Una mala interpretación de esa teoría puede inducir una falsa sensación de seguridad que nos haga correr más riesgo cuando tenemos el barbijo puesto, o por el contrario, tal vez incluso reforzar la falsa noción de que los tapabocas no sirven contra el coronavirus, ya que no protege del contagio a quien lo usa

Los experimentos en hámsters sugieren una conexión entre la carga viral y la gravedad de la enfermedad. A principios de este año, un equipo de investigadores en China reveló que los hámsters alojados detrás de una barrera hecha de barbijos quirúrgicos tenían menos probabilidades de infectarse con el coronavirus, y los que contrajeron el virus se enfermaron menos que otros especímenes no protegidos por esa barrera física.

Algunas observaciones en humanos también parecen apoyar esa tendencia. En lugares abarrotados donde la gente usa barbijo de manera generalizada, las tasas de contagio parecen caer en picada. Y aunque los tapabocas no bloquean todas las partículas de virus que pueden ingresar en todas esas personas, su uso sí parece relacionado con menos enfermedad. Los investigadores han descubierto brotes mayormente invisibles y asintomáticos en lugares que van desde cruceros hasta plantas de procesamiento de alimentos, donde casi la totalidad de la gente usa barbijo.

Hay datos de la relación entre la cantidad de virus a la que uno se expuso y los síntomas posteriores de otros microbios que atacan las vías respiratorias humanas, incluidos los virus de la influenza y las bacterias que causan la tuberculosis.

Caja negra

Pero a pesar de décadas de investigación, la mecánica de las enfermedades aerotransportadas sigue siendo en gran medida "una caja negra", dice Jyothi Rengarajan, experto en vacunas y enfermedades infecciosas de la Universidad de Emory, quien no participó en el comentario.

Según Rengarajan, en parte eso se debe a que es difícil precisar la dosis de patógeno necesaria para enfermar a una persona. Y por más que los investigadores finalmente logren establecer una dosis promedio, el resultado variará de una persona a otra, ya que factores como la genética, el estado inmunológico de una persona y hasta la estructura de sus ductos nasales pueden influir en la cantidad de virus que llegan a colonizar el tracto respiratorio.

Confirmar la segunda mitad de la teoría de variolización -que las máscaras permiten una entrada dosificada del virus, en cantidad suficiente para preparar el sistema inmunológico- es aún más complicado. Aunque varios estudios recientes han señalado la posibilidad de que los casos leves de Covid-19 puedan generar una fuerte respuesta inmunitaria al coronavirus, es imposible demostrar una inmunidad duradera mientras no haya datos de pacientes recuperados hace muchos meses.

Para Rasmussen, no hay que olvidar que las vacunas son intrínsecamente menos peligrosas que las infecciones reales, por eso cayeron en desuso las prácticas como la variolización, a veces también llamada inoculación

En general, la teoría "tiene algunos méritos", dice Angela Rasmussen, viróloga de la Universidad de Columbia, quien no participó en el comentario. "Pero sigo siendo bastante escéptica".

Para Rasmussen, no hay que olvidar que las vacunas son intrínsecamente menos peligrosas que las infecciones reales, por eso cayeron en desuso las prácticas como la variolización, a veces también llamada inoculación. Antes de que se descubrieran las vacunas, los médicos se las arreglaban frotando trozos de costras de viruela o pus en la piel de personas sanas. Las infecciones resultantes por lo general eran menos graves que los casos de viruela que se contagiaban de la forma típica, pero "definitivamente hubo gente que contrajo viruela y murió por variolización", dice Rasmussen. Y la variolización, a diferencia de las vacunas, puede hacer que la persona contagie a los demás.

Gandhi reconoce estas limitaciones y señala que la teoría no debe interpretarse como algo más que eso: simplemente una teoría. Pero insiste: "¿Por qué no aumentar la posibilidad de no enfermarse y tener algo de inmunidad hasta que llegue la vacuna?"

(Traducción de Jaime Arrambide)

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