Crimen de Villa Gesell: el scrum de la masculinidad en crisis

El asesinato de Fernando Báez Sosa vuelve a cuestionar los "valores" del rugby, pero habla también de una problemática más amplia
El asesinato de Fernando Báez Sosa vuelve a cuestionar los "valores" del rugby, pero habla también de una problemática más amplia Crédito: Juan Martín Ayerbe
Ignacio Pereyra
(0)
11 de marzo de 2020  • 11:34

La opinión era unánime: a sus 16 años, como fullback o como wing, Tomás Centola era el más destacado de la notable camada 1980, esa con la que el CASI dominó el rugby juvenil de Buenos Aires y que incluso le aportaría jugadores a Los Pumas. Talento, explosión y ambición parecían allanar el camino de Centola hacia su sueño de alcanzar la primera del club y aspirar al seleccionado argentino. En marzo de 1997 debía presentarse al primer entrenamiento con Los Pumitas. Pero faltaban las vacaciones.

La tarde del sábado 11 de enero de 1997, Centola jugó un torneo de tocata en la playa de Pinamar. Se alegró con el segundo puesto: en la final perdió contra dos estrellas de su club, Patricio "Colo" Fuselli y Agustín Pichot. "¡Pura magia! ¡Imposible ganarles a esa edad! Pero les metí tres tries, eh", dice Centola con una sonrisa que se le apaga al recordar cómo continuó el día. Esa tarde llegó a Pinamar el resto de su grupo de amigos, formado por jugadores del CASI y del San Fernando. Para varios de ellos, las peleas eran habituales. No fue raro que, al bajar del tren, se cruzaran con otra bandita. Tuvieron un entredicho, un momento de tensión. "Pero no hubo pelea. Eran de Excursionistas, creo", dice Centola. Las cosas no pasaron a mayores, pero hubo una promesa contra los rugbiers: "Los vamos a buscar y los vamos a encontrar".

A la noche, Centola fue con sus amigos al bar Ibiza. Cuando promediaba su segundo porrón y bailaba con una chica sobre una mesa, vio a sus amigos empujándose con otros. "Voy a ver qué pasa y se empiezan a dar para el campeonato", rememora. Con sus 184 centímetros de altura y 80 kilos de "pura fibra", Centola dice que empezó a separar a los que se peleaban cuando vio a su derecha una moza con dos Quilmes de litro sin destapar. "Un chabón agarra una botella y la revolea. Me cubro y la parte de atrás me pega en el antebrazo y el pico me da de lleno en el parietal frontal derecho. Quedo medio estúpido unos 15 segundos. Y yo, ahí, el más rápido de la división, los corro y a media cuadra engancho a uno: le pongo una zancadilla de atrás que todavía está gritando porque la rodilla le quedó en el hombro, así que imaginate lo que le pegué. Pero una sola patada, eh, y no en el piso".

Centola volvió al bar -horas más tarde clausurado por falta de habilitación- y le dijeron que se hiciera curar el corte del botellazo. "No quería. A esa edad te creés Dios, ¿viste?", comenta y larga el humo del cigarrillo en una exhalación sostenida. En el hospital de Pinamar le suturaron la herida y se fue acompañado por los padres de un amigo. Se quedaron un par de horas despiertos y luego se fue a dormir. "En la cama, de repente empiezo a vomitar. Me llevan a la salita otra vez, pero a las tres cuadras me dormí. Me levanté veintipico de días después en Buenos Aires".

***

Pasaron 23 años de esa noche y en el CASI se vuelve a hablar del caso Centola: de "lo que hubiera sido Tomy, el mejor de todos", de "cómo cambiaron las cosas" y de "nos peleamos mil veces y tuvimos suerte". Puertas adentro, el ambiente del rugby está aturdido, sin entender cómo reaccionar. El asesinato de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell, el 18 de enero en la puerta del boliche Le Brique, estremeció a la sociedad. Causan pavor y angustia las imágenes: una ráfaga de piñas y patadas en la cabeza a un pibe de 19 años de menor porte físico y al que nunca se lo ve defenderse.

Diez jugadores de rugby -uno del CASI, nueve del Náutico Arsenal Zárate- fueron detenidos. Enseguida se difundieron nombres, rostros e historias de los encarcelados: Luciano Pertossi (18 años), Ayrton Viollaz (20), Matías Benicelli (20), Blas Cinalli (18), Máximo Thomsen (20), Enzo Comelli (19), Ciro Pertossi (19), Lucas Pertossi (20), Alejo Milanesi (20) y Juan Pedro Guarino (19).

"No tienen idea de qué es el rugby ni de los valores", se indigna Centola, que admite que entre los amigos de su adolescencia algunos "iban a cagarse a palos" al boliche. "Yo, si me peleaba, era por una causa justa -dice-. Si alguien caía, se terminaba la pelea. No le voy a pegar una patada en el piso a alguien porque es una falta de respeto, una locura. Si te peleás, te peleás de parado".

La brutalidad del asesinato de Báez Sosa es el último eslabón de un fenómeno que lleva décadas in crescendo. Las peleas y tragedias protagonizadas por rugbiers no son novedad, pero en los últimos años encontraron una resonancia exponencial con las redes sociales y, a su vez, por el creciente rechazo a la violencia. El caso de Báez Sosa es la máxima expresión: nunca un asesinato estuvo tan filmado y a la vista de tantos testigos. No había policías ni adultos que detuvieran la matanza, pero sí celulares para registrarla. Podría haber sido una escena de Black Mirror, pero fue en una noche de verano en el centro de Villa Gesell, repleta de turistas.

"El rugby exacerba la unión corporativa, el sentimiento de fratria o cofradía. La victoria del rugbier tiene que ver con su lealtad a su agrupación, que es corporativa", sostiene la antropóloga Rita Segato, que deja en claro que la violencia no es patrimonio exclusivo del rugby.

Sin embargo, son frecuentes los hechos violentos que involucran a rugbiers. Basta revisar las noticias para encontrar más de medio centenar en los últimos quince años. Como pasó el 19 de enero de 2006, con las redes aún en estado embrionario, cuando Ariel Malvino (21) fue asesinado en la peatonal del balneario brasileño Ferrugem. En la causa penal, que aún aguarda juicio oral, están imputados tres rugbiers de Corrientes conocidos como "los hijos del poder": Carlos Andrés Gallino Yanzi, Horacio Antonio Pozo y Eduardo Braun Billinghurst, acusado de arrojar una piedra de 17 kilos a la altura del abdomen cuando Malvino yacía, tras ser noqueado por los otros dos.

Los casos más resonantes resultan los filmados. Como sucedió días antes del homicidio de Báez Sosa: en una fiesta en Punta del Este se ve a un rugbier uruguayo, identificado como Giano Bernardi, haciendo el gesto de "una más" a una chica, como pidiéndole permiso, para luego lanzar una trompada desde atrás contra Alejo Iturrieta. El joven de Bella Vista fue trasladado a Buenos Aires para ser operado por una fractura en la mandíbula.

Una cámara de seguridad en Monte Hermoso registró, el 9 de febrero de 2018, la salvaje trompada desde atrás que le provocó un coágulo en la cabeza a Emanuel Orta Díaz (17), que requirió intervención quirúrgica. En la pelea participaron los rugbiers pampeanos Cristian David Marsero y Marcos Emanuel Pascal (de 27), y Guido Gastón García (22), de Coronel Dorrego, condenado a cuatro años de prisión por causar secuelas de por vida a Orta Díaz.

También hubo denuncias contra rugbiers por violaciones y por difundir imágenes de la vida privada de mujeres. No son solo jugadores adolescentes o menos experimentados. En 2015, dos años después de debutar en Los Pumas, Pablo Matera quedó expuesto en una pelea en un boliche de Pilar, donde aparecía con el torso desnudo y en actitud amenazante. La Unión Argentina de Rugby lo suspendió por un par de partidos y luego fue el capitán de Los Pumas en el último Mundial.

***

A horas del asesinato de Báez Sosa, diez sospechosos fueron detenidos
A horas del asesinato de Báez Sosa, diez sospechosos fueron detenidos Fuente: LA NACION - Crédito: Hernán Zenteno

'Vi y viví muchas situaciones repudiables. Era chico y no lograba racionalizarlo, pero notaba que algo no estaba bien", dice el actor y comediante Ezequiel Campa, que jugó diez años en el CASI. "Un montón de gente se acerca al rugby y no es un animal como el que yo muestro", aclara el standupero con más de 116.000 seguidores en Instagram, donde comparte videos en los que interpreta a Dicky del Solar, un rugbier cristiano que busca reivindicar los "valores".

"Vi entrenadores, por lo general padres de jugadores o ex jugadores, que hablaban de lealtad y compañerismo y por otro lado fomentaban que le pasaras por encima al rival como fuera -recuerda Campa-. Vi pibes que salían a la noche directo a buscar pelea, a provocar al que los mirara mal o que sin querer se tropezara con ellos. Pelearse parecía lo que había que hacer, casi que no quedaba otra. La noticia de Fernando no me sorprendió. Conozco la violencia e impunidad con las que se manejan".

Dicky del Solar, que lucha contra el aborto y convoca a "donar iPhones" para gente "en situación de Android", habla en sus videos paródicos con un registro a veces difícil de diferenciar entre la realidad y la ficción: "Como Tony Benavídez, que cuando debutó en intermedia, se sacrificó por el equipo y dejó que le metiéramos un desodorante Axe en el culo -dice en uno de sus videos-. Le dolía mucho y parecía que no quería, pero al resto del equipo nos pareció muy gracioso y el video quedó bárbaro. ¡Thanks, Tony!".

Campa cuenta que en la calle se cruza con rugbiers que le hacen notar que sus videos son bien recibidos. "Sé que hay muchos que aman el deporte y quieren que toda esa mierda desaparezca. Me escriben todos los días, todos conocen a algún Dicky del Solar y quieren que no existan más", comenta, aunque a la vez que sostiene que, tras el caso de Báez Sosa, "fue una vergüenza que casi ningún histórico, referente, saliera a hacer autocrítica. No quieren que nada cambie".

***

El rugby reaccionó tibiamente luego del asesinato. La UAR, por caso, dijo que trabaja "en redoblar los esfuerzos" para que "estos casos no sucedan nunca más" y consideró que la institución puede ser "parte de la solución a la violencia entre los jóvenes". El comunicado fue repudiado principalmente porque habló de "fallecimiento" de Báez Sosa y no de un homicidio en patota.

"El tema está sensible", "no quiero problemas", "prefiero no quedar pegado", "no tengo autoridad moral", "¿qué voy a decir, si yo me peleaba todos los días?", fueron algunas respuestas recibidas durante la elaboración de este artículo. Al margen de Joaquín Tuculet ("Hay que mirar para adentro, algunas cosas no las debemos hacer más") y Matías Orlando ("Todos tenemos la responsabilidad de generar un cambio"), cuando ya había pasado un mes del asesinato de Báez Sosa resonaba la ausencia de jugadores de primera y de Los Pumas ensayando un cuestionamiento hacia dentro.

Tal vez por eso en los medios seguía apareciendo Tomás Hodgers, un rugbier de 23 años de Atlético Rosario sorprendido ante tanta atención de la prensa local y extranjera luego de que se hiciera viral una carta suya donde señaló que los rugbiers se creen moral y físicamente superiores. "Diciendo que fuimos nosotros vamos a poder mirar a los ojos a todas esas víctimas y pedirles perdón sin vergüenza. Vamos a poder decirles que somos responsables, pero que vamos a hacer todo lo posible para cambiar todo lo mal que se está haciendo", escribió Hodgers. "No veía a nadie del entorno del rugby que salga a decir nada con una tónica de autocrítica y sentí que había que hacerlo", cuenta el jugador. "Lo que enaltece a un deporte es la capacidad de autocrítica, decir que a lo mejor estamos haciendo algo mal y mirar para adentro, en vez de tratar de protegernos con esa especie de omertà".

¿Qué están haciendo mal? "Es una combinación de cosas muy mal hechas en el proceso educativo. La casa y el club tienen responsabilidad en el tipo de persona que estamos formando. No es un caso aislado. Hay un patrón y varios clubes que no hacen las cosas bien. Eso de cuidar a tu compañero en la cancha a veces lo trasladamos afuera y no es bueno. Entiendo el enojo de la sociedad. La gente ve a tipos que dicen ser los mejores del mundo, pero terminan matando a un pibe, violando a una piba. No puede pasar nunca más que un rugbier quede envuelto en estas cosas."

El club Biguá de Mar del Plata anunció que ya tomó medidas: prohibió el alcohol en los terceros tiempos, se terminaron los bautismos violentos y armará un ciclo de charlas-debate obligatorias para jugadores y entrenadores. Pero el sociólogo Juan Branz, investigador del Conicet, desconfía de la capacidad del rugby para construir una nueva masculinidad. "Es urgente una profunda reflexión colectiva entre los varones que participan del espacio y es fundamental la formación pedagógica en género de los entrenadores", dice el autor de Machos de verdad. Masculinidades, deporte y clase en Argentina.

***

Las peleas protagonizadas por rugbiers son tan reales como también es cierto que una mayoría de jugadores no ejerce esa violencia y existen otras expresiones inclusivas de este deporte como Los Espartanos -logró reducir el índice de reincidencia en las cárceles-, los Ciervos Pampas -primer club de diversidad sexual en Argentina y América Latina- o Los Pumpas XV, un equipo formado por personas con capacidades diferentes. No se trata de que el rugby sea una fábrica de asesinos, sino de que en la cultura de este deporte -como en otros ámbitos de la sociedad- se avalan, se celebran y se reproducen naturalmente una serie de violencias que luego alimentan una estadística dolorosa: en 2018 hubo 604 varones de entre 15 y 19 años que murieron víctimas de agresiones, según el Ministerio de Salud.

Los jugadores de rugby no crecen aislados, forman parte de un sistema de crianza que incluye padres, colegios y clubes, que a su vez integran una sociedad donde la fuerza es la herramienta masculina por excelencia. El psicólogo y doctor en filosofía Luciano Lutereau sostiene que la problemática no puede analizarse solo en función del rugby sino que se debe enfocar en un análisis profundo de los modelos de masculinidad, las lógicas de crianza de las clases medias "acostumbradas a zafar" y la crisis en el paso a la adultez. "A los padres de Fernando nadie les pidió disculpas en un primer momento. Hay un punto donde (los padres de los acusados) no se avergüenzan de lo que hicieron sus hijos", observa. A un mes del homicidio, la madre de Báez Sosa habló sobre los padres de los rugbiers: "Si se pusieran en mi lugar, ¿de qué hablarían? Que no se molesten ni siquiera en llamarme. Me destrozaron la vida".

En los primeros días tras el homicidio de Báez Sosa circuló un audio de uno de los rugbiers que decía que la noche les jugó "una mala pasada", denotando una falta de registro de lo que habían hecho. "Hay un modelo de crianza muy propio de nuestra cultura basado en infantilizar a los jóvenes. Como si hubieran hecho una travesura. No se piensan capaces de cometer un delito, eso sería algo de un adulto", dice Lutereau, que remarca que en el caso de Villa Gesell hay un factor de clase que "impacta mucho", donde a Báez Sosa lo llaman "negro de mierda", según los testigos. "Un colectivo se afirma a partir de segregar a un elemento inferior y haciendo de la degradación lo que permite el aniquilamiento subjetivo del otro", dice el autor de varios libros que analizan las juventudes de este siglo.

***

Como si fueran valores que no están en otros lugares de la sociedad, el mundo del rugby se enorgullece como modelo de respeto, compañerismo, lealtad, integridad, solidaridad, disciplina. Se apropia de esos atributos y desde ese supuesto brillo que es solo la punta del iceberg se atrinchera ante las críticas que señalan las contradicciones e incoherencias que durante años se naturalizaron y se escondieron, como el machismo, los excesos, la violencia de género y la homofobia. Muestra de la presión que ejerce un ambiente conservador y cerrado, el árbitro Nigel Owens, considerado el mejor del mundo, confesó que pensó en la castración química: "No quiero ser gay", le dijo a su médico y contó que evaluó suicidarse ante lo difícil que le resultó su confesión en 2007: "Es un gran tabú ser gay en mi profesión, tenía que pensarlo mucho. No quería poner en peligro mi carrera", dijo el galés, el primer árbitro en anunciar su homosexualidad.

Así como los valores de los que se jacta el rugby no son un patrimonio exclusivo suyo, la violencia tampoco lo es. "La masculinidad tóxica es la manera en la que podemos identificar miles de conductas naturalizadas durante cientos de años. Lo que antes se pensaba instintivo: los celos, el control, los golpes, los vejámenes, la humillación, el sometimiento. Hoy le ponemos un nombre más adecuado: tóxico. Pero esa toxicidad no es una enfermedad, nosotras decimos que se trata de hijos sanos del patriarcado", reflexiona la ministra de las Mujeres, Géneros y Diversidad, Elizabeth Gómez Alcorta.

¿Qué nos vino a mostrar el homicidio de Báez Sosa? "Se hizo evidente que tenemos enormes dificultades para pensar cómo construimos las masculinidades -planea Gómez Alcorta-. ¿Por qué la violencia es una conducta aprendida? No se trata de un deporte que hace que los varones sean violentos. Todos los días reproducimos discursos sobre un tipo de masculinidad que responde a una determinada conducta donde la violencia es igual a fortaleza y en la que los varones tienen que demostrar que son fuertes. En el deporte en general se construye la supremacía de la fuerza como un valor social e históricamente asociado a la virilidad.

Segato sostiene que el modelo de masculinidad y el patriarcado entraron en crisis, con el hombre cediendo terreno en su concepción de superioridad que durante años se ha adjudicado para pavonearse como el macho proveedor y el dueño de la potencia física, económica, intelectual, moral, política. Esto se derrumba. Y, para la antropóloga, esto explica por qué en el brote de violencia la primera víctima son los hombres: "Es una conflictividad permanente. Los hombres primero se victimizan entre sí, y como consecuencia de eso viene la victimización de las mujeres. En general buscan dominar a una mujer, pero en el caso de Gesell es un hombre a quien matan para demostrarse entre sí su capacidad de oprimir y que son miembros del pacto, de la cofradía, de la corporación masculina".

"La masculinidad está hipertrofiada, posiblemente porque no quedan otras muchas formas en que los hombres puedan demostrar su capacidad de opresión, crueldad y dominación -dice Segato-. Parecería ser que les quedan pocos medios para mostrarse hombres."

***

A Centola, que no pudo llegar a su primer entrenamiento con Los Pumitas en 1997, le costó salir adelante tras aquel botellazo en la cabeza en Pinamar. Tuvo tres coágulos cerebrales en el parietal frontal derecho. Pasaron seis meses hasta que se desinflamó el cerebro y le pudieron colocar una placa de acrílico. Su primer recuerdo es su novia dándole de comer cuando estaba internado. La recuperación fue dura y el regreso a la cancha, fugaz. Entró al hospital con 80 kilos y salió con 58,5. "Era una larva", dice. A fuerza de un cóctel de vitaminas inyectables y comida alcanzó 119 kilos. Usando casco, ocho meses después del botellazo, jugó un tiempo para CASI B contra Pueyrredón B. "Ganamos sobre el final, 23-21 o algo así. Al miércoles siguiente, uno de los entrenadores me separa y me dice que la Comisión Directiva no estaba de acuerdo con que siguiera jugando por tener una placa en la cabeza".

¿Y qué hiciste?

"Me bajoneé. Caí en algunos excesos. Yo empecé a jugar al rugby a los siete años. Vivía para eso. Iba a estar hasta el 31 de enero en Pinamar y ya me venía a Buenos Aires para estudiar abogacía y entrenar para Los Pumitas. Me tenía toda la fe. Amo el rugby."

En 2005 el CASI cortó una sequía de dos décadas sin ganar el torneo de la URBA. La camada 1980 de Centola tuvo una buena cuota de protagonismo: en la final contra el SIC fueron titulares Pablo Gambarini -también Puma- y Juan Campero, mientras que Federico Thomann fue el héroe al convertir sobre la hora el penal que le dio el triunfo al CASI por 18-17 sobre el clásico rival ante 15.000 espectadores. Centola sigue en contacto con sus ex compañeros, campeones tres veces en las divisiones formativas y de los cuales llegaron a la primera del CASI Ignacio Gortari y Federico Martín Aramburu (22 partidos en Los Pumas y anotó dos tries en el Mundial de Francia 2007, donde la selección salió tercera). "Todo el mundo decía que el mejor era yo, pero para mí siempre fue Fede Aramburu", dice Centola, que luego de vender teléfonos, perfumes y alternar otros trabajos, en 2005 se mudó de Martínez a Mechita, un pueblito bonaerense a 200 kilómetros de la Capital. "No le deseo a nadie que pase lo que pasé yo, es una cagada. Tuve la mejor vida, una vida de mierda después, y ahora estoy bien", asegura.

A los padres de Fernando Báez Sosa no les alcanzan las lágrimas para llorar a su único hijo. "Me trajeron su valija. Yo la había cargado con tanto amor, y me devuelven a mi hijo en un cajón. No es fácil sacar cada ropa porque había ropa sin lavarse. Lo olía, la ponía para oler y me tiraba arriba. ¿Por qué le hicieron esto?", se pregunta Graciela, la madre de Fernando.

Los rugbiers de Zárate esperan un juicio que puede desembocar en cadena perpetua. Desde una visión psicoanalítica, Lutereu dice que el asesinato nos debería interpelar a todos porque nos involucra a todos. Lamenta que, en una época en que los jóvenes no mueren en la guerra, pierden la vida por asesinatos o suicidios. "Es una tragedia en el sentido griego de la palabra -plantea-. Una tragedia es un acontecimiento que muestra algo de una sociedad en su conjunto, no solo un episodio que habla de aquellos que participaron. Cuando los griegos representaban a Edipo era porque todos éramos Edipo. Lo que muestra esta matanza de unos jóvenes contra otro joven es que la nuestra es una sociedad de linchamiento. Los pibes irán presos, pero fuimos todos".

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Sociedad

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.