
Cuando la inseguridad mata dos veces
La violencia les quitó en poco tiempo más de un ser querido; cómo es la vida después de tanto dolor
1 minuto de lectura'

Continuar con su vida es una tarea titánica. Por momentos, le es difícil seguir adelante con la carga a cuestas del sufrimiento, del profundo dolor. Agradece la bendición de tener una hija que la acompaña. Y más familiares y amigos en los que apoyarse. Como puede, todos los días procura hallar en su interior la fuerza necesaria para no entregarse.
A Julia Rappazzini nadie le puede hablar de sensación de inseguridad o enunciarle políticas para combatir la delincuencia.
Ella vivió la crueldad en carne propia con dos cimbronazos: en 2003, su esposo, Enrique Urbani, de 63 años, murió como consecuencia de los golpes que recibió en la cabeza durante una salidera bancaria.
En 2009, su hijo Santiago, de 21 años, fue asesinado a mansalva por delincuentes que ingresaron a robar en su casa de Tigre.
"El asesinato de Santiago fue lo peor que me pasó en la vida. No se puede comparar con nada", sostiene Rappazzini en diálogo con La Nacion.
El caso de familias que dos veces tuvieron que enfrentar el dolor por la pérdida de seres queridos como consecuencia de la inseguridad o de la violencia quedó reflejado no hace mucho tiempo cuando la presidenta de la Asociación Madres del Dolor, Viviam Perrone, le escribió una sentida carta pública a la filósofa Diana Cohen Agrest después de que el hijo de esta última, Ezequiel, fuera asesinado en el barrio de Caballito.
La realidad es que el crimen del marido de Rappazzini quedó impune. Antes de morir, el hombre logró hacer un identikit del delincuente que lo asaltó después de haber retirado dinero de una entidad bancaria de Tigre. Más tarde, advirtió que quien lo había atacado era un policía.
"Mi marido murió como consecuencia de los golpes que recibió en la cabeza y nosotros no seguimos adelante. No quería meterme en un embrollo", recuerda la mujer, a sabiendas de que esa actitud no le ha servido de mucho a la hora de hallar al culpable de tanto dolor.
En cambio, por el homicidio de su hijo, en abril pasado, Carlos Pérez Graham y Emiliano Herrera fueron condenados a 27 y a 20 años de prisión, respectivamente.
Otros dos adolescentes de 16 años fueron encontrados culpables por el mismo hecho, pero todavía no se dio a conocer la pena que deberán cumplir.
"Tengo miedo de enterarme por los medios de comunicación que, después de alguna apelación [de los defensores de los acusados], ellos están libres. Para nosotros, para mi hija y para mí, no hay justicia", afirma Rappazzini.
Esta especialista en bioquímica no sólo perdió a su esposo y a su hijo, también resignó su carrera como directora de hospital. Ahora se encuentra de licencia.
"Mi misión se acabó. No pienso trabajar para salvar vidas de delincuentes", explica con un tono decidido, marcado siempre por el dolor.
Rappazzini cuenta que su hija, Florencia, trata de sobrellevar la situación lo mejor que puede. "Tiene 21 años, la misma edad de su hermano cuando lo mataron. Ella estudia Ciencias Políticas y tiene proyectos", dice.
Para que no queden dudas, repite una y otra vez: "Seguir adelante se convirtió en una tarea titánica".
* * *
Marilyn González explica con ganas que ama la vida. Está convencida de que, a pesar de todo, se puede seguir.
Cuando dice "a pesar de todo", se refiere a la pérdida inexplicable de dos hijos.
"Sólo la persona que pierde un hijo te puede entender. No obstante las desgracias que uno puede afrontar, yo soy una agradecida de la vida", sostiene la mujer durante una charla con La Nacion.
El 10 de abril de 1999, a pocos días de haber cumplido 20 años, Ramiro Pérez González fue atropellado por un colectivo en la avenida San Juan y Treinta y Tres Orientales, en esta ciudad.
"La causa prescribió", recuerda resignada la madre de la víctima.
Poco tiempo después del accidente que terminó con la vida de su hijo, por medio de un amigo de su esposo, Marilyn comenzó a concurrir al grupo de ayuda Renacer.
Todavía continúa asistiendo a esas reuniones. "Lamentablemente, siempre hay padres que pierden a hijos", explica. Ahora es ella la que ayuda a otras personas a aprender a sobrellevar el dolor o, por lo menos, a intentarlo.
La familia Pérez González sufrió otro sacudón la noche del 30 de diciembre de 2004. María del Montserrat se convertía entonces en una de las 194 víctimas de República Cromagnon, el boliche de la zona de Once que terminó con la destitución como jefe de gobierno de Aníbal Ibarra. "Monsy", como la llamaba su familia, tenía 17 años.
Pero, como ella misma dice, la vida da revancha.
En noviembre de 2008, González recibió "un regalo de la vida". Su hija mayor, María Guadalupe, la convirtió en abuela.
"Sigo apostando a la vida", explica con orgullo la mujer. Y se nota que el esfuerzo le da resultados.
* * *
La familia Reyes sufre. Y sufre mucho. Es otra de las víctimas de la violencia y de la inseguridad vial.
"Sentimos mucha impotencia", asegura a La Nacion Pablo Reyes, de 27 años.
No es para menos. El 20 de junio pasado, su hermano Axel, de 18 años, murió después de haber estado una semana internado en terapia intensiva, luchando por sobrevivir.
Había sido embestido por el chofer de un remise que no se detuvo a socorrerlo en el partido de San Fernando.
Axel se dirigía en su moto de baja cilindrada a su casa, después de haber trabajado durante todo el día en una pizzería del barrio Fate, en Virreyes.
"El remisero arrastró la moto de mi hermano a lo largo de 30 metros. Axel salió despedido y, a pesar de que tenía casco, se golpeó contra una casa. La persona que lo embistió no paró a pesar de los gritos y los pedidos de auxilio", dice indignado Reyes, que trabaja en el casino de Tigre.
Después de la muerte de Axel, su familia donó los órganos del joven con la esperanza de que otras personas pudieran seguir gozando de la vida que a él le robaron.
El corazón donado lo recibió una niña de seis años que estaba internada en grave estado en el hospital Garraham.
La noche del 1° de julio pasado, la selección argentina de fútbol debutó en la Copa América frente a Bolivia.
Recuerdan sus familiares que Leonardo Reyes no quería salir de su casa, pero tres de sus primos lo convencieron para ver juntos el partido de fútbol y comer unas pizzas con amigos.
A la madrugada del día siguiente, después de haber pasado unas horas jugando con la computadora, cuando acompañaban a unas jóvenes a sus casas, Leonardo, sus primos y sus amigos fueron atacados por una patota.
Cada uno corrió para un lado, Leonardo, de 20 años, para escapar de los agresores intentó subirse en un colectivo, pero no le abrieron la puerta.
"Alguien de la patota lo agarró del cuello de la campera y lo tiró al piso. Le pegaron patadas y trompadas. Hasta hoy no tenemos la seguridad de que el colectivo le haya pasado por encima. Pero lo único que sabemos es que mi hermano murió", relata Reyes.
El hermano de las víctimas cuenta que, cuando su madre se enteró de lo sucedido con Leonardo, se quiso suicidar. La familia quedó devastada.
Por el caso, tres menores terminaron detenidos, acusados de provocar la muerte de Leonardo y, posteriormente, de balear la casa de las víctimas
"Estamos solos. Nos sentimos abandonados. Ninguna autoridad nos ofreció ayuda. Ni un vaso de agua nos dieron. Nunca, ni antes ni ahora", repite indignado Reyes, que, como los protagonistas de las otras historias, tampoco puede encontrar consuelo.






