
Cuevas donde moran almas de tehuelches
En el cerro Leones, a 18 km de Bariloche Antes fue un cementerio indígena Hay pinturas rupestres que recuerdan la migración de los espíritus al más allá Al final del recorrido aguarda un manantial
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SAN CARLOS DE BARILOCHE.- El cerro al que los tehuelches llamaron Tequel-Malal, tras el descubrimiento, el perito Francisco Moreno lo rebautizó Leones, por la presencia de pumas o leones americanos que entonces registraba el lugar. Y hoy, 18 kilómetros al este de la ciudad, este sitio de riqueza natural y arqueológica constituye una opción inigualable para los viajeros que buscan más que paseos acuáticos o de riesgo.
La visita guiada a este rincón cuesta 16 pesos, y 24 si se contrata el transporte desde la ciudad (consultas, por el teléfono [02944] 468200).
El ascenso de dos horas hasta la cumbre del Leones permite tomar contacto con cuevas que habitaron los indígenas 8000 años atrás, pinturas rupestres hechas hace 1300 años y una mágica laguna subterránea. En la cima, a 987 metros de altura, sorprende a los escaladores un verde bosque de transición entre el bosque andino y la estepa patagónica.
Y el regreso -de otra media hora- incluye el cruce del cañadón del Viento, cuyo nombre resulta sumamente descriptivo del clima. El cerro Leones fue originariamente un volcán. Que luego entró en erupción y del que emanaron los gases y la lava que ahora, millones de años después, forman un bastión rocoso de basalto laminado y columnar con cavidades.
A estas cavidades -tres en total- las llaman Cavernas del Viejo Volcán y adentrarse en ellas constituye una experiencia digna de ser vivida. Tras ascender por sendas de ripio y algunas pasarelas de madera, los escaladores alcanzan primero una pequeña cueva que -explica el guía, Gustavo, del Parque Cerro Leones- sirvió a los ancianos tehuelches como taller y a las ancianas de la tribu como cocina.
A su lado quedó formada una caverna bastante más amplia. En un principio, según los estudios antropológicos efectuados en el lugar, sirvió como habitación colectiva para miembros de distintas edades y sexos.
"Las mujeres y los niños dormían al fondo de la sala. Y los hombres jóvenes, cerca del ingreso; dos de ellos montaban guardia. Así protegían a los más débiles por si algún puma atacaba de noche", sostiene Gustavo.
Curioso cementerio indio
Luego la caverna dejó de ser habitada por los vivos y se convirtió en morada de los muertos. Por motivos desconocidos, los indígenas montaron allí un -al decir del Perito- "curioso cementerio": los cuerpos momificados y apilados uno sobre otro.
Tanto las momias como los objetos allí encontrados por los expedicionarios fueron trasladados al Museo de Ciencias Naturales de La Plata. Aquí, en el cerro, los recuerda una pintura rupestre -casi ilegible- con forma de laberinto que algunos estudiosos traducen como el tránsito de las almas por el purgatorio rumbo al más allá.
La tercera caverna alberga un secreto paraíso natural. Tras atravesar a gachas y con casco un estrecho pasadizo, los visitantes aprecian una laguna en el fondo de la sala. El agua atraviesa la estructura de basalto y forma, en el corazón del Leones, un manantial que alimenta este escondido espejo de agua.
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