Curarse del fuego como en familia
La Asociación Pro Ayuda al Quemado ofrece casa y comida a los que llegan del interior sin recursos
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Clementina, la abuela catamarqueña de Claudio, vivía con él y con dos nietas más en una casilla de Tortuguitas. Pero hace cuatro años la fatalidad se ensañó con ellos: el querosén y el fuego se llevaron la frágil vivienda y la vida de las dos niñas. Claudio -que ahora tiene ocho años- sufrió extensas quemaduras en el rostro y en las manos y perdió una de ellas.
Cuando él y la abuela Clementina, sin casa ni parientes, llegaron a la Asociación Pro Ayuda al Quemado (APAQ), Claudio había sobrevivido a la etapa más crítica de su recuperación, pero apenas caminaba, no jugaba, había que darle de comer en la boca y no sabía que podía utilizar la manito que el fuego no había destruido totalmente.
Hoy Claudio espera entusiasmado dos veces por semana la visita de su maestra. Cuenta a La Nación que prefiere los cuentos a las cuentas, que es hincha de River y que no se pierde ningún capítulo de Dragonball Z . Tiene amigos, corre, juega al fútbol y sonríe con picardía cuando se le pregunta cómo se porta. Periódicamente los especialistas le realizan cirugías para rehabilitarlo. Dentro de unos años le reconstruirán la mano lastimada y recibirá una prótesis en el lugar de la que perdió.
"La historia de Claudio se parece a la de muchos otros chicos o adultos que viven o vivieron temporariamente en APAQ -explica su presidenta, María Luisa Beltramone de Bendinger-. Desde 1967, nuestra asociación, que es una entidad de bien público sin fines de lucro, es hogar de tránsito para pacientes del interior del país que han sufrido quemaduras pero no tienen recursos para costearse una estadía en Buenos Aires y continuar su tratamiento."
Una vez atravesado el período crítico inmediatamente posterior a la quemadura, que muchas veces pone en juego la vida del paciente, la atención de los quemados supone periódicas curaciones y cirugías. "Si tuvieran que regresar rápidamente a sus casas -agrega Ana María Menvielle, miembro de la comisión directiva-, probablemente quedarían con graves lesiones."
Además de techo y comida, la entidad les ofrece medicación y el traslado al Instituto del Quemado, donde la mayoría de los pacientes recibe atención. Hay camas para 40 personas y las puertas están abiertas para niños de ambos sexos. Luego de los 13 años, sin embargo, se admiten únicamente mujeres.
No sólo reside el paciente. Si es menor, lo acompaña la mamá y, generalmente, también algún hermanito: es habitual que las familias damnificadas sean numerosas.
Tal es el caso de la mamá de Erik, que a los 36 años espera su décimo hijo. Hace cinco meses que llegó con él, de siete años, y Rita, de dos años y medio desde Santiago del Estero para hacerlo atender.
Erik sufrió gravísimas quemaduras en las piernas al zambullirse entre las cenizas encendidas de una fábrica. Cuando llegó no podía caminar. Hoy, después de varias cirugías, ya volvió a jugar al fútbol en el patio de APAQ.
Una idea pionera
El iniciador y actual asesor médico de APAQ no es otro que Fortunato Benaim, el médico argentino que convirtió la atención integral del paciente quemado en nuestro país en una auténtica especialidad. APAQ está en la calle Cuba 1930 y su teléfono es el 4784-3173. La enorme casa del barrio de Belgrano es propiedad de la institución, que se mantiene con contribuciones de socios, donaciones de particulares y de empresas y la periódica realización de tés canasta y cenas que atienden las damas de la comisión directiva.
¿Qué le hace falta a APAQ para continuar con su tarea solidaria? "Personas que nos ofrezcan un ratito de su tiempo", dice Gracielita, una chubutense de 22 años, recuperada en APAQ, que jamás quiso dejar la casona.
Mercedes, una señora que vive en APAQ desde hace siete años es una voluntaria: organiza las tareas cotidianas, que se reparten entre los residentes. Clementina, la abuela de Claudio, es la cocinera. Pero Gracielita, que hizo cursos de ecónoma, se apropia del derecho de amasar el pan para la mesa que todos comparten.
Desde hace un tiempo la asociación puso en marcha un nueva iniciativa, fruto de un acuerdo entre el Rotary Club Argentino, la línea aérea LAPA y la fundación Fortunato Benaim, para beneficio de pacientes del interior que hayan sufrido quemaduras y necesiten tratar las secuelas.
Como una gran familia
Alejandra tiene 23 años. Acaba de recibirse de profesora especializada en niños sordos. Hace ocho años, mientras se bañaba, explotó el calefón que funcionaba a alcohol de quemar. Sufrió graves quemaduras en el cuello. Le realizaron distintas cirugías restauradoras y hace seis meses las asistentes sociales del hospital mendocino donde nació la derivaron a APAQ para que se recuperara después de la próxima intervención.
"Si no existiera este lugar no hubiera podido venir -explica-. Mi papá está enfermo, mi mamá trabaja y no tenemos familiares ni medios económicos. Estar aquí es como vivir con una nueva familia."


