
Dan casa y comida a 600 personas
Los dueños de una rotisería crearon un centro para albergar a gente sin hogar.
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La última vez que su marido le pegó, hace cuatro meses, Liliana Báez dijo basta. Con sus cuatro pequeños hijos a cuestas y un embarazo incipiente, la mujer abandonó, sin rumbo cierto, la casa de Isidro Casanova. Pero no transcurrió más de una semana para que la familia encontrara un nuevo hogar.
Al igual que Liliana, decenas de personas sin techo, con hambre y casi sin esperanzas, se acercan cada diariamente a El Refugio, una asociación civil que alimenta a 600 hombres, mujeres y niños, de los cuales la mitad también pernocta en el lugar.
"Se trata de la única institución donde se aloja todo tipo de gente, sin discriminar a nadie", señaló María Cristina Lúquez, la fundadora, casi fortuitamente, del hogar-comedor.
Lúquez y su marido, Víctor Hugo, son propietarios de la rotisería Bellagamba, en Congreso. A comienzos de esta década, las cuentas del local arrojaban cifras alentadoras, por lo que el matrimonio decidió extender el negocio y establecer una planta elaboradora de alimentos. Para tal fin, adquirió un galpón situado en la calle Rincón 675, a unas cuadras de Bellagamba.
Sin embargo, las ganancias no prosperaron como prometían y el proyecto de los Lúquez debió suspenderse. Por ese entonces, hace cinco años, un sinnúmero de personas se agolpaba todas las noches en las puertas de la rotisería para hurgar en las bolsas de residuos. Los dueños del local repartían las sobras de comida entre los necesitados, que cada día eran más.
María Cristina Lúquez decidió, entonces, citar a los que llegaban en busca de ayuda al galpón abandonado de la calle Rincón. Sin darse cuenta, en poco tiempo la cantidad de bocas para alimentar se multiplicó vertiginosamente,y los restos de la rotisería ya no eran suficientes.
Con lugar para todos
Pero el hecho no amedrentó a esta vigorosa mujer, que comenzó a solventar los gastos de comida extra de su propio bolsillo. La obra ya estaba emprendida y nada impediría que continuara creciendo.
Así fue como al precario establecimiento llegaron ancianos, mujeres golpeadas y otras embarazadas, niños, enfermos físicos y mentales y todo aquel que no encontraba un lugar en otras instituciones. Según Lúquez, en El Refugio nunca se negó el ingreso a quien estuviera desamparado.
Tampoco se impidió que algunos improvisaran camas y pasaran la noche en el lugar, que hoy cuenta con 300 colchones desparramados entre sus dos plantas. En el piso superior duermen las mujeres y los niños, mientras que en el piso inferior lo hacen los hombres. Las escasas pertenencias de cada uno están apiñadas en cajas de cartón que ocupan el poco espacio disponible. Durante el día, los colchones de la planta baja se apilan contra la pared para poder desplegar una larga mesa de madera. Allí se sirven las cuatro comidas diarias, elaboradas por voluntarios de la entidad que, además de la cocina, se reparten las tareas de limpieza, seguridad y mantenimiento del galpón.
Un sueño cumplido
Pero quien verdaderamente lleva las riendas de la asociación es José Romano, un hombre corpulento, de barba abultada y carácter firme.
José es salteño, llegó a Buenos Aires hace veinte años y hace dos quedó en la calle. "Mi idea, luego de pasar por diversos hogares municipales, era fundar una especie de sociedad de vagabundos", recuerda el hombre con una sonrisa, y cuenta que un día un amigo lo invitó a El Refugio a tomar el té. A pedido de Cristina Lúquez, Romano se convirtió en director del lugar y, en cierta manera, concretó su sueño.
"Pero acá no hay gente vaga", aclara, y agrega: "Quienes no salen a buscar trabajo se la rebuscan con la recolección de latas, papeles o metal".
Aunque el desafío más duro reside en mantener la autoestima. "La mayoría llega con el alma destrozada y nuestra tarea es devolverles la dignidad y hacerles entender que la libertad está acá adentro", asegura Romano a la vez que señala su corazón.
El Refugio se sostiene gracias al aporte de sus mentores y de las donaciones de amigos y vecinos, que acercan fideos, azúcar, yerba, pañales, juguetes y medicamentos.
En este momento, la necesidad más urgente consiste en el espacio. El objetivo es crear una pequeña guardería para los más chicos y, también, que la gente tenga más intimidad y no haga malabarismos para caminar entre los colchones. Su teléfono es el 4943-7344.




