
De Argentina a España: la final del Mundial que obligó a una familia a dividirse por una camiseta
Después de casi 25 años de matrimonio, José María Gil decidió viajar a Madrid para ver el partido con sus allegados, mientras que Valeria Abadi lo seguirá desde Buenos Aires junto a sus hijas
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El miércoles por la noche, cuando el árbitro marcó el final y confirmó que la Argentina jugaría la final del Mundial 2026, en la casa de Valeria Abadi la euforia duró apenas unos minutos. Sus hijas, Victoria y Lucía, salieron a festejar con miles de hinchas a la zona de Cabildo y Juramento. Ella empezó a pensar cómo sería el domingo. Su marido, el español José María Gil, ya había llegado a una conclusión:
—Yo lo quiero ver solo. No lo puedo ver con todos ustedes. Para mí es muy fuerte ver el partido con ustedes.
La frase terminó de poner en palabras algo que los dos intuían desde hacía unas horas. Después de casi 25 años de matrimonio, una final del mundo entre la Argentina y España los colocaba por primera vez en veredas opuestas. Él necesitaba vivir ese partido rodeado de quienes sintieran lo mismo. Ella entendía que, si España ganaba, no habría con quién celebrar; y si lo hacía la Argentina, la pasión que había visto desbordarse después de la semifinal sería todavía mayor.

Una amiga había lanzado una idea casi como un comentario al pasar: “Tiene que ir a Madrid”. Esa misma noche comenzaron a buscar vuelos. Había un lugar disponible para el día siguiente.
“Yo le dije: ‘te tenés que ir mañana’. Pase lo que pase, no podés estar acá. Si el resultado favorecía a España, él iba a querer festejar y acá nadie iba a querer hacerlo con él. Y si ganaba la Argentina, la efervescencia argentina, que ya el miércoles le había parecido muy fuerte, tampoco se la iba a bancar”, cuenta Valeria Abadi a LA NACION.
La decisión se tomó en cuestión de horas. Preparó un bolso, compró el pasaje y emprendió viaje hacia España, donde viven su hijo, cuatro de sus hermanos, sobrinos y gran parte de una familia a la que visita cada dos o tres meses.
José María reconoce que nunca imaginó atravesar una situación semejante. “Jamás pensé en una final entre España y la Argentina. Después de que España ganó en 2010 nunca consideré que pudiera volver a jugar otra final y mucho menos contra la Argentina”, dice a este medio desde España, donde espera el encuentro junto a los suyos.
La historia que desembocó en ese viaje comenzó mucho antes del Mundial. Se conocieron trabajando en Edenor, cuando José María llegó a la Argentina como expatriado del grupo español Endesa. Ella recién empezaba su carrera profesional; él había sido trasladado como directivo.
“Nos conocimos y al poco tiempo él tuvo que volver a Madrid porque Endesa vendió su participación en Edenor. Antes de irse me dijo que yo era el amor de su vida y que iba a volver a la Argentina”, recuerda Valeria. La promesa se cumplió pocos meses después. José María regresó al país y comenzaron una relación.
La crisis económica de 2001 fue una de las primeras pruebas que atravesaron juntos. Mientras el país quedaba paralizado por el corralito, José María intentaba explicarles a sus familiares y amigos en España que la situación excedía cualquier solución individual. “Todos le decían: ‘Pero andá al banco, sos español, te tienen que devolver la plata’. Y él trataba de explicarles que no entendían que aquello no era un problema con él, sino de todo el país”, recuerda Valeria.
Tres años después se casaron. Las diferencias nunca quedaron ocultas; por el contrario, formaron parte del acuerdo con el que construyeron la familia. “Nuestras diferencias son muchas. Son de nacionalidad, de edad y también de religión. Yo soy judía, él es católico”, cuenta Valeria.

Con el tiempo llegaron sus hijas, Victoria, hoy de 21 años, y Lucía, de 18. José María, además, es padre de Alejandro, de 30 años, fruto de su primer matrimonio, que vive en Madrid. “Mi vida es ir y venir. Estoy instalado en la Argentina, pero cada dos o tres meses viajo a España”, resume.
Pese a esos viajes frecuentes, la decisión sobre dónde construir la vida nunca estuvo demasiado discutida. “Desde que estamos juntos yo le dije que quería vivir en la Argentina y él aceptó. Su corazón está en España, pero le encanta este país”, dice Valeria.
Ese equilibrio también quedó reflejado puertas adentro. Aunque todos tienen la nacionalidad española, en la casa existe una regla que nunca hizo falta escribir: “Nuestra casa es una casa argentina y judía. Todos tenemos un corazón enorme por España, pero la camiseta que se usa acá es la argentina”.
José María no lo contradice. Su pertenencia futbolera nunca cambió. “Desde el punto de vista del fútbol soy ciento por ciento español. Yo siento mucho cariño por la Argentina porque vivo acá desde 2000, pero cuando juega España quiero que gane España. Y esta final, quiero que la gane España”.
Hasta este Mundial, ninguno de los dos imaginó que alguna vez la Argentina y España podrían encontrarse en una final del mundo. “Nunca lo pensamos. Creo que ahora a muchos argentinos les pasa eso de decir: ‘¿Cómo no planifiqué viajar?’. Pero nadie sabía lo que iba a pasar”, dice Valeria.
Los partidos se fueron acomodando a la rutina de cada uno. Algunas veces los vieron juntos en familia; otras, desde el trabajo o con amigos. Pero el recorrido de ambos seleccionados fue transformando lo que al principio parecía una posibilidad remota en un escenario cada vez más cercano.

José María reconoce que, futbolísticamente, nunca dejó de sentirse español. “Siempre fui del Real Madrid. Con Messi tengo sentimientos encontrados. Reconozco su talento y creo que es el mejor jugador de la historia, pero jugó muchos años en el Barcelona. Para nosotros era la bestia negra. Venía al Bernabéu, nos ganaba, nos frustraba muchas veces”, cuenta desde España.
Esa rivalidad también le dejó otra sensación durante los años que lleva viviendo en la Argentina. “Veía a muchos chicos con la camiseta del Barcelona y, en general, sentía que todos eran del Barcelona. Como hincha del Real Madrid muchas veces me sentí bastante solo”.
En la casa, sin embargo, las diferencias futboleras convivían sin mayores conflictos. Lo que sí era diferente era la manera en que cada selección movilizaba a la familia. “Cuando juega España estoy absolutamente solo. Mi mujer y mis hijas prácticamente no ven esos partidos porque no les interesa demasiado fútbol. En cambio, cuando juega la Argentina se junta toda la familia, vienen las amigas de mis hijas y se arma una fiesta”, describe. Valeria confirma esa diferencia con naturalidad.
Para José María, vivir desde hace más de dos décadas en la Argentina también le permitió conocer una forma distinta de sentir el fútbol. “En la Argentina el fútbol se vive muchísimo. A veces eso me genera cierta frustración porque llega un momento en que me cansa. Es una intensidad muy distinta”.
La clasificación de ambos seleccionados terminó por volver inevitable una decisión que, hasta unos días antes, parecía impensada. “Quería vivir una final rodeado de gente que sintiera lo mismo que yo. Poder compartir ese momento con mi familia y expresar mis emociones sin sentir que estaba alentando en minoría”, explica sobre los motivos que lo llevaron a viajar.
Valeria entendió enseguida que esa era la mejor solución. “Después de ver cómo se vivió el miércoles, me di cuenta de que el domingo iba a ser todavía más fuerte. Él necesitaba estar con los suyos y yo también quería vivirlo con los míos”.
El domingo, cuando el árbitro marque el inicio de la final, habrá más de 8.000 kilómetros entre ellos. Después de casi 25 años juntos, Valeria aprendió que las diferencias que alguna vez parecieron enormes terminaron siendo parte de la identidad de la familia.
“La verdad es que creo que el reencuentro va a ser muy lindo porque todos entendemos que esto es fútbol”, dice Valeria. Y enseguida deja escapar el deseo que durante toda la charla había evitado formular: “Eso sí, espero estar yo más contenta que él cuando nos volvamos a ver”.
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