De la Argentina a Miami, en un ultraliviano
Aventura: a los 38 años, Marcelo Matocq cumplió el sueño de recorrer, solo y a bordo de su pequeña nave, miles de kilómetros en un derrotero de 26 días.
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MIAMI.- "Llevo el ropero en el alma." Aunque es física y lógicamente imposible, la frase sirve para describir a Marcelo Matocq, un mecánico de 38 años que recorrió más de 9000 kilómetros en un avión ultraliviano para cumplir con lo que definió como su gran sueño: unir en el aire la Argentina y los Estados Unidos.
"Estar en el aire hace sentir mucho más la libertad. Es como cuando uno viaja en un coche por la ruta y no se preocupa por los otros automóviles", dice Matocq, con una gran sonrisa.
Llegó a Miami montado con su soledad en un avión ultraliviano, con un motor de dos tiempos que él mismo remodeló en un pequeño taller mecánico que tiene cerca de la plaza Las Heras, en Buenos Aires.
"Sentí miedo, pero no pánico, cuando dormí en el Amazonas, solo, con un cuchillo en la mano y en la cabina del avión, muy cerca de cocodrilos hambrientos", recuerda ahora, al comentar a La Nación "las marcas" que le dejó el viaje.
Comienza la aventura
Partió de Escobar el 23 de febrero último, seguro de poder superar todos sus planes. Lo hizo en 26 días, luego de recorrer más de 9200 kilómetros, en los que se permitió 31 paradas, sin contar los descensos forzosos para cargar combustible.
"Volar en mi avión es lo mejor para salirse de este mundo. Por eso -cuenta- sólo estuve sin volar dos días en este viaje. Fue por razones meteorológicas y por un agasajo que me hicieron en Puerto Rico." Y, tal vez por la misma ansiedad que delata el ritmo apurado de sus palabras, es que sólo se alejó de su ultraliviano en cinco ocasiones, mientras soñaba con apoyar sus pies sobre la tierra prometida, a su juicio, Miami.
Pocas veces durmió en cama. Fue en Porto Velho, Boa Vista, Saint Croix y Puerto Rico, donde se quedó dos noches. "Demasiado tiempo", dice.
Sólo habla español, algo que parece lamentar: tuvo algunas dificultades para comunicarse con cierta base aérea o con interlocutores ocasionales.
"Lo hice casi todo yo solo, sin conocer a nadie, sin saber cómo hablar, con mi handy VHF de cinco kilómetros de alcance", cuenta.
Y mientras lo hace, suena un celular que le prestó un conocido de esta ciudad. "Atendé vos, por favor, porque no entiendo ni una palabra de este idioma gringo", le pide a esta cronista. Del otro lado, lo llaman de parte de un hombre que lo recibió en una base aérea de Puerto Rico.
"Todos me dan la bienvenida. Vuelo en el primer ultraliviano que llegó de América del Sur a los Estados Unidos y en mi país nadie me lo reconoce, no tengo un sponsor", se queja, rápido, sin que le importen demasiado las preguntas que intenta intercalar La Nación .
"Lo que más me gusta en la vida es la naturaleza. Pero, ¡ojo! -casi grita-, eso no quiere decir que sea un comunista. A mí me interesa la plata para cumplir con mis planes."
Entre ellos se cuentan otros vinculados con largos y solitarios recorridos internacionales como, por ejemplo, otro viaje que hizo a Panamá en 1983. "Tenía 23 años y ya quería llegar a los Estados Unidos. Me subí a una moto y empecé el recorrido, pero en la frontera de Panamá tuve problemas y no pude entrar en el país. Igualmente -se consuela- cumplí otro sueño y batí otro récord: fui el único argentino que condujo una moto hasta Panamá."
Y, aunque se atreve a jurar ("soy muy católico", dice) que se imagina "casado y con muchos hijos", desde aquí, donde todavía "hay todo por conocer" comenzó a delinear su futuro plan de viaje. "Iré a Australia, en un velero o en algo parecido", aventura.
Por ello, su apuro ahora es regresar a Buenos Aires para buscar material sobre naves a vela y dedicarse a aprender cómo viven y sobreviven quienes pasan largos meses en el mar.
Sin dudar, asegura "amar tanto los preparativos de cada viaje como el viaje en sí". Y, para argumentar sus afirmaciones, cuenta que estuvo tres años adaptando el ultraliviano en su pequeño taller, mientras estudiaba "cómo ser un buen piloto".
Entonces, la sonrisa vuelve a invadir su rostro: "Y lo logré, soy un excelente piloto, se nota..."
Feria de la aviación
Matocq no eligió Miami por azar. Calculó sus tiempos y arribó aquí para participar en dos de los más importantes festivales de aviación norteamericanos: Sun & Fan y Oshkosh, que se realizan cerca de las playas locales y concentran la atención de más de medio millón de personas.
"Son lo más grande que hay en fiestas aéreas", afirma, y luego de las precisiones intenta otra aclaración sobre sus aventuras.
"Por favor, soy un hombre muy preparado para lo que hago, no quiero que me pintes como un bohemio. Viajo porque amo toda esta vida, porque no estoy de acuerdo con todas las cosas que pasan en el mundo y con la pérdida de valores, porque hoy no se respeta nada."
Eufórico, descarta que sus largos viajes sean una alternativa para evadirse.
Al contrario, dice, "es una forma de representar a la Argentina en todos lados. Una manera de darnos a conocer". Dice esto y sonríe.
Se lo nota feliz y entusiasmado junto al avión en el que logró su soñada aventura.





