
De la vida real a la pantalla grande: asaltos y criminales que fueron llevados al cine, por Marcelo Stiletano
Especial para lanacion.com
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¿Qué hace tan atractiva para el cine la recreación cuidadosa y detallada de muchos asaltos a bancos tomados de hechos de la vida real? ¿Por qué estas historias suelen encontrar de inmediato una respuesta por lo general muy entusiasta por parte del público? Podríamos salir en búsqueda de una primera y siempre aproximada explicación considerando las mismas razones que llevaron a los norteamericanos, en plena Depresión, a mirar a algunos de estos ladrones famosos con el fervor y la emoción que sólo se entrega a quienes son calificados como héroes. Y en verdad, en aquéllos tiempos, personajes al margen de la ley como John Dillinger (que no en vano llegó a convertirse en el "enemigo público número 1") alcanzaron ese reconocimiento por la sencilla razón de que, por entonces, quien robaba a un banco era visto allí como una especie de émulo moderno de Robin Hood. Apoderarse de un dinero bien custodiado (y a juicio de todos mal ganado) en esos tiempos de tremendas estrecheces económicas aparecía como un gesto digno de aplauso y no de repudio, como debería ocurrir en circunstancias normales.
El otro dato notable de aquéllos tiempos tenía que ver con el hecho de que los robos a bancos bien planeados y exitosos se llevaban a cabo, al menos en la teoría, sin el mínimo derramamiento de sangre. Los ladrones especializados en este tipo de atracos, tal como lo sugiere el amplio catálogo cinematográfico sobre el tema, suelen ser extremadamente escrupulosos en esta cuestión y sufren enormes cargos de conciencia cuando las cosas no salen de acuerdo a lo planificado y el plan se frustra por culpa de una víctima fatal no deseada.
En tiempos de la Depresión norteamericana y aún antes, personajes reales resultaron fuentes y referencias ideales para adaptaciones cinematográficas. Hablamos ya de Dillinger, cuyo retrato en la pantalla grande se multiplicó a lo largo de los años, aunque tuvo sus mejores representaciones en los rostros de Warren Oates (en Dillinger, de John Milius, 1973) y de Johnny Depp (en Enemigos públicos, de Michael Mann, 2009).
Menos conocida es la historia de La pandilla Newton , que llevó al cine en 1998 el talentoso director Richard Linklater ( Antes del anochecer ), con Matthew McConaughey, Ethan Hawke, Skeet Ulrich y Vincent D’Onofrio encarnando a cuatro hermanos que resolvieron dejar atrás la pobreza de la vida rural para dedicarse con éxito en los años 20 a una exitosa carrera en el robo de bancos en distintos pueblos y ciudades del interior de Estados Unidos, por lo general sin disparar un solo tiro.
En el otro extremo, sin escapar de aquellos tiempos de la Gran Depresión, aparecen Clyde Barrow y Bonnie Parker, los célebres Bonnie and Clyde , que en el film que Arthur Penn hizo sobre ellos en 1967 quedaron registrados para siempre en la memoria del espectador, al mismo tiempo, como héroes populares y a la vez ladrones que no tienen el más mínimo reparo de sacarse de encima a los tiros a quienes pueden arruinar sus "negocios". La película y las interpretaciones de Warren Beatty y Faye Dunaway (dos de las figuras más seductoras del cine de los 70) contribuyeron a estilizar y "glamourizar" a dos personajes que las crónicas reales mostraban como mal entrazados y poco afectos a la vida sofisticada. No debemos olvidar el final de la película, cuando Bonnie y Clyde son ejecutados mediante una balacera jamás vista previamente por su realismo en la historia de Hollywood.
Ocho años después de Bonnie and Clyde , otra historia real de robo bancario impactó desde el cine a los espectadores de todo el mundo. Tarde de perros (Sidney Lumet, 1975) golpeó por su crudeza y por animarse a hablar de cosas que el público masivo desconocía. Ese fue el caso, inspirado en un hecho real que ocurrió tres años antes, de John Wojtowicz, un hombre que intentó sin éxito robar un banco de Brooklyn con el propósito de obtener dinero para pagar la operación de cambio de sexo de su novio, llamado Ernest Aron, quien más tarde y por otras circunstancias pudo realizar ese objetivo. La película fue una de las grandes plataformas de lanzamiento para la brillante carrera de Al Pacino, secundado por el excelente John Cazale, prematuramente desaparecido pocos años después.
Si las historias de la Gran Depresión y sus ladrones de bancos-cuasi héroes inspiraron varias películas, podría decirse lo opuesto de la fascinante Fuego contra fuego (1995, Michael Mann) y su descripción, con imagen y sonido en altísimo nivel, de robos a bancos ficcionados e hiperprofesionalizados que terminaron funcionando casi como materia prima e inspiración de grandes robos reales tipo comando en los años subsiguientes.
Y si esa película marcó a fuego los años 90 en la materia, las referencias reales sobre grandes robos a bancos funcionó como punto de partida en la década siguiente de El gran golpe (Roger Donaldson, 2008), en este caso con color 100 % británico, un elenco perfecto encabezado por Jason Statham ( El transportador ) y una estrategia rayana en la perfección que se inspira en hechos ocurridos en Londres durante la década del 70. Mientras se hacía este film en el Reino Unido, todavía resonaba entre los espectadores la atracción irresistible de un gran robo de película con referencias históricas concretas, pero siempre en el terreno de la ficción, que atrajo a públicos de todo el mundo, El plan perfecto (Spike Lee, 2006), con Denzel Washington, Clive Owen y Jodie Foster. Mucho se habló de una posible secuela, pero la idea está lejos de concretarse aún.
Finalmente, en la Argentina, uno de los robos más comentados de la historia reciente llegó al cine de un modo bastante inadvertido. No son muchos los que se acuerdan de Tesoro mío (Sergio Bellotti, 1999), basado en el robo a la sucursal Santa Fe del Banco Nación, en 1994, y perpetrado por Mario Fendrich, quien desapareció con un botín suculento sin dejar pistas. La película le dio a Gabriel Goity en ese momento su primer papel protagónico en la pantalla grande.






