Día del Cáncer Infantil: el desafío clave frente a tumores que aparecen y crecen con una lógica distinta
Cada año se diagnostican en el país entre 1300 y 1400 casos en menores de 15; su particular origen y velocidad obligan a optimizar la detección temprana
6 minutos de lectura'


En adultos, el cáncer suele asociarse a factores de riesgo conocidos, como el tabaquismo, una dieta alta en ultraprocesados, sedentarismo, alcohol o exposiciones acumuladas durante años. Pero para el cáncer en la infancia, esa lógica resulta insuficiente. Cada 15 de febrero, en el Día Internacional del Cáncer Infantil, la fecha ofrece una oportunidad para comprender una diferencia profunda: mientras en los mayores la prevención primaria ocupa un lugar central, en pediatría la mayoría de los tumores responde a alteraciones biológicas propias del desarrollo y no a conductas modificables.
En la Argentina se diagnostican entre 1300 y 1400 casos nuevos por año en menores de 15 años, lo que equivale a una incidencia cercana a 135 casos por millón. Es una enfermedad poco frecuente en términos poblacionales, pero de enorme impacto sanitario y emocional. Al mismo tiempo, existe una buena noticia que también marca una diferencia con muchos cánceres del adulto: las tasas de curación en oncología pediátrica oscilan entre el 70% y el 90%, según el tipo de tumor y el acceso al tratamiento. En todos los casos, la detección temprana juega un rol clave.

Leucemias agudas, tumores del sistema nervioso central y linfomas concentran la mayoría de los diagnósticos. El abordaje es siempre multidisciplinario e involucra oncólogos pediátricos, cirujanos, radioterapeutas, especialistas en biología molecular, enfermería especializada y equipos psicosociales. Pero la primera diferencia aparece mucho antes del tratamiento, y es el origen mismo de la enfermedad.
No es una cuestión de hábitos
“Entre el 80% y el 90% de los cánceres infantiles no es prevenible”, explica Marcelo Urbieta, oncólogo del Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez. Según detalla, en la mayoría de los casos se trata de mutaciones aleatorias, errores en la copia del ADN que ocurren durante la replicación celular en una etapa de crecimiento intenso. Es decir, procesos biológicos vinculados a la propia condición de ser niño.
El especialista subraya que solo un porcentaje muy pequeño está relacionado con síndromes hereditarios y otro grupo reducido con exposiciones específicas. Por eso insiste en que no hay responsabilidad individual ni conductas que puedan evitar la enfermedad. “No podemos hablar de prevención primaria como en adultos. Lo que sí podemos hacer es detectar precozmente”, remarca.
Mercedes García Lombardi, jefa del Servicio de Oncología del mismo hospital, coincide en ese punto. Señala que el cáncer pediátrico se asocia en muy pocos casos a alteraciones genéticas heredables y, en la mayoría, a mutaciones celulares de novo cuya causa se desconoce. Por eso sostiene que la mejor herramienta es garantizar controles pediátricos regulares que permitan un diagnóstico oportuno.

Angie Fernández Barbieri, jefa del Servicio de Hemato-Oncología Pediátrica del Hospital Alemán, define al cáncer infantil como una enfermedad “abrupta”. Explica que aparece en forma rápida y que no está vinculada a hábitos ni al ambiente. Ante síntomas persistentes como fiebre prolongada, moretones inexplicables, dolores óseos o aumento del tamaño abdominal, insiste en que la consulta precoz con el pediatra es determinante.
Biología diferente, tumores diferentes
Las diferencias con la oncología del adulto no terminan ahí. En pediatría predominan tumores de origen embrionario, no epitelial. “Son células inmaduras o en formación, con alta tasa de replicación”, explica Urbieta. En los adultos, en cambio, predominan carcinomas asociados al envejecimiento o a exposiciones acumuladas.
Esa característica explica tanto la agresividad como la respuesta al tratamiento. García Lombardi señala que los tumores pediátricos crecen muy rápido y que esa velocidad puede hacer que se detecten en estadios avanzados.
La velocidad de crecimiento suele asociarse a peor pronóstico. Pero en pediatría, esa regla tiene matices. Al tratarse de células con alta tasa de división, los tumores infantiles son más quimiosensibles. La quimioterapia actúa justamente sobre células en replicación, lo que explica parte de las altas tasas de respuesta.

“La ventaja de su rápido crecimiento es que son más sensibles a tratamientos habituales como la quimioterapia que debe ser administrada rápidamente al hacer el diagnóstico”, subraya García Lombardi.
Además, los niños suelen tolerar tratamientos intensivos con mayor capacidad de recuperación que muchos adultos. Esto sucede porque, en general, no presentan enfermedades crónicas asociadas. Esa tolerancia permite aplicar esquemas de poliquimioterapia cuidadosamente dosificados que han demostrado eficacia durante décadas.
Fernández Barbieri destaca que el trabajo en grupos cooperativos y el sostén integral han sido determinantes para mejorar los resultados. En ciertos tumores, como los renales o algunos linfomas, las tasas de curación pueden acercarse al 90%.
García Lombardi agrega que la mayor sensibilidad a la quimioterapia y a la radioterapia explica buena parte de las tasas globales de sobrevida. Sin embargo, advierte que el desafío persiste para el 20% a 30% de pacientes que no logra curarse, ya sea por diagnóstico tardío o por características biológicas aún no comprendidas.
Brecha y acceso
Las cifras también dependen del contexto. Urbieta advierte que en países de altos ingresos las tasas de curación superan ampliamente el 70%, mientras que en regiones con menos recursos pueden descender por debajo del 40%. En la Argentina, más del 70% de los niños se atiende en hospitales públicos especializados, lo que ha permitido alcanzar resultados comparables con otros países de ingresos medios altos.
El especialista remarca que los pacientes pediátricos no pueden tratarse en cualquier institución. Requieren centros con experiencia, equipos interdisciplinarios y redes de derivación eficaces. “Los niños no son adultos pequeños –dice Urbieta–. Incluso para una misma patología, como ciertas leucemias, los resultados pueden ser mejores cuando el tratamiento se realiza bajo protocolos pediátricos”.

También señala que, aunque la investigación en adultos suele avanzar más rápido, muchas innovaciones en pediatría provienen de la optimización de tratamientos clásicos. Las terapias dirigidas y la inmunoterapia comienzan a incorporarse, pero la mayor parte de las curaciones actuales se logra con esquemas tradicionales bien establecidos.
Curar y cuidar el futuro
A diferencia de la oncología del adulto, donde muchas veces el foco está puesto en prolongar la sobrevida, en pediatría el horizonte es mucho más amplio: se trata de niños con décadas por delante.
“Hoy el concepto es curar con el menor costo posible”, explica Fernández Barbieri. Reducir dosis cuando es viable, limitar la radioterapia o utilizar técnicas más precisas son estrategias destinadas a minimizar secuelas y mejorar la calidad de vida futura.
Urbieta recuerda que dos de cada tres pacientes pueden presentar algún tipo de secuela a largo plazo, desde alteraciones cardíacas o endocrinas hasta consecuencias de cirugías complejas. Por eso enfatiza la necesidad de seguimiento prolongado y de una transición adecuada hacia la atención en la adultez.
En el Día Internacional del Cáncer Infantil, el contraste con el cáncer del adulto es claro. Mientras en los mayores muchas estrategias se centran en modificar factores de riesgo, en pediatría el desafío es detectar a tiempo lo que no puede prevenirse y garantizar tratamientos especializados para tumores biológicamente distintos.
- 1
Esta es la ruta aérea de la Argentina elegida como la más turbulenta del mundo
2En Colegiales: así será la nueva plaza que se construirá en la zona del Mercado de Pulgas
3Salud: un desfile, canciones y un encuentro para concientizar sobre el cáncer infantil en el Hospital Austral
- 4
Hay alerta amarilla por tormentas fuertes para este sábado 14 de febrero: las provincias afectadas





