Dos días de juegos y aprendizaje entre delfines
Entrenar a cetáceos en cautiverio se convierte en una vivencia cautivante para una defensora de los animales
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San Clemente del tuyú.- Jamás imaginé que sería parte de un show de delfines. Pero ahora, luego de alimentarlos con baldes repletos de corvinas congeladas, ya estoy lista para mi debut. El show está por comenzar en Mundo Marino. Aguardo oculta detrás de una pantalla LED gigante que actúa como decorado a cielo abierto. Escucho aplausos y ansias de todo tipo: el taconeo en las gradas de niños eufóricos, los vítores de sus padres, la cortina musical del show, la expectativa que inunda el anfiteatro. Deberé ser pura simpatía, recordar apenas una docena entre las 40 señas y esforzarme en la sincronización coreográfica junto a otros cuatro entrenadores. Con suerte, tal vez evite un papelón. Pero si ocurre, prometo no desvelarme. Los cetáceos me importan más que ser descubierta en mi identidad bajo el neoprene.
En los dos días intensivos que llevo con ellos, guiada por Darío, mi paciente mentor y entrenador, los delfines nariz de botella no cesan de maravillarme: observo sus "sonrisas" calcadas por la ausencia de músculos faciales; sus juegos y acrobacias aun en la adultez; escucho la melodía cifrada de sus vocalizaciones para comunicarse entre ellos. Pero es el reconocimiento de sí mismos frente a un espejo (su conciencia del yo, diría Freud); la identificación y el entendimiento de comportamientos en otra especie, la nuestra, y su curiosidad y creatividad innatas las que me provocan fascinación. Como a la mayoría de la gente, claro. No se trata sólo de su inteligencia superior. Algo más me estremece: su extraordinaria empatía para con el hombre y, de allí, su incesante búsqueda de contacto. No dejaré pasar la oportunidad para mirarlos a los ojos y establecer auténtico contacto visual. Tampoco para acariciarlos y besarlos, si me dejan. Es curioso cómo la magia de esa interacción saca a relucir lo mejor de las personas. Me inquieta saber qué efectos causaremos nosotros en ellos.
Pero, entre tanta emoción, enfrento un conflicto interno: los animales en cautiverio me producen zozobra. Y todavía no he logrado discernir si disfrutan o padecen los shows. Precisamente porque esos sentimientos encontrados afloran es que me impongo completar la experiencia de un entrenador de delfines tal cual es. Me insuflo valor y desenfado para salir a escena. Cumplimos antes con la cábala que consiste en el choque de palmas de los cinco entrenadores en ronda humana. Y entonces sí, con Darío, Néstor, Andrés y Dina irrumpimos en hilera al trote, meneando las manos al público, entre los puentes estrechos que interconectan los cinco estanques. El ritmo de la música es arengador. ¿Serán los decibeles adecuados para la sensibilidad auditiva de delfines en el agua, que es donde mejor se propaga el sonido? En Mundo Marino dicen que sí.
Las expectativas, claro está, se posan en las auténticas estrellas: seis delfines ( Turciops truncatus ), comunes en nuestras costas. El acuario cuenta con una población autosustentable de un total de 13 delfines, de 36 años a siete meses de edad. Diez de ellos nacieron en estas mismas piletas. A ellos se suma además la gran estrella del parque: la orca macho Kshamenk, de 26 años, tres y media toneladas de peso y seis metros de largo, con su fiel compañera Floppy, otro delfín, que a estas alturas, me cuentan, se asume como orca. Con Kshamenk no podré interactuar pero la observaré muy de cerca. Quedará grabado en mis retinas el instante en que con esa abismal boca abierta le acercó dócil a Andrés, su entrenador, un pedazo de cartón sostenido sobre su lengua carnosa. Fue arrastrado por el viento, pero la orca buceó hasta el fondo del estanque y fiel a su entrenamiento lo devolvió.
Kshamenk, que significa "orca" en lengua ona, y otros tres delfines vararon y fueron rescatados por biólogos del parque en las costas de la bahía de Samborombón. Por su geografía accidentada de rías y arroyos de aguas salobres es pródiga en encallamiento de cetáceos, pingüinos, tortugas y fauna marina. La falta de humedad en la piel cuando estos mamíferos varan y el consecuente aplastamiento de sus órganos hasta que son hallados por pescadores y peones, muchas veces en áreas inhóspitas e inundables, puede extender su rehabilitación por años, me dicen. Y cuando el cautiverio se prolonga, aseguran los científicos, no es aconsejable la reinserción en su hábitat natural. Han perdido su instinto de supervivencia y difícilmente puedan ser aceptados en los complejos grupos sociales en los que se mueven.
"Para los delfines, cuya participación debe ser siempre corta y acotada para mantener su interés, el show es un juego, un estímulo", me explicará Darío al finalizar el show, en el que, al menos, nadie me silbó. "Los delfines no hacen nada que no quieran hacer. Jamás se usa el alimento como moneda de cambio. La recompensa es para reforzar comportamientos. Y la prueba de que en este ambiente controlado están bien es que se reproducen." En tres sesiones diarias comen de 26 a 11 kilos de pescado, dependiendo del peso y la edad. En los dos días que llevo aquí los he percibido sanos y felices, y he visto a una legión de profesionales velar por su bienestar. Son como hijos mimados, con atención las 24 horas. Tuve el privilegio de presenciar una ecografía a Estrellita, que en julio fue por quinta vez mamá. Costó despegar de sus aletas a Coral, su cría, que será amamantada hasta el año de edad.
Nada aquí es rutinario. Además de las tres sesiones alimentarias, hay tiempos exclusivos para el juego. Se busca el interés y la estimulación constante. Y ello incluye la introducción de todo tipo de juguetes en las piscinas: desde pescados encerrados en bloques de hielo y pelotas hasta el ocultamiento de los entrenadores detrás de barriles para jugarles a las escondidas. "Pero se debe matar el juego, antes de que el juego muera", me instruye Darío. Hay tiempo también para dejarlos en soledad, que obedeceré sin chistar. Pero cuando desde el borde de la pileta me despido de Rebo, el más demandante y celoso del grupo, él se para sobre su aleta caudal. Se pone casi a mi altura, se inclina hacia mí y me llama, exigiéndome que lo rasque. A metros nomás, Clementina salpica adrede con su aleta a alguien que habla por celular. Le pide que le juegue.
Tras una paciente espera, mi momento de gloria llega. Me zambullo con Darío para practicar lo que aprendí en la pileta central, de 30 por 7 metros de profundidad. Tendré una sesión de no más de 15 minutos con Memo, Glembo, Orión, Shima y Tifón. De a uno o dos por vez. Hago la señal de "atención" y, a partir de ahí, ensayamos una andanada de saludos de cola y pectorales, cosquillas y caricias, mojadas mutuas, bailes y abrazos. Vendrán luego mis indicaciones de rolls, tirabuzones, mortales y saltos libres. Para el final, me reservo lo mejor: le indico a Memo que llegó el momento de hacer foot push : se sumerge y con suavidad y precisión coloca su boca cerrada en la planta de mi pie y me empuja a gran velocidad por la pileta. Manejo la dirección con mi torso hasta completar dos vueltas enteras al estanque. Y llego como una sirena a la explanada?
Alguien me dijo una vez que los mejores momentos de la vida son contados y entran en una cajita. Mis dos días con ellos quedarán, sin dudas, ahí. Defensora de todos los animales como soy, me voy con la convicción de que ellos están bien allí. Por supuesto que no es lo ideal. No conocerán las inmensidades oceánicas. No sentirán los movimientos del oleaje, las mareas, ni las corrientes, como yo desearía. La vida al cuidado del hombre simplemente no funciona así.
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