
Dos hermanos que luchan contra el agua
Lo perdieron casi todo, pero no se rinden En Carlos Casares la situación es complicada Los hermanos Zabala tienen un campo de 800 hectáreas, pero 600 están bajo el agua Pese a todo, no se dan por vencidos
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CARLOS CASARES.- Los hermanos Jorge y Antonio Zabala, de 44 y 51 años, respectivamente, siempre vivieron en el campo. Igual que sus padres y sus abuelos. Lo único que saben hacer es trabajar la tierra. Y eso hacían en un predio de 800 hectáreas que tienen en Carlos Casares, a la altura del kilómetro 322 de la ruta 5. Ahora, las tres cuartas partes de su propiedad (unas 600 hectáreas) están bajo las aguas.
Eran las 15 cuando acompañaron a LA NACION a lo que alguna vez fue su campo, ahora convertido en un espejo de agua, que devolvía, multiplicados, los rayos del sol de la tarde.
Los hermanos se apearon de la camioneta, frente a la tranquera, y caminaron 50 metros. Jorge se agachó y movió unos juncos.
"Mirá. Ahora cultivo huevos de pato." Lo dijo con ese humor negro que sólo poseen los que ya no tienen nada más para perder.
Su hermano sonrió y miró el horizonte. Dijo en voz alta: "Pensar que Dios creó el agua para dar vida y sin embargo esto se parece tanto a la muerte". La frase sonó contundente, casi como un hachazo del destino.
Hundidos
Jorge intentó ingresar en el campo. No pudo. Había caminado cinco metros cuando el agua le cubrió las rodillas. Antonio lo miraba desde un terraplén.
"Estamos hundidos -dijo-. Por las inundaciones y por los créditos. Nos quedamos sin nada y vivimos con lo que nos presta el banco y no podemos devolver."
Jorge seguía parado, tieso como un inútil espantapájaros con las piernas hundidas en el canal que antes había sido el camino para acceder al casco.
Antonio siguió: "La lluvia nos empezó a castigar en 1973. Pero todavía se podía vivir. Después hubo una inundación terrible, a mediados de la década del 80. Y nos acomodamos. Pero desde hace dos años ya no podemos vivir de la producción agropecuaria. Tenemos sembradas unas pocas hectáreas en una loma y de las 1300 vacas que teníamos, sólo nos quedan 450".
Después se quedó en silencio. Llamó a su hermano, que tardó unos segundos en moverse. Insistió: "Estamos hundidos". Jorge ratificó la frase con un movimiento de cabeza. Después alzó la vista. El viento soplaba del Sur y traía algunas nubes que aún no ocultaban el sol.
Jorge cuenta que, además de mantenerse sobre la base de créditos, usan la maquinaria agrícola para trabajar otros campos. "El problema es que cada vez quedan menos campos buenos y todos hacen lo mismo que nosotros. Va a llegar un momento, pronto, en que tampoco vamos a poder hacer eso."
Pese a las circunstancias adversas, la familia Zabala tiene una paciencia infinita. Y no se rinde. Incluso, los hijos de estos hermanos quieren seguir el camino que iniciaron sus abuelos.
El hijo mayor de Antonio, que se llama Leandro y tiene 28 años, trabaja con su padre. Su hija Gilda, de 26, y el menor, Sebastián, de 20, estudian agronomía.
La historia se repite en el caso de Jorge. Sus hijos, Juan Ignacio, de 14, y José Luis, de 13, también quieren dedicarse a la producción agropecuaria.
"Lo que pasa es que uno no puede despegarse de esto. Es un negocio de familia. Alguna vez los que gobiernan este país se darán cuenta de que es el campo el que lo puede sacar a flote. Porque nosotros no nos vamos de la Argentina. Ni siquiera ahora. Por eso seguimos", dijo Jorge. Y recorrió con la mirada la laguna que tapa su campo.
Remató: "Alguna vez va a tener que parar de llover".
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