
El arte que satiriza sobre el dominio de las máquinas y su totalitarismo
El Centro Cultural Borges acoge desde ayer una gran retrospectiva del artista suizo Jean Tinguely
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No fue un suizo interesado en crear máquinas perfectas. Fue un provocateur nacido de la escena parisiense avant-garde de los años 50, que indagó en la anatomía de las máquinas para concebir sus esculturas y satirizar la sociedad posindustrial. Ironizó sobre su dominio, intentó humanizarlas, arrancarles sentimientos, hasta convertirlas en engranajes cinéticos y sonoros, como parangón de la vida misma.
"Jugar es arte y por eso juego", dijo. "La inmovilidad no existe", agregó. Y luego habló de su obra, cimentada con trastos industriales de desecho, que podían unir en un mismo volumen radios, pianos, ruedas, motores y vigas soldadas con esmero. Emblemas, al igual que su fuente Stravinsky emplazada fuera del Pompidou, convertidos en advertencias paradójicas sobre el "maravilloso totalitarismo de nuestra sociedad de consumo".
Ese es el perfil que devuelve Soy Jean Tinguely, la muestra que llegó de Basilea al Centro Borges, con un centenar de dibujos, bocetos, cartas, fotos y films de sus happenings, además de sus esculturas mecánicas. Ese acervo pertenece al Museo Tinguely y por primera vez se exhibe en America del Sur, gracias al apoyo de la embajada de Suiza.
Curada por Virginia Fabri y Andrés Pardey, del Museo Tinguely, la exhibición perfila a un artista clave del siglo XX y actúa como contrapunto del cinetismo vernáculo que muestra el Bellas Artes; una gramática de la cual Tinguely (1925-1991) fue un conspicuo promotor. Aunque trascendió ese lenguaje. Junto con sus cómplices artísticos, primero Yves Klein y luego su segunda esposa, Niki de Saint Phalle, persiguió la desmaterialización del arte –quitarle a la obra todo componente material–y así llegó a concebir sus máquinas autodestructivas: volúmenes dotados con "el bello gesto del suicidio". Es decir, la capacidad de desintegrarse, mediante fuego o dinamita, frente a un público testigo de un arte efímero.
Ese gesto radical, registrado en video y fotos, fue su más corrosiva crítica ante el avance tecnológico, la proliferación nuclear y el destino amenazado del hombre. Desde una dimensión estética, el arte de Tinguely –acotan los curadores– resultó de la alquimia entre el cinetismo que le inspiró la pintura de Malevich, la herencia dadaísta, como resabio nihilista sobre el sinsentido del arte, y su adhesión al Nuevo Realismo, la versión contestataria francesa del pop art, empujada por Pierre Restany.

La muestra se hilvana como una retrospectiva: sus vidrieras cinéticas en Basilea anticipan sus pinturas móviles como si fueran lienzos de Malevich en movimiento.
Sólo su primera performance de arte destructivo en el jardín interior del MoMA en 1960 grafica el grado de su inventiva. Homenaje a Nueva York fue una escultura que unió 100 ruedas, 15 motores, radios, una máquina de escribir, un piano, bocinas y líquidos químicos. Bastaron 28 minutos en funcionamiento para que entrara en convulsión y se desintegrara parcialmente.
En Figueras, con la complicidad de Dalí para homenajear a Duchamp, durante una corrida de toros, su espectáculo autodestructivo dio que hablar: un toro de tamaño real desprendía fuego por sus fosas nasales, explotaba en sus cuernos y genitales y derramaba sangre de toro. Todo un gesto apocalíptico con una proclama anticorridas.
Las esculturas cinéticas dedicadas a los filósofos Engels y Heidegger, con ruedas como rostros, y que el público debe accionar para apreciar su movimiento y "musicalidad", hablan de sus desvelos metafísicos. Y su megalomanía se patentiza en la ambientación Hon, exhibida en el museo de Estocolmo: es la silueta titánica de una mujer recostada a cuyo interior se accede por su vagina. Adentro, el cuerpo albergaba un cine en un pie, una cafetería y un museo de obras falsificadas en ambos senos y una terraza en el estómago. Efímera al fin, culminada la muestra fue desmantelada.
Tinguely falleció a los 66 años, dejó un legado de 1600 obras, algunas de las cuales se yerguen en espacios públicos.





