
El cafecito sucumbe a las lágrimas
No hay nada más porteño que un porteño cuando pide un café. El brazo levantado hacia adelante, tan sólo los dedos índice y pulgar extendidos, casi tocándose, y ninguna palabra, porque no hay porteño que no sepa que ese gesto significa "cafecito". No sirve para pedir una lágrima, ni un americano en jarrito ni un capuccino. Sólo para pedir un cafecito, negro, clásico, en un pocillo blanco y tal vez cascado, de esos que se manchan con rouge en las primeras citas y que quedan a medio tomar al momento del adiós.
Pero los porteños estamos cambiando nuestra manera de tomar café. Quien pise por primera vez un local de la cadena Sturbucks se sorprenderá al ver que al café más pequeño lo llaman " tall " ("alto", en inglés). El más grande parece uno de esos baldes de pochoclo ahora comunes en los cines. Los sirven hasta con dulce de leche y uno puede agregarle de todo. Antes, el café se tomaba ante una mesa o de parado, con el pie en el estribo de una barra, listo para terminarlo, pedir la cuenta y salir. Ahora, en la calle se ven cada vez más porteños abrazados a su caramel macchiato .
Algunos atribuyen a las mujeres, que abarrotan los Havanna, los Aroma y los Coffee Store cuando salen del gimnasio, la nueva costumbre del café en jarrito, porque, se cree, suelen preferirlos cortados y suculentos para tapar el hambre y no echar a perder la clase de spinning en cinco minutos.
Como sea, tomar café se ha vuelto complicado. Antes podía dudarse entre pedirlo con crema o con leche y dos medialunas. Ahora, en algunos lugares el mozo trae una carta y uno debe decidir si toma café de Jamaica, Guatemala o Etiopía. Es que el café se está convirtiendo en una pasión sofisticada, como el vino, con catadores expertos y también charlatanes. Hoy no hay nada más top que tener en casa una cafetera italiana de 2000 pesos. El filtro de papel es decadente.
Entre tantos cambios, 500 cafés y bares han cerrado en la ciudad en lo que va del año, según afirmó la semana pasada una de las cámaras que los reúne. Como en su momento con el tango, algunos clásicos porteños, para sobrevivir, se transforman. Tal vez con el café esté ocurriendo eso. El futuro dirá si todo esto es pasajero o permanente. Esa respuesta, por ahora, acaso sólo pueda encontrarse leyendo en la borra de un café.





