
El discutible oficio de los patovicas
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Hay de todo. Cultores del físico, entrenados taekwondistas, grandotes que intimidan, ex policías, guardias personales o musculosos a costa de anabólicos. Quieren que los llamen porteros o personal de seguridad. Pero, en definitiva, son conocidos como patovicas.
Empleados o matones. Cuando detienen una gresca que podría desembocar en una imparable batahola de golpes, lo primero; cuando abusan de su poder y agreden innecesariamente, lo último. La función de los patovicas no es otra que la de imponer respeto y evitar desmanes en fiestas, discotecas o recitales. A veces la cumplen y otras, se exceden.
Las instrucciones que reciben son claras: estar atentos a lo que ocurra, impedir peleas y sacar del boliche, por las buenas, a quienes generen disturbios. ¿Pegar? "Bueno, lo que se les dice es que esperen el primer golpe, que no toquen a nadie si no es en defensa propia. Pero, para ser honesto, eso no siempre ocurre".
El que se sincera, pero exige que lo llamen Rubén aunque no sea su verdadero nombre, trabajó como guardia de seguridad en fiestas y recitales durante tres años. Ahora tiene 31 y sigue ligado a esa actividad.
Contrariamente a los que muchos piensan, sostuvo, la de patovica no es una labor sumamente rentable. Salvo algunos afortunados, explicó, la paga ronda los 40 o 50 pesos la noche y en la mayoría de los casos se realiza en negro. "A eso sumale -agregó Rubén- que trabajás de noche y los fines de semana".
Si bien varía con la estructura del lugar y el ambiente, se estima que se necesitan unos ocho guardias para controlar a 2000 personas.
Improvisación y músculos
¿Dónde buscar a un patovica? Jorge tiene 34 años, trabajó durante cinco en la seguridad de tres de los más conocidos boliches porteños y ahora él es el encargado de reclutarlos. Pidió que no se revele su apellido y dijo que los gimnasios constituyen el caldo de cultivo de los porteros.
"En general, vamos a donde los chicos están haciendo fierros (aparatos para ejercitar) y buscamos a uno que sea relativamente alto y tenga buen cuerpo -explicó-. Les ofrecemos y agarran viaje, o no."
Pero no todos son improvisados. Para Martín, dueño de una empresa casera de seguridad que pidió reserva de identidad, esa no es la forma de trabajar. El prefiere elegir amigos o conocidos y foguearlos en recitales. Es que allí, dice, es donde se producen mayores disturbios porque la gente está más excitada. "Sólo después de que estén preparados los mando a las discotecas".
Martín no quiere saber nada con musculosos de gimnasio. Dice que muchos de ellos no saben trabajar, que se creen dueños del mundo y toman "estupideces" (por anabólicos) que les alteran el sistema nervioso y pierden el control con facilidad.
Un pato henchido
Aunque les molesta que los llamen así, admiten que el de patovica es un apodo que cuadra a la perfección. El hecho es que adoptan una postura similar a la especie de vica de patos: cabeza erguida y pecho hinchado.
Los patovicas, en rigor de verdad, se dividen en dos grupos: los porteros y los guardias de seguridad. Los primeros son los que conocen los requisitos no escritos para entrar al boliche, seleccionan a quienes cumplen con ellos y rechazan a los que no lo hacen. No tienen por que ser enormes personajes que intimiden con una simple mirada, explicó Rubén. Alcanza con que tengan cierta presencia y tacto para tratar con los jóvenes.
Distinto es el caso del personal de seguridad. Ellos son los encargados de que las reyertas no pasen a mayores. Algunos se comunican por handy, pero en general se cuidan las espaldas estando atentos entre sí. "Aunque suene mal, tienen que meter miedo de alguna forma -afirmó Jorge-. Los chicos deben respetarlos para no irse a las manos."
Los dueños de muchas discotecas piden que los guardias se presenten en la comisaría de la zona, donde toman sus datos y sus huellas dactilares. "Si hay problemas, la policía ya los conoce", comentó Martín.
Acerca de la forma en que se defienden, los encargados de vigilancia juraron que no usan armas ni ningún otro elemento para golpear. Sin embargo, han habido allanamientos, como el de la ahora cerrada discoteca El Cielo, hace dos años, en los que la policía supo incautarse de manoplas y cadenas.
Tristemente célebres en los últimos tiempos, porteros y personal de seguridad se lamentan por "ser los malos de la película", y aseguran que los chicos están cada vez más "descontrolados". Aunque reconocen que muchos se salen de la vaina sin razón, piden que no se meta a todos los patos en la misma bolsa.





