El Fitz Roy, una obsesión de piedra
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Es un colmillo gigante. Dios y el diablo se lo disputan como propio. El primero se adjudica toda la vida que hay en su interior y el último se atribuye varias muertes en su pico. Imponente y filoso, corta con apenas echarle una mirada.
Los tehuelches lo llamaban Chaltén, que en la lengua aoniken significa "montaña que humea". Más tarde, el Perito Moreno lo rebautizó en homenaje al capitán del Beagle, el inglés Robert Fitz Roy, quien había viajado por el sur con el mismísimo Charles Darwin.
La mirada del viajero después de tanta monotonía se topa con el gigante de piedra, interpelando al más aturdido. El efecto que proyecta el Fitz Roy tal vez sea mayor que la montaña misma; algo así como sondear las profundidades humanas en la altura.
Frontera vertical entre lo humano y lo divino. Los días de junio son casi fugaces. A la tarde, el inmenso eclipse de piedras los acorta aún más. Cerca del cerro Fitz Roy, las siluetas negras lo invaden todo.
La mirada del viajero después de tanta monotonía se topa con el gigante de piedra. El efecto que proyecta tal vez sea mayor que la montaña misma.
Ubicado dentro del Parque Nacional los Glaciares, 220 kilómetros al norte de El Calafate, se puede acceder por la Ruta 40 y luego por la provincial 23; hijo de los conflictos limítrofes con Chile, el pueblo fue fundado en 1985 y se volvió una especie de mojón de 3.375 metros de argentinidad.
Por sus calles pasan caballos al trote llenos de alforjas, que bajan de un refugio del Cerro Solo. Por aquí no hay bancos ni cajeros automáticos. Tampoco hay señal para los teléfonos celulares. En la cumbre, enganchada a alguna astilla de piedra, una nube atemorizada pide rescate al viento.
Madsen, anfitrión de pioneros. Andreas Madsen nació en Dinamarca y llegó a los 20 años integrando la comisión de límites de Argentina. Marinero de profesión, era entonces cocinero del Perito Moreno. Tiempo después, donde Moreno tiró de las riendas para sujetar su caballo, el danés decidió seguir un poco más y a la sombra de uno de los cerros más imponentes de la Patagonia soltó su inamovible ancla, mientras mascullaba alguna palabra indescifrable, como la oración de un peregrino exhausto.
Ya instalado a los pies del Fitz Roy se convirtió en anfitrión de exploradores y pioneros como el salesiano De Agostini. Así fueron apareciendo montañistas del mundo entero, personas con otros códigos, que coincidían en la fascinación por el cerro, pero diferían en la forma de mantener la relación. Eran profetas de otro rito. "La montaña es un buen lugar para morir", pensarían los escaladores. "La montaña es un buen lugar para vivir", pensaría Madsen. Probablemente ambos estaban en lo cierto. Y no menos cierto es que Andreas los recibió siempre en su casa y les dio su abrigo. Comulgaban en la esencia.
Uniendo el cielo con la tierra y lo terrenal con lo divino el gigante siguió ahí, con su soberanía de piedra. Alguna avalancha celosa vengó la dignidad del cerro, arrastrando la vida de más de un expedicionario.
Quién sabe por qué Madsen y los escaladores se relacionaban en forma tan diferente con la montaña. Quizá la sensación de aquel cuyo ritual es eterno y ve a otro en una adoración fuerte y cercana pero breve y finita. ¿Tal vez la sensación de un monoteísta frente a un politeísta? ¿ese tipo de incomprensión? Son sólo conjeturas marginales... ¿Tal vez una relación idolátrica frente a una mística? Es probable que las respuestas sean solamente eso, suposiciones.
En febrero de 1952 se realizó la primera ascensión al cerro Fitz Roy. La expedición estaba compuesta por los franceses Jacques Poincennot, Guido Magnone, Marc Azema, Rene Ferle, Louis Depasse, George Strouve, Lionel Terray y el argentino Francisco Ibáñez.
Una vez instalados en la estancia de Madsen empezaron los preparativos. En los días siguientes ubicaron su campamento base en Río Blanco. Apenas comenzaron la expedición murió Jacques Poincennot. A pesar del duro traspié anímico siguieron su camino. Terray y Magnone comenzaron a escalar la pared de 700 metros del filo sudeste. Utilizaron cuñas de madera y clavos. Primero ubicaron 25 metros y luego fijaron otros 120 más.
Según su bisnieto, el día que fue "vencido" el Fitz Roy, el viejo Madsen se sintió profundamente decepcionado. O tal vez ultrajado.
Finalmente, comenzaron el último trecho, y luego de ascender por las cuerdas fijas siguieron escalando hasta llegar aquella tarde a una repisa. Envueltos en un viento blanco pasaron la noche allí y a la mañana siguiente continuaron escalando a pesar de que el clima empeoraba cada vez más. Superando una montaña de dificultades, y gracias a las habilidades en escalada artificial de Guido Magnone terminaron la pared y llegaron a la cumbre el 2 de febrero. Dejaron ahí un mosquetón en un hueco eólico y comenzaron, victoriosos, el descenso.
Roy para sus amigos. Fitz Roy Madsen es el nombre y el apellido del bisnieto de aquel pionero. Se llama igual que aquella montaña gigante que fuera objeto de adoración de su bisabuelo. Es ingeniero civil, instructor de esquí y hoy está de vuelta en la tierra de sus ancestros, para intentar restaurar la casa y la memoria de su antecesor.
Según su bisnieto, el día que fue "vencido" el Fitz Roy, el viejo Madsen se sintió profundamente decepcionado. O tal vez ultrajado. Quizá la noche en que lo conquistaron, antes de dormir, haya salido Madsen con los ojos húmedos y llenos de lágrimas, a ver el techo de estrellas y a pedirle una explicación al Fitz Roy, su viejo amigo, ahora vencido.
Sin embargo, los días pasaron y aquel pionero siguió recibiendo a los de otros ritos sin dudarlo, pero a su manera, que era la forma del mar; ancha y melancólica.



