El hogar donde se reciben y se dan abrazos
Funciona desde hace tres años en La Horqueta, San Isidro; los dueños tratan de restablecer el disuelto vínculo familiar
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El desamparo y la desprotección los acompañó durante gran parte de sus vidas. Ignoraban lo que una vida en familia significaba. Hasta que un día llegaron a una casona en uno de los barrios más acomodados del Gran Buenos Aires y la adoptaron como su hogar.
"Vení, pasá, yo te hago la visita guiada por casa", dijo a LA NACION W., de 9 años, mientras paseaba en un cochecito a una beba. "Este es el jardín donde jugamos. Ahí -señaló- están las bicis. Por esta puerta se entra al lavadero. Y por la otra puerta está la escuelita."
W. (no se puede difundir su nombre por cuestiones legales) es uno de los veinte chicos que viven en El Resguardo, que la Asociación Familias de Esperanza tiene en el exclusivo barrio La Horqueta, del partido de San Isidro.
"La asociación creó El Resguardo para poder atender a grupos de hermanos derivados de los juzgados, para evitarles mayores sufrimientos emocionales por la separación y para fortalecer el vínculo familiar entre ellos", dijo Victoria Acosta, vicepresidenta de la asociación. "Acá viven en familia. Somos una familia", explicó.
Los 20 chicos, de entre algunos meses y 12 años, viven con Mirtha y Aurelio Fleitas, a quienes aprecian como sus padres. Sólo dos de ellos están en condiciones de ser adoptados. Para el resto, ésa será su casa hasta la mayoría de edad.
"Cuando me preguntan cuántos hijos tengo, yo contesto que tengo 22 -contó orgullosa Mirtha-. Mis dos hijos biológicos tienen 23 y 25 años."
El Resguardo funciona desde 1999. Al principio, la Municipalidad de Vicente López alquilaba la casona, hasta que la Fundación Masoteguy la compró y se la donó a la asociación.
Los chicos no llegaron todos juntos. El primer grupo de hermanitos pasó antes por la casa de los Fleitas.
"Llegaron todos golpeados, desnutridos, con la pancita salida -recordó la mujer-. Si los mirás ahora, están hermosos, mis amores."
El lema de la asociación es que con amor, contención y mucho trabajo cualquiera de las situaciones en las que vienen los chicos se puede solucionar o revertir. Y también hay que estar preparados para afrontar el posible alejamiento por una adopción.
"Cuando alguno se va, deja un vacío. Pero hay que pensar que es lo mejor para ellos. Además, mantenemos el contacto porque vienen seguido a visitarnos", detalló Aurelio.
Un sitio para jugar y crecer
Los chicos tienen sus cuartos, su sala de juegos, su espacio para ver televisión y, fundamentalmente, mucho lugar en el parque para jugar.
"A mí me encanta jugar a las muñecas con las chicas. Pero lo que más me gusta es jugar a la mancha o a las escondidas", expresó R., de 8 años. R. es una de las más grandes y de las que más ayuda a Mirtha en las tareas.
"Siempre está atrás de mí en la cocina. Somos muy compinches", dijo.
Según Aurelio, G., de 9 años, es el más pícaro: "Tiene una viveza especial. Me imita, me pregunta por las chicas, hay veces que parece todo un hombre".
Sentado al costado de la casa, G. lee su cuaderno. "Estoy empezando a pensar en el colegio. Ya me puse a estudiar matemática", dijo, y empezó a repetir en voz alta la tabla del 4.
Los chicos asisten a escuelas de la zona y tienen en El Resguardo un espacio de apoyo a la hora de hacer sus tareas. Aunque los horarios no son estrictos, se hace mucho hincapié en crear hábitos de alimentación y de estudio.
"Es necesario que se entienda que es una familia; por lo tanto, hay que respetarla como tal. Por ejemplo, la escuelita está afuera para no invadir la intimidad. Todo aquello que los chicos van aprendiendo es bueno. Si ellos deciden en algún momento volver a su medio, van a poder ayudar a mejorarlo", explicó Acosta.
Para la asociación también es fundamental que, de ser posible, sigan en contacto con su familia biológica.
"Tiene que ver con la identidad del chico. Siempre hay que resaltar algún aspecto bueno, que él pueda valorar. Siempre es mejor que piense que no lo pudieron cuidar a pensar que lo abandonaron", sostuvo.
El matrimonio Fleitas se encarga de cada uno, respetando su individualidad. "Son divinos. Vivimos para ellos. Con las más grandecitas yo hablo y les contesto todo lo que me preguntan. Ya tienen 11 años y con la adolescencia empiezan esas preguntas que sólo se le hacen a la mamá", contó Mirtha.
Cada vez que ingresa un nuevo chico lo reciben con una fiesta de bienvenida. Hace un mes llegó el último grupo de tres hermanitos. Y la mayor emoción se produce cuando los chicos los reconocen como sus padres.
"Desde el primer día me dicen papá. Es una emoción bárbara. Es que ellos me tratan como si fuera una gallina con sus pollitos. Yo los llevo y los acompaño a todos lados." reflexionó Aurelio.
Y haciendo un balance de estos tres años en El Resguardo sostuvo: "Lo máximo que hemos logrado es que nos hayan aceptado como sus padres".





