El hombre carcelero de su corazón
Una relación fallida lo alejó de los mejores amigos y de sus sueños; estaba solo, pero años más tarde, un accidente le iba a dar una lección de verdadera amistad y de amor
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En la juventud, las tragedias suelen tener un carácter pasional. Para Luis, la ruptura imprevista de su noviazgo, constituyó una experiencia dramática y desoladora. No tanto por el hecho en sí, sino por sus consecuencias. Una realidad amarga había surgido ante sus ojos, implacable: estaba absoluta y completamente solo.
¿Cómo había podido llegar a ese punto? ¿Cómo había logrado dejarse llevar por esa espiral descendente? Tal vez fuera porque su relación trunca se había iniciado desde muy joven y todo giraba en torno a ellos. El mundo comenzaba y terminaba en sus emociones, sus enojos, sus deseos y sus tiempos. Esa intensidad extrema, lo había absorbido y despegado de sus bases. Sus salidas eran con sus amigos en común y, por eso, una vez finalizado el amor nada volvió a ser igual. ¿Cómo salir con ellos si estaban con ella también? Le resultó imposible. Cosas raras de las personas. Lo cierto es que él no se sentía contenido por esos amigos. Y los otros, los del alma, ya no estaban.

Los tres verdaderos amigos de Luis, esos que uno lleva bajo la piel, aquellos con los que él compartió su despertar de niño a joven, los que fueron su referencia y con los que hablaba de sus padres, sus estudios, sus miedos y anhelos de vida, a esos, Luis los había alejado. Los había apartado porque no eran del gusto de su ex novia.
¿En qué momento los había cambiado por ella? ¿En qué momento se había perdido a sí mismo? ¿En qué momento se había desdibujado y convertido en un ser extraño ante su espejo?
Sí, estaba totalmente solo.
El retorno de la verdadera amistad
Pero la vida transcurre. Los años pasan. Las obligaciones aparecen, las rutinas surgen y las vivencias con los amigos de la infancia se guardan en el cajón de los recuerdos.
Hasta el día del accidente. Como consecuencia de ese infortunio, a Luis le tuvieron que hacer una cirugía reparadora de nariz; a su casa, llegó todo vendado. Entonces apareció Daniel. Daniel formaba parte del grupo de los cuatro de la infancia. Lo pasó a buscar y le dijo: "Vení, salgamos de acá. Vamos a visitar a mi novia."
Con ese gesto, Daniel no sólo lo sacó de su letargo, sino que le cambió la vida para siempre. Con esa invitación, Luis descubrió lo que verdaderamente significaba el amor. Porque ese día, él conoció a Graciela, una amiga de la novia de Daniel.
Hermosa ella. Charlaron un rato; ya casi era de noche. Se acercaron a una ventana para ver cómo aparecían las estrellas y Luis le habló del cielo y sus magnificencias. En ese instante, él sintió que estaba volviendo a su eje. En ese momento mágico, fue más consciente que nunca de que hacía mucho tiempo que no se permitía soñar.
Después llegó ese día en el cual fueron a jugar todos al bowling. Graciela, con pantalones verdes al cuerpo, corte Oxford y una camisa negra con puntillas y sin mangas. A Luis le dio un vuelco el corazón.
Más tarde llegaron los llamados, las salidas más frecuentes y los celos de un padre que sólo le permitía a Graciela recibir visitas los martes, jueves y sábados. Pero la felicidad al verla lo compensaba todo. El primer beso fue en marzo de 1974 y con él sellaron su noviazgo. A partir de entonces, no transcurrió casi ni un solo día sin que se vieran y, cuando no, se quedaban hablando por teléfono hasta la madrugada.
La alegría era completa y, como si el tiempo no hubiera pasado, Luis se encontró de pronto nuevamente rodeado de sus tres amigos de la infancia. Con sus respectivas novias, y en una nueva etapa de la vida, salieron a conocer de qué se trataba el mundo, acompañados por los estudios, los trabajos, los viajes y los proyectos. De nuevo los cuatro amigos unidos. Esa amistad entrañable de la infancia siempre había sido real.
El verdadero amor
Luis y Graciela eran el uno para el otro. Así fue como el 7 de abril de 1978 se casaron, con Daniel de testigo. Hoy tienen tres hijos: Luis Sebastián, María Eugenia y María Cristina, que ya con treinta y largos años, les dan la alegría de sentir que formaron una buena familia. Y ahora ellos están formando las propias.

Luis sabe que son muy afortunados; se siente feliz de saberse vivo en un amor que está presente cada día. Este año, con Graciela, cumplen 39 años de haberse jurado amor; 39 años enamorados y agradecidos de haber vivido un fantástico y amoroso recorrido.
Hoy, Luis y sus amigos ya no son cuatro; la vida dio partida a uno de ellos. Daniel, vive lejos con su familia, pero está siempre cerca y presente en el corazón. Gracias a él, Luis regresó de nuevo a su grupo de hermanos del alma. Gracias a Daniel, Luis descubrió que el verdadero amor no es el que te absorbe, apaga y aleja de tus seres queridos y tus sueños. El verdadero, es el que te ayuda a crecer.

Hace muchos años, y gracias a un accidente, Daniel condujo a Luis hacia Graciela y le abrió la posibilidad de continuar con la vida que no sabía que había quedado guardada, esperando en algún lugar.
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